Lo que había sido una ciudad era ahora una morgue improvisada. Las cosas no habían salido como en un principio…
No.
No es así como comenzó la historia.
Ya no importa qué fue lo que le dio pie a todo esto. No importan los potenciales escenarios, las posibles soluciones.
Importa que estoy aquí y mis víctimas están ahí.
Esperé, en las celdas de la estación, avivado por la adrenalina y el dolor que todavía sentía, que me hacía aspirar clavos y agujas. Era dolor bueno, del que te mantiene enfocado en la meta.
El plan era sencillo. Saldría de las celdas y buscaría a Verne. Mataría a todo el que se me cruzara, a todo el que intentara detenerme porque después de esto, no hay otro episodio. Soy el espectro que se niega a estar muerto. Y después, sólo me queda ir al infierno que me vomitó.
La ira ciega que me había empujado era ahora otra cosa. Había hecho nido dentro de mi espíritu y sin que yo lo supiera, mutó en algo más. Con sus propios fines, su propia filosofía. Avanzaría en esto hasta que ya no hubiera a quién más matar. Era con frialdad que procedía, una rabia que ya no era sentimiento sino parte de mi personalidad.
Caminé. Traspasé la puerta y me encontré bajo la lluvia artificial que quería calmar al incendio que no existía. En alguna parte del piso superior, estaba él. Y nada podría salvarlo de mí.
Georgie se me paró enfrente.
—Matthew —dijo, aunque yo no lo escuché.
Venía a arrestarme, a detener una masacre. Me descubrí preguntándome cuánto daño era capaz de ocasionarle para poder continuar. Me tomó del hombro y mi perpetua mirada de las mil yardas se centró en él.
Tú no quieres probar la guerra de la que yo vengo.
—No puedes hacerlo aquí —dijo él.
¿Qué coño?
Miró a su alrededor y me empujó más hacia las celdas, donde nos esperaba un par de cuerpos inconscientes.
—Ya lo sé todo —continuó—. Fui a ver a Chrysta después de… el papeleo por salvarle la vida a ese maldito maniático.
Traté de sacar conclusiones rápido. No podía.
—Georgie, no tengo tiempo.
—¡Escúchame! Vi a Verne tratando de secuestrar a Chrysta. La subieron a un carro y él se fue en otro con su edecán. Iban a matarla. Me contó todo, me contó de la heroína, de dónde la guardan. Y ya la prensa hizo pública lo que les dijiste.
La llamada cuando escapé de Pip.
Una a Chrysta y la otra mi seguro de vida.
Una llamada que garantizaría que aún si Verne conseguía matarme, nunca ganaría. No podían ligarlo con la droga, pero el escándalo podía bastar para una buena investigación independiente. ¿Qué sé yo cómo podía terminar eso si uno husmeaba lo suficiente?
—Miller nunca va a ordenar una orden de captura contra Vega, pero sí puedo retenerlo aquí al menos una noche. Ya pasé la orden a los uniformados. Es mi prerrogativa de héroe policía. Le salvé la vida y ahora debo sepultarlo.
No tenía idea de qué estaba diciendo.
—Voy a matarlo —dije—. Hoy. Entre más lo retengas, mejor.
—No, no, matarlo no. No puedes matarlo.
—Sabía que dirías eso.
—Matt, si lo matas, nada queda resuelto. No eres mejor que él…
—No me importa ser mejor o peor que él. Me importa terminar con esto. Me importa el…
No tenía sentido explicarle.
Se hizo consciente de las pistolas en mis manos, como si antes hubiesen sido invisibles.
Perdí mi vida de un modo tan efectivo como si me hubiesen disparado entre los ojos. Cada persona que temió por su vida, que tuvo que recuperarse de un atentado con los asesinos aguardando en las sombras, cada mujer que fue violada y que no contaba con la justicia para apoyarla, cada niño que tenía que volver a una casa en la que lo golpeaban sin que nadie pudiera levantar un dedo por él. Todo ese dolor era mío. Y nada de lo que hiciera ahora lo iba a remediar. Nada me iba a devolver todo lo que me arrancaron.
—Dame esas pistolas, Matt.
No recuerdo la última vez que dormí tranquilo.
Cancelo todo ahora, me acobardo y nunca seré libre.
—Verne venía para acá —dijo él—. Cuando los agentes se le acercaron, cambió de rumbo. Ya debe saber que queremos arrestarlo, Matt. Si perdemos más tiempo, se nos escapará.
Me extendió una mano.
—Dame las pistolas. Confía en mí.
Le di las pistolas. No como él quería.
Ahí estaba, echado en el suelo, con el golpe cruzándole la frente, entre la conciencia y la tierra de los sueños negros. Como diría un sabio en la ciudad del pecado, “vaya manera de terminar una amistad”.
Fui a la puerta trasera de las celdas, pasando prisioneros por tránsito, borrachos, ladronzuelos. Se escondían de mí como un vampiro le huye a la luz.
El estacionamiento era una bóveda de dos pisos. Tan pronto me mostré, dos agentes trataron de detenerme. Y el blanco carro que se suponía que tenía que salir de aquí, se detuvo. Bajaron los agentes que venían a matar al virus. Verne Vega descendió, pistola en mano.
—Ahí está.
Los agentes, entre dos lados de una encarnizada guerra, pagaron el papel de los que están en el lugar y momento equivocados. Viéndolos caer, sólo podía pensar en cómo ya estaban muertos. Ocultándome detrás de una van, esa era la imagen; no murieron ahora sino cuando decidieron quedarse esa noche, hacer horas extras, hacer la guardia aquí.
Me estoy volviendo loco.
Porque cuando has visto a tantos morir, cuando te sabes tan frágil como ellos, la única reacción que le puedes dar a la muerte es escupirle en la cara. Ser tan frío como ella. Es una batalla que vas a perder, pero es preferible perderla con los pantalones puestos.
Disparé repitiéndome el único rezo, el mantra del verdugo.
Hoy no me toca a mí. Hoy le toca a ellos.
Las vidas desechables de los guardaespaldas se vencieron y aunque el último casquillo no había aún tocado el suelo, ya la mira estaba sobre Vega, que corría detrás de algún carro, buscando cobertura, atacar como mejor se le daba. Donde no pudieras verlo.
Walt Miller sollozaba en medio de los cadáveres.
—No, NO —gritó cuando me le acerqué—. No, Stark, ¡lo siento!
Tenía un revólver entre las manos. El tambor estaba abierto y las balas estaban entre sus rodillas, hechas de mantequilla y filtrándose entre los dedos del niñato fiscal.
—Terminaste siendo otra ramera de Vega.
Le puse un cañón caliente sobre el ojo izquierdo.
—Este es el valor que él le da a sus esbirros.
—N- no, yo no quise, yo traté de decir… ¡Stark, no, escucha, escucha!
—¡Cállate!
Presté atención. Afiné el oído. Vega ya no estaba ahí.
No se había escapado, así que estaba preparado, como una araña en su red, en una trampa donde no tenía más opción que caer.
—Lamento todo lo de la finca, lamento lo de Marie, de verdad que no quería hacer todo eso con ella, pero era joven y uno cuando es joven---
—No me interesa nada de lo que estás diciendo —le agarré el cuello de la camisa en un puño—. Querías meterme en la cárcel, que me mataran ahí, todo por el poder. Y te topaste conmigo.
Juntó las manos en oración.
—¡Pero no! ¡Yo, yo ya aprendí, voy a renunciar, voy a renunciar mañana!
—Eso no me importa. No te vas a librar de esto hablando.
Se lamentó y agachó el rostro en amargo llanto.
—Yo no lo sabía, no sabía que Vega te mandó a matar.
—Pero tu silencio fue cómplice. Ahí esos dos agentes murieron. Casi matan a Chrysta. Y más gente tiene todavía que morir, Walt. Quizá yo. Seguramente tú.
—¡No, no, no, no!
Lo solté con una patada en la mejilla.
—El día de mañana, piensa en este momento. Lárgate de aquí y piensa que cada respiro que des es porque yo lo he permitido. Deja el revólver.
Asintió, sus sollozos de agradecimiento sonaban iguales a los de terror y sus pasos corriendo hacia la jefatura sonaron hasta elevarse sobre todos nosotros y disolverse en el concreto del techo.
Ahora, ¿dónde está el tumor que he venido a extirpar?
Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie, reconoció que no podía explicarse cómo duró tanto tiempo matando en libertad. Todos los elementos estaban dados para que lo capturaran y él seguía evadiendo a la autoridad. “Supongo que corrí con suerte”, diría después.
Caminando por el cementerio, se me hacía increíble que ningún otro uniformado apareciese a tratar de meter cordura en el vals del diablo. Podían estar demasiado confundidos, lidiando con el shock de demasiadas noticias en muy poco tiempo. O quizá este estacionamiento se había separado del resto de la existencia y ahora estábamos en una dimensión que nos pertenecía sólo a nosotros. Los dioses miraban a los gladiadores pelear. Quien muriera les era indiferente: ellos querían su sangre.
—No puedes esconderte para siempre —dije.
Silencio.
Todo era gris, con manchas rectangulares de color. El sabor dentro de mi boca era de hormigueante decisión.
Entre los carros, se paró. No permití que la decepción me distrajera: este no era Verne, sino el gorila, Mick. Venía con las mangas de la camisa recogidas.
—Matthew Stark. Vamos a arreglar esto como lo hacen los hombres.
Se quitó la pistolera. Echó el correaje a un lado. Alzó los puños.
—Te doy un segundo round. Vamos.
Mientras yo había perdido peso, él era una maciza pared de carne. Sus velludos puños tenían el tamaño de un perro pequeño. No estaba demasiado lejos de mí, esperando con la burla impresa en el rostro, el conocimiento de que yo nunca podría derribarlo.
—Te doy la oportunidad de que salves tu honor —sonrió.
Le disparé a una rodilla. El estruendo estalló hacia los lados, como ese corazón de sangre que se desperdigó por todas partes. Estaba tirado ahora, con las manos todavía hacia mí, pero ya no en puños. Con las palmas encarándome. Las manos del suplicante.
—¡Maldito maniático! ¿Qué estás haciendo?
Le puse la sucia suela de mi bota sobre el pecho.
—Así no era —dijo—. No tenía que ser así, hijo de puta, lo estás haciendo todo mal.
—Cállate la jeta —dije, disparándole un segundo después con ambas pistolas. Su cabeza escupió sangre hacia atrás, dejando un rastro que ahora era rojo vivo, luego sería opaco y luego negro.
Apenas volviéndome, el golpe vino por encima del ojo. Una llave de tuercas, inglesa, algo de metal. El hijo de puta me pegó a traición otra vez. Caí. En todos los sentidos.
Otro golpe férreo a la espalda. Sobre los pulmones. En la columna.
Patadas en las costillas con la punta no del pie, sino de todos los planes que Verne Vega había hecho en su vida y que ahora nunca podrían ser. Aguardé, cerrando los ojos, conteniendo la respiración. Algo se rompió dentro de mí con un crujido que hasta pude escuchar.
—¡Maldito… cabrón… traidor! —gritaba Vega.
No tenía sentido, pero puedo entender cómo él me veía como el que le dio la espalda al otro. Rodeado de payasos inmorales. Obligando su voluntad de acero sobre los demás.
—No… te mereces… una bala —otro puntapié, esta vez al rostro. La física me giró, quedé bocarriba. Sin mis pistolas—. Tienes que morir como un perro.
Desde esa desafortunada postura lo único que despertaba mi curiosidad era con qué me había estado golpeando. Uno de mis ojos estaba cubierto de sangre y los párpados se negaban a abrir. El otro me dijo lo que ya era de suponer. Me pegaba con una pistola. Uno de los dos estaba armado, entonces.
—Lo que yo quiero saber es —haló la corredera y me apuntó a la cara— ¿qué te importa la vida de unos parásitos? ¿Qué te importa que un drogadicto de mierda se muera? ¿Desde cuándo eres el defensor de delincuentes y asesinos?
Me eché de lado y la pulsación de agonía me sacó un quejido.
—Lo echaste todo a perder, hijo de puta —se agachó y sentí el cañón sobre la mandíbula—. Iba perfecto y tú tuviste que cagarlo, maldito cobarde.
Un empujón a la pistola, hacia el suelo, haciendo a la bala enterrarse en concreto, levantando polvo. Mi otra mano estaba en su garganta, sujetando la nuez de Adán. Un golpe a la cara. Otro. El último fue con la cabeza. Si era bueno para Pip, el secuaz maniático, era bueno para el jefe de los mal nacidos.
Le escupí mi sangre. Y los oía venir, a la policía, al resto del mundo. Venían a unir las realidades.
Agarré a Verne de la chaqueta y lo arrastré, a un muñeco con los brazos alzados, una pierna doblada y la otra rascando la grava como una cola envuelta en traje y zapato lustroso.
Los agentes me matarían tan pronto me vieran. Eso estaba bien.
Ya no puedo vivir con el hombre que soy.
Lo golpeé contra una pick up, junto a las ruedas traseras. Di media vuelta y me separé. Lo escuché gemir como hacen los viejos cuando el cuerpo ya no les da más.
—No puedes irte así, Matt. Ahora tienes que matarme.
Cogió aire.
—Ahora tienes que matarme, porque yo soy como tú: me jodes pero cometes la estupidez de dejarme vivo y voy por ti hasta que te mueras llorando y gritando el nombre de tu mamá. No somos tan distintos tú y yo.
Recogí su pistola. Le apunté no a él, sino al camión. Al depósito de gasolina.
—No —dije—. Yo nunca te dejaría vivir.
La explosión fue gloriosa. Hermosa. Se alzó hasta volverse un torrente amarillo, rojo, negro y naranja. Sólo me tomó un par de disparos en los que Verne no se movió y ahora peleaba con el oxígeno que se había vuelto muerte a su alrededor. Dicen que el hombre que muere quemado experimenta dolor sólo por corto tiempo, que los nervios es de lo primero que se va y que uno termina muriendo asfixiado.
De verdad espero que eso no sea cierto.
Vinieron y me echaron al suelo. Me esposaron. No podían separar mi atención del purificador punto final. Me dijeron palabras que no tenían resonancia.
Creí que cuando Verne estuviera muerto, todo lo malo que había traído consigo se iría. Que en la eventualidad de que yo siguiera vivo, la oscuridad que nació en mi interior se viera sin propósito y se marchara. No era así. El fuego estaba ahí, sobre él, frente a mis ojos y para siempre detrás de ellos también.
La parte más dura del cuerpo humano está en la cabeza. En una obvia jugada por parte de la evolución, no existe un hueso más fuerte que la parte frontal del cráneo, justo en esa parte entre la frente y el cabello. La idea de la naturaleza era darnos una mano para proteger la preciada masa encefálica, pero algún bárbaro quién sabe cuándo descubrió que si golpeabas con esa parte del cráneo al rostro de un contrincante, causabas una montaña de dolor atroz mientras tú sientes algo tan patético y lejano que ni puede llamarse dolor. Sentado ahí, en la antesala al purgatorio, saqué mi imitación de aquel salvaje pionero. Cuando el psicópata se acercó, lancé mi estocada cefálica. Era la única oportunidad.
No lo vi sino de reojo, después de que me tiré a un lado en la silla. Le acababa de partir la cara a Pip, que se había echado de rodillas con una mano en el centro del rostro, goteando sangre como la baba de algún animal hambriento. La silla se resistía a romper y mis segundos eran contados antes de que Pip saliera del shock. Bastaría un grito para que los sátrapas entraran en la escena. Y qué escena.
Las sienes no me pulsaban, sino me golpeaban. Mi cuerpo estaba convencido de que si me dejaba fuera de combate sería un final menos doloroso que aquel que me estaba procurando con este prototipo de escape. La boca se me llenó de sangre y de otra cosa que me quemaba la lengua. Rompí las amarras que me sujetaban a la silla sin darme cuenta de las dramáticas señales que mi cuerpo usaba para detenerme. Tenía la cara cubierta de sudor y la sangre que me iba de las magulladuras en las muñecas hasta los dedos era una sensación como la respiración dentro de la garganta: sabes que está ahí, pero nunca es digna de tu atención.
Me miró, con los ojos inyectados de sangre, con el tabique deformado a un ángulo antinatural. Balbuceó palabras de espeso rojo.
—Maldito mal parido —fue la respuesta con la que acompañé a la patada. Justo debajo de la quijada, alzándole y doblándole la espalda. Un arco de sangre salió de su boca, cruzó el aire frente a mis ojos y cayó atrás, sobre el suelo, ya no en arco, sino en cola. Una húmeda línea de vivo dolor.
Ahí, en el acto inicial de mi gran escape, me precipité al suelo. Como un monigote, como una insensible estatua de carne. Boca abajo, pegando fuerte al suelo con el pecho.
Si te quedas tirado, eres hombre muerto.
El mundo se quedó sin sonido. Una visión se presentó, arrodillándose ante mí, la chica, Zoe, extendiendo su medicinal toque a mi maltrecha humanidad. No había calor en su mano, ni fuerza en sus palabras porque, claro, ella no estaba ahí. Una alucinación, como un sueño, cuando tu mente va demasiado rápido pero tu cuerpo ha tirado la toalla.
Si te quedas tirado, vendrán por ti. El confort de que te matarán rápido es una trampa. No hay nada con la muerte, nada queda resuelto.
Arriba.
Arriba, hijo de puta, arriba.
Me estaba ahogando.
Me impulsé hacia arriba con un manto sobre los ojos. Me llevé los dedos a la boca, profundo, hasta tocar suave y caliente carne en ese punto sin retorno de la garganta.
Vomité sangre. No un riachuelo de rojo vivo, sino negra, con grumos. Estaba haciendo mi mejor esfuerzo por no morirme y todo lo que la vida tenía que ofrecerme era esa aguja atravesándome la cabeza, un dolor tan sobrecogedor que me provocó más vómitos partiendo de su propio mérito.
Hice el vacilante andar de los borrachos para ponerme otra vez al mando, viendo doble, respirando por la boca en patéticos silbidos nerviosos. Empujé la puerta de la descampada celda.
¿Dónde mierda estoy?
Más escaleras de metal, tanques de vapor, un laberinto como el hogar de Freddy Krueger.
Entonces recordé. La última vez que me sentí así fue justo lo que dio pie a todo esto.
El tiroteo. Vernie Vega me quería muerto. Ya había pasado una vez, yo echado en el fondo del espiral mientras él ve las noticas acostado en su cama.
—Hijo de… puta.
Me impulsé. Sosteniéndome un costado como si las tripas se me estuvieran escapando. Llegué al tope de la escalera, que terminaba en otra puerta, cuando otro hombre entró. Fueron dos segundos de nadie.
Se llevó la mano al cinto y yo le halé el pie. Podría explicarte ahora por qué es imposible que un atacante con arma de fuego que no ha desenfundado mate a otro que usa los puños o un puñal. No lo haré porque eso no era lo que estaba pensando al actuar. Toda mi idea era matar al hijo de puta. Y si era un rescatista misterioso, pues la próxima vez van a tener que avisar a gritos y desde lejos.
Cayó dándose un golpe como un puñetazo en el centro de la espalda, entre los pulmones. Me abalancé. Apretándole el cuello con una mano y tapándole la nariz con la otra. Si había un punto lejos del Matthew Stark que nació de mi madre, era este. Era una fuerza y no una personalidad. Lo estrangulé y le quité la pistola. La última semana fui despachando hombres y sólo ahora me doy cuenta de que sí es una de esas cosas que se facilita con la práctica.
No lo supe porque para mí, era otro tipo armado que se comió la luz, pero acababa de matar a Krashnamir Karamazov, el asesino profesional que habían dejado para la vigilancia. Acababa de convertir a los Hermanos, en el Karamazov.
Tomé su celular e hice dos llamadas. Primero a Chrysta, una breve conversación en la que la cancerosa presencia de Verne se filtró. Me dio suficiente garra como para la segunda llamada. Únicamente después de colgar y echar el aparato a un lado me tomé el respiro de estudiar mi entorno.
Una casa, un apartamento, Nueva Noir suburbana. Ruidos de alguna parte. Para salir de aquí, tenía que usar una puerta trasera. Y al conseguirme con el malandrín que estaba sentado en los escalones, le pisé la cabeza hasta que lo escuché luchando por respirar.
Vagué por la lluviosa Nueva Noir por lo que me pareció décadas. Sin plan, sin pista, sin un camino qué seguir. No tardarían en dar la alarma y los perros saldrían hambrientos tras de mí. El Stark que empezó el show los habría manejado con ojos de tiburón gritando por más, pero ahora, en este estado, podría morirme con tan sólo verlos.
Un hombre tiene ambición. Tiene una idea y lucha por volverla una realidad. Tras una vida de esfuerzos se consigue con un impedimento, esa pieza del rompecabezas que pone el proyecto de vida en riesgo justo cuando las resultas se acercan. La solución es sacar al impedimento de por medio. La idea no era robar millones de dólares ni conquistar al mundo. Vernie sólo quería que no hubiera otro niño como él. Pensaba en el bien mayor. Y yo, pisoteando tembloroso los charcos en la acera, repetía “te voy a matar”, con su rostro fijo en el ojo de la imaginación.
Por fin, miré a la calle. Extendí una mano. Un taxi se detuvo y yo lo abordé. Dije la dirección y cuando llegamos y bajé sin pagar, el taxista bajó también. Gritó, escupió al suelo, hizo una escenita.
Yo levanté los brazos ante los agentes de la ley y me llevé las manos atrás de la cabeza.
Caminé, el taxista callado, los policías callados, los detectives buscando alguna explicación para la aparición que ahora tendrían que manipular.
Porque si te quedas sin planes y todo juega en tu contra, rompes el vidrio en caso de emergencias. Te entregas.
Un ejambre de uniformes a mi alrededor, desarmándome, haciéndome preguntas, gritando. Una pulsada de dolor cuando las esposas se cerraron en las líneas de piel que rasgué para desatarme no más de una hora atrás.
—Sólo le declararé al alcalde Vega —dije, para quedar en pétreo silencio.
Trataron de hacerme hablar. Trajeron detectives, colegas y psiquiátras. Después de una manito con Pip, todos los demás interrogadores no pasaban de tristes amatéurs.
Me confinaron a una celda en el sótano de la jefatura. Dejaron a Matthew Stark vigilado, con la mirada en el suelo y las manos entre las rodillas.
Esperé. Esperé. Sin sueño, sin dolor, una meditación de absoluta paz. Tardaron horas en traerme al maldito. Con el amanecer a la vuelta de la esquina, el guardia abrió la celda y lo dijo:
—Ok, Stark, el alcalde está aquí.
Era un muchacho bueno, de esas jóvenes promesas en la fuerza, sin las cicatrices espirituales que conlleva luchar con monstruos. Quizá por eso lo conseguí. O quizá no.
Esperé, esposado, mientras me escoltaban por el pasillo de celdas. Llegamos a la antesala, un escritorio custodiado por otro oficial. Eran buenos policías, pero tenían que quitarse del medio. Una patada en la entrepierna a uno. El otro cayó con otro buen cabezaso, porque si no está dañado, no lo arregles.
Ambos agentes esposados al escritorio pegado al suelo. Me abrí las esposas. Les quité las pistolas.
En este edificio estaba Joseph Shaw, jefe de la policía, Walt Miller, fiscal de distrito y Vernie Vega, alcalde. Una trinidad nacida del hinchado estómago de una rata sifilítica.
Comprobé los cargadores, quité los seguros y apreté la mandíbula.
No sobreviviría un asalto en la propia estación de policías, pero tampoco iba a dejar que ellos lo hicieran.
Nadie sale de aquí con vida.
Estás a punto de despertar cuando sueñas que estás soñando.
Fue como esa escena en La Masacre de Texas, en la que Sally Hardesty desfallece de una escena de horror imposible para despertar en una aún peor, atada a un cadáver y con la muerte enfrente.
En mi caso, desperté con patéticos quejidos cuando sentí las agujas metérseme entre las costillas.
No recordaba cómo me habían traído acá, una habitación que no tenía nada que envidiarle a esa habitación Orwelliana que guarda lo peor del mundo. Las agujas que me habían metido en el torso tenían cables de cobre enredados en el otro extremo. Los cables iban a un artefacto como un radio transistor viejo que zumbaba lejanamente. Ahí estaba, junto al transistor, el duende, el hombrecito con cara de haber tenido hijos sólo para comérselos. Junto a él, Vernie sostenía un grueso aro de cinta aislante. Al tratar de levantarme, me di cuenta de que estaba atado a la silla. Parece obvio ahora, pero en aquella situación era como llegar a la película una hora tarde. Me habían atado los pies a las patas y las manos tras la espalda. Sentía la cabeza pulsando y el aire que entraba por mis fosas nasales no era suficiente. Me estaba asfixiando con el peso de la sucia luz sobre nosotros.
—Matthew, justo a tiempo —dijo Vernie.
Estiró una lengua de cinta gris.
—Supongo que ya sabes de qué va esto —dijo—. Este que está aquí es Pip. Pip no habla. Vio algo hace dos años que le jodió la cabeza. Era un hombre común y corriente, dentista, casita en los suburbios, familia, niños y golden retriever. Algo pasó. Todos murieron y él ya no habla. Así que no es un buen interrogador.
Se aproximó.
—Este método lo diseñó él mismo. Es un tipo enfermo, tiene que torturar al menos una vez a la semana. Se pasa las noches llorando aquí, esta es su casa. ¿Me equivoco, Pip?
—Gub.
—Correcto —continuó Vernie—. Mira, primero te meten estas agujas que tienes ahora. Te pasan corriente por cinco minutos. Luego, te dejan esas agujas y te meten otras, en los hombros, verticales, hacia abajo. Otras en las rodillas. Corriente por diez minutos. Para ese punto, perderás control de tus esfínteres, te vomitarás encima, harás de ti una verdadera ruina repulsiva. Luego dos agujas, detrás de las orejas. Corriente por quince minutos. Eso te daña de por vida, después de eso vas a andar por ahí temblando, necesitarás un bastón para caminar. Nunca más irás al baño solo. Es terapia electroconvulsiva descontrolada. La última aguja, Matt, es inútil, pero Pip es un sádico.
Miró a Pip, que seguía en la misma postura con la que lo dejé en la casa.
—La última aguja va en el escroto —dijo Verne—. El propósito de esto no es matarte. El propósito es que sepas que para cuando todo acabe, ya no serás un hombre. Serás una forma de vida atrofiada. Le rogarás que te escuche, pero a él no le importa, él no va a preguntarte nada. A él sólo le importa que te duela. Terminarás diciéndole todo tras la corriente final, mucho después de que la última mentira en tu cuerpo te haya abandonado.
Posó uno de sus pies pulidos sobre la silla, cerca de mi entrepierna. Reposó los antebrazos sobre la rodilla.
—Así que cuando te digo, Matthew, que esta es la última oportunidad que tienes para hablar, sabes que es verdad. ¿Le contaste a otra persona de la heroína?
—Vas a tener que matar a la mitad de la ciudad para averiguarlo.
—No seas estúpido. Dime. ¿Le contaste a Chrysta?
—Traté, pero no me quiso escuchar.
—No hagas tiempo, que no viene ninguna caballería. ¿Quién más sabe?
Era un ejercicio inútil. Le dijera o no, iban a matarme. Y aunque le dijera que nadie más lo sabía, no me creería. La suerte estaba echada, pero no le daría el beneficio de la paz mental.
Se quedó bloqueado con mi cara. Marcó la distancia y volvió a sujetar la lengua de cinta que había estirado momentos antes. Traté de respirar a bocanadas, pero el aire no bajaba por mi tráquea oxidada.
—Sabes que nunca te voy a decir ¿verdad? —logré al fin.
—Sí.
—¿Entonces por qué el teatro?
Encogió los hombros.
—Quería darte una última oportunidad —dijo—. Sigo lanzándote cabos, pero tú no quieres salvarte. No puedo hacer nada más por ti.
Me cubrió la boca al fin con la cinta. Dos vueltas alrededor de mi cabeza.
—Yo sé que tú crees que te vas a escapar de esta y le vas a contar al resto del mundo la mierda que soy —cortó el extremo de cinta pegado al aro con los dientes—. Pero no me vas a ratear, Matthew. No les vas a decir lo que pasó en verdad porque si lo haces, ¿sabes cómo le va a caer eso a la ciudad? Yo sé que estoy haciendo lo correcto. Estoy sacando la basura, estoy matando criminales. No es bonito, pero alguien tiene que hacerlo. Tú mismo has descubierto que es lo único que funciona. Hay allá afuera quienes simpatizarán conmigo, con mi “drástico plan”. Pero están los que no. Los estúpidos que creen que los drogómanos son víctimas. ¿Quieres que te hable de víctimas? Mis dos hermanos eran drogadictos. Mi papá era drogadicto, Matthew. Ni siquiera los voy a visitar al cementerio. Los tres murieron como los parásitos que eran, por fin los alcanzó lo que tenían tiempo provocando. Yo no. Yo voy a impedir que eso le pase a más gente, porque sí, porque empiezas con una probadita aquí, ¿qué puede hacer de mal un poquito de coca, un poquito de hierba? Ese es el inicio del fin. Porque ni los maricos ni los drogadictos se curan. Alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que ser el verdugo.
Dio media vuelta, le murmuró a Pip y me dijo:
—Supongamos que me consigues matar, (que no puedes, pero supongamos). Sales y le cuentas al mundo la basura, el gran asesino que Vernie Vega era. Todos esos mariquitos patéticos sin bolas que creen, como tú, que los drogadictos son víctimas, todos ellos se van a derrumbar. Mis votantes, los que creyeron en mí. Tendrán que afrontar que en la vida real, no existen los tipos buenos. No sé si la ciudad pueda resistir eso, Matt, de veras. Esta gente necesita creer que alguien de verdad puede brillar. Si sales a contarles lo que sabes… piensa en cuántos espíritus estarás quebrantando.
Se acercó de nuevo y me dio una palmada en la mejilla.
—Mira, lo importante no es que yo te mandé a matar. Lo que importa es que no puedes ganar. Olvídate de las pistolas, olvídate de la ley. La última pieza que me conectaba con la heroína está muerta, cuando mataste a El Ruso. No puedes probar lo que sabes. Soy el hombre intocable, soy un símbolo, soy la cara de esta ciudad. No puedes matar a Dios.
Apenas abandonó la habitación sentí la primera oleada de electricidad recorriéndome las costillas, pasando a mi espina dorsal, a mi pelvis, a detrás de mis ojos. Los dientes me castañeaban. Fue un espasmo involuntario lo que casi me hizo tirarme a un lado, atado a esa silla eléctrica hecha en casa. Sentía la boca llenárseme de saliva detrás de la cinta, los labios nunca tan separados de los dientes, la cara deformada en un rictus que no era de dolor, no era un grito, era una cosa para la que no existe nombre, la máscara del prisionero de guerra de quien Dios se olvidó.
Hay algo perturbador sobre un hombre capaz de matar a sangre fría. Es distinto a cuando yo actúo; yo lo hago por rabia, es venganza. Para Vernie, esto no era personal. Yo bien pude estar matando con una sonrisa en el rostro, no lo sé, no me estaba viendo en un espejo. Pero cuando Vernie mató a Zoe, era la viva imagen del desapego, no había pasión. Bien mataba a una desconocida como dejaba a un viejo amigo bajo la sombra de un inefable dolor. En todos los sentidos, era peor que el traumado Pip, el psicópata que se sabía enfermo. Vernie habría estado a gusto detrás de un escritorio en un campo de concentración.
Mis articulaciones se volvieron nudos que se ataron solos y volvieron a liberarse, dejándome hecho de trapo, vencido, goteando sudor, sangre y lágrimas.
La peor parte de una tortura es el inicio, cuando los nervios están bien despiertos y sientes al dolor en todo su brillante esplendor. Conforme te van jodiendo, el cuerpo deja de responder y caes en un sopor progresivo hasta que te mueres. Ahora que el dolor estaba abandonando mi cuerpo, sentí un cálido placer tomar su lugar, como la sensación que tienes tras un orgasmo. El truco está en torturar por intervalos, para que el cuerpo entre en sus cabales antes de que lo sumerjas de nuevo en la piscina.
Había juzgado mal a mis enemigos. Los subestimé. Había pasado entre ellos como el cuchillo por la mantequilla y se me desarrolló la idea inconsciente de que nunca darían conmigo, un deseo mortal. Ahora pagaba con sangre mi estupidez. Un hombre normal podría soportar toda esa corriente y quedar con los nervios chamuscados para el resto de su vida, pero alguien como yo no. Mi cuerpo jamás soportaría tres rounds contra el transistor. Tendría un paro respiratorio o cardíaco. Lo curioso es que todavía sumergido en ese océano negro, pensaba en Chrysta. En Georgie. Vernie trataría de alcanzarlos y era muy posible que los matara sólo para quitarse la paranoia de encima. Esa era otra parte de la tortura, la parte mental.
Vi al duende acercarse con otras dos agujas y empecé a convulsionar. Los ojos se voltearon a mi interior, la respiración se me cortaba con un gorgoteo de sangre caliente, la silla chillaba con mis temblores.
El duende dio un paso atrás y supe que este era mi momento, atacar ahora, mientras él seguía sin saber a ciencia cierta que yo estaba actuando.
No puedo decir que no lo vi venir. Siempre tuve el temor, más que la sospecha. Sólo Verne Vega era capaz de entramar una red como aquella, contando con todos los elementos necesarios, tanto materiales como de personalidad, pero igual, el hombre es el único animal que se sorprende con lo que sabe que va a ocurrir.
Algo no cuadraba. Si en los buenos tiempos, él y yo establecimos una estrecha amistad era porque Vernie era la única persona que despreciaba al delito tanto como yo. Uno de sus principales puntos fuertes durante la campaña era que venía de una familia de delincuentes profesionales. Alejándose del negocio familiar, Vernie fue a la universidad, vivía de acuerdo a la ley y comprendía las calles porque había visto el lado bonito y el lado oscuro desde adentro. Estaba dispuesto a usar los métodos más bajos para pelear contra los monstruos en su propio terreno. Si él estaba detrás de mi atentado, lo más seguro era que estuviese tras la heroína y eso no tenía sentido. Significaba que, teóricamente, tenía que odiarse a sí mismo con furia vitriólica.
—Siempre tuve la esperanza de que esto terminaría distinto —dijo abriéndose la chaqueta, dejando ver a una pistolera.
Dos SWAT se acercaron. Uno me sujetó, llevándome las manos a la espalda. El otro repitió el acto con la chica.
—Lo curioso —continuó— es que desde que te fugaste del hospital, siempre supe dónde estabas. Nada pasa en esta ciudad sin mi conocimiento. Siempre supe de Chrysta ayudándote, de tu recuperación, de tu localización exacta entre la basura. Me figuré que, bueno, de repente Matty se marcha tan pronto se sienta mejor. Toma la decisión correcta. No lo volvemos a ver por aquí y todos son felices para siempre, conservo a un amigo. Pero cuando empezó el tiroteo, supe que tenías que ser tú. Me tomó media hora confirmarlo, además de dónde estabas, cuál era tu apariencia y a dónde te dirigías.
Se sacó una pistola del correaje.
—No puedo ni siquiera decir que estoy decepcionado, Matt. Esa es tu naturaleza. Eres como yo.
Se acercó al cuerpo de Valentín, haciendo las tablas del suelo crujir bajo sus zapatos de petróleo pulido. Se puso en cuclillas, entre la chica y yo, frente al cadáver, con la pistola reposando entre las rodillas.
—Felicidades. Pusiste fin a la mafia rusa. Harías un excelente alcalde.
No quería hacer las preguntas de rigor. Te explico que ya me sentía demasiado estúpido, burlado como en una novela barata de detectives, como para preguntar “¿por qué?”
No existía un motivo, porque los motivos son creación del cine, de la ficción, están ahí para hacernos creer que la vida tiene coherencia. La verdad es que hay miles de personas allá afuera que salen a matar porque quieren. El diablo no necesita de un móvil para hacer su labor.
—Lo importante, Matthew, es salvar todas las vidas que podamos ahora. Dime, ¿alguien más sabe de la heroína?
Callé.
“Salvar todas las vidas que podamos”. Eso quería decir “dime si eres un chivato, porque todo el que lo sepa va a morir”.
Y yo que solía confiar en este hombre como en un hermano.
Se irguió y me miró a la cara.
—Vamos —dijo—. Dime si alguien más lo sabe. Esto es más grande de lo que te imaginas.
—Yo creía en ti, Vernie. Y terminaste siendo otra escoria corrup…
—Por favor, Matt, guárdate el discursito. No tienes ni idea de lo que está pasando. Has ido por ahí, matando a los malos a medida que van llegando, “El Vengador Anónimo”. ¿De verdad crees que yo me reduciría a traficar droga por un puto porcentaje?
Y entonces, todo cobró sentido.
Era horrible, inimaginable. El peor escenario desenlazándose ante ti.
Vernie Vega se había vuelto loco.
La droga tenía un nivel de pureza suficiente para matar con el menor contacto. No tenía sentido sacarla a la calle y matar a todos tus clientes, pero un hombre como Vega sí podía verle beneficio; ocultándose detrás de la mafia rusa, detonaría esa bomba atómica hipodérmica. Todos los yonquis y parásitos de la ciudad comprarían un beso de la jeringa y terminarían muertos demasiado rápido como para que se corra el rumor. Un asesinato en masa organizado por el estado. Verne obtendría un año y medio de calles limpias, habiendo eliminado al narcotráfico de Nueva Noir, con sus delitos colaterales. Se garantizaba otro período en el poder, además de un pase a los libros de historia como “el hombre que limpió la ciudad”.
¿A cuántas personas era capaz de matar para vivir en la utopía que soñaba? ¿Y a cuántas había matado ya?
Le bastó ver la descomposición de mi rostro para sonreír con discreción. Como lo haría un joven Satanás.
—Ahora lo entiendes —dijo.
La política civilizada para los adictos es que ellos son víctimas. Cuando se captura a un adicto, no se busca su encarcelamiento sino su regeneración. La adicción es una enfermedad y el drogodependiente necesita de toda la ayuda que pueda.
Vernie quería desaparecer a los adictos porque muerto el perro, se acaba la rabia.
Y recordé lo que me había dicho minutos atrás. “Esta es tu naturaleza. Eres como yo”.
Con una mano acunada en el bolsillo, miró a la chica. Le acarició una mejilla y ella rehuyó a su toque como si fuera radiactivo.
—Y tú —dijo—. Te traen para que ayudes a enfriar a Matthew y mira cómo todo terminó. No pudiste ser más inútil.
Con un paso hacia atrás, le apuntó al pecho.
Las explosiones fueron mudas. Estoy seguro de que gritaron por toda la casa, pero yo no las oí. Sólo veía a Vernie de espaldas, el brillo que salía entre él y la chica, los casquillos escupidos a un lado y la expresión de ella, con los ojos desorbitados, detrás de una delgada capa líquida. Se escurrió de los brazos del SWAT como se escurre el sueño que siempre has deseado, lejos de tus manos.
Grité. Corrí. Me liberé del policía y la abracé.
Estaba hermosa, con sus labios de porcelana apenas brotando de rojo. Una de sus manos estaba en su pecho, cubriendo a un lunar rojo que se expandía, se expandía, hasta gotear bajo nosotros. Le agarré esa mano. La apreté. Su sangre estaba caliente.
—No, no, no, no, no —sollocé—. Zoe. Zoe, no te vayas.
Separó su mano de la mía y la reposó en mi cara.
—Está bien, Matthew —dijo—. No me duele.
Mi primera lágrima le aterrizó junto a la nariz. De ahí, cayó por debajo de su pómulo.
—No me dejes —rogué—. Por favor, no me dejes.
Cerró los ojos, desnudando su sonrisa. Sus dientes estaban rosados, rojo intenso entre cada uno. Su mano cayó.
—Por fin la encontré —susurró—. Paz.
Sus hombros ya no se movían. De su boca, débiles hálitos escapaban, como los de un pájaro que muere entre la nieve con las alas rotas.
La abracé, bien pegada a mi pecho, tratando de mantenerla todavía caliente con la calidez de mi propia vida. Supe que esto terminaría así y hasta se lo dije. Pero, como con Vernie, quise creer que no, que las cosas tendrían un final feliz. Traté de engañarme, alejar la cara del tren que venía a toda marcha.
Me quedé con ella entre brazos porque soy un desgraciado y una ruina, pero no iba a permitir que muriera sola.
Crees que ya conoces las cavidades del terror cuando una trampilla se abre bajo tus pies, hundiéndote a nuevas profundidades.
—Lo siento, Matt —dijo Verne—. La puta tenía que irse.
Nadie nunca lo sabría, pero en ese instante mi callado llanto cambió de motivo. Ya no era por lo que le había pasado a Zoe, sino por lo que le iba a pasar a Verne cuando yo diera con él.
Alguien se puso de pie a mi lado. Me ordenó que me levantara, o algo por el estilo.
Me forzó a ponerme de pie y cuando el cuerpo inerte de la chica se separó de mí, una parte de mi espíritu se fue con ella.
Era Mick. El sátrapa de Verne.
—¿Vas a darme problemas, vengador?
Mi moral estaba por el piso. Me habían disparado siete veces y por mucho que te salves, tu cuerpo nunca vuelve a ser el mismo. Este tipo, Mick, era un elefante esperando una excusa para pisotearte. La mera idea de pelear contra él era el primero de los golpes.
Eso no lo detuvo.
Me machacó a martillazos de hueso, meciéndome como a una muñeca de trapo y cuando caí sobre las tablas, no sé cuánto tiempo después, Vernie volvió a ponerse de cuclillas ante mí. Señaló con la mano a un gnomo de malas pulgas entre la multitud de agentes de asalto. Lo vi con ojos entrecerrados.
—El castigo —dijo— no ha hecho sino empezar.
El sonido se ofuscó y la película se fundió a negro. La realidad se hizo demasiado intolerable para seguir despierto.
Si yo fuera un héroe, no estaría vomitando.
Los héroes son invencibles, la sangre no les fluye por las venas. Son los colosos modernos.
Mírame. Tirado sobre las escaleras a la planta superior, vomitando ni siquiera comida, sino bilis, porque sólo me hago consciente del hambre cuando es tan intrusiva en mi cabeza que no puedo dejarla para otro día.
Con arcadas. Con los ojos llenos de lágrimas.
Si prestas atención, puedes oír a los moribundos en el piso de abajo. Con quejidos débiles, arrastrándose sobre el cristal y los casquillos.
La adrenalina sólo puede mantener a tu cuerpo a tope por tiempo limitado. Cuando se agota el reloj de arena, la biología te pasa factura. Sientes los músculos pesados, la espalda entumecida. Estás aturdido y se te va el aliento. Frente a mí, el mundo se ofusca, los sonidos descienden.
No. No, no, no, no, no.
Si pierdes la conciencia ahora, te matarán.
Nada se resolverá. La mejor forma de volverte un fantasma con mil asuntos pendientes.
¿O ya soy un fantasma y todavía no me he enterado?
Me muerdo la lengua. Con fuerza. Hasta que la saliva se mezcla con la sangre. El mundo poco a poco se reenfoca.
Oigo a la chica gemir de miedo en el piso superior y es a ese sonido al que me aferro. Mi maltrecho, mi terco y absurdo cuerpo se hunde en las profundidades del placentero desconocimiento y es a esa mano de princesa improbable a lo que me agarro, gritando burbujas de pánico.
Me recuerda a cuando me dispararon. Que me quedé en la calle tirado, rascando las paredes de lo que fuera que me permitiera seguir despierto. Cuando piensas que lo mejor es que descanses los ojos por un rato, las luces se apagarán para siempre.
Me levanto como puedo, un espantapájaros en sobretodo. Alguien se aparece del piso superior y dispara, levantando una nube de yeso a escasos centímetros de mi cara. La explosión, rotunda y sobrecogedora a tan corta distancia, me sacude el corazón. Si ese tipo hubiese usado una escopeta, como todos los del primer piso, en vez de una pistola, yo no estaría contando esto.
Mi primer disparo le aterriza en el hombro. El segundo en el cuello. Cuando llego junto a él, le pateo la pistola, lejos. No lo remato porque quiero que sepa qué se siente cuando todos sus sentidos te gritan que te han disparado. Con este, sin cretinos cerca, puedo darme el lujo.
Avanzo, dejando una piscina de sangre detrás de mí, con un hombre que me ve desde el suelo como una figura que se aleja entre los dedos de la mano que estira en mi dirección.
El ruido de la chica viene de esta habitación.
Abro la puerta de una patada y me echo a un lado, fuera de la línea de tiro.
No hubo disparo. No hubo provocación.
Sólo la voz de El Ruso, ronca. Una lija auditiva.
—Lo tengo enfrente justo ahora —dijo—. No. A todos, si llegó hasta acá es porque todos están muertos. Vete a la mierda, puto puerco.
Me asomé. Porque, en serio, no tenía sentido.
La chica estaba atada a una silla en el centro de una habitación sin amoblar, con papel tapiz verde oscuro. La luz que entraba de la única ventana dejaba en evidencia las motas de polvo flotando en el aire. El Ruso tenía el cañón de la pistola sobre ella, no detrás de su cabeza, sino hacia abajo; la bala la atravesaría verticalmente. Él hablaba por teléfono celular. Lo colgó y lo lanzó por la ventana.
Entré.
—Hola, Valentín.
Su cara era la de una estatua mal tallada, porosa, con surcos. Si sonreía, o se asombraba, o lo que fuera, nunca te darías cuenta.
—Llegaste por fin. Deseaba que lo hicieras. Quería que los mataras a todos para que pudiéramos entrevistarnos como es.
Yo no soy un caballero. La prostituta no es una damisela en desgracia y El Ruso no es el dragón dentro del castillo.
Esto sólo puede terminar como empezó. Con sangre.
Gulachnoff carraspeó.
—El adicto —dijo.
—¿Últimas palabras?
—Tú eres el adicto.
—Claro. Suelta a la chica. La mates o no, voy a joderte igual. Que la hayas traído no hace diferencia.
Frunció el entrecejo con un acceso de risa. Posó una de sus manos enguantadas en el cuello de la rubia, que seguía paralizada como si le hubiesen inyectado un veneno. Y sus ojos me hablaron. Me dijeron que yo le había advertido de esto. Que debió hacerme caso.
No mires a la chica. Mira al matón, a la escoria.
Por primera vez me doy cuenta de que Valentín está trajeado. Militar. Acorde a una guerra.
—Probaste la adrenalina, Stark. Y sigues en eso porque te gusta. Es el vicio del soldado.
—El perro de la guerra, claro. Deja ir a la chica.
—Mátame. Anda, dispara. Ya sé cómo termina la historia.
Me acerqué sin quitarle la mira de encima.
—Ya vienen —dijo Valentín—. Ahí vienen por los dos. Nos van a matar a todos y después se inventarán una historia cualquiera. Yo estoy preparado para eso. Desde el tanque. Enterrado en la arena, cuando debí morir. Todo lo que he hecho ha sido esperar.
El tipo se estaba descomponiendo. No tenía sentido nada de lo que decía. Creo que fue ahí cuando supe que la victoria gloriosa que yo esperaba no vendría nunca.
—Él fue el que te mandó a matar, Stark. Así que dispara, o te mataré yo. Y luego a ellos. Hasta que me maten a mí.
En la silla, la rubia estaba temblando.
—Dispara, Stark. Dispara, dispara, dispara, dispara…
No pude. Al menos no cuando él me lo pedía. Si lo mato cuando él quiere, hay menos sufrimiento. Y no tiene sentido para mí el matarlo si no hago que sufra. En aquel entonces, cuando entraba y salía del sueño, recuperándome en los oscuros intestinos de Nueva Noir, más que dolor, sentía rabia. Los odiaba por haberme hecho sentir tan asustado, tan miserable, por haber tomado mi vida de logros perfectos para convertirla en una ruina humeante y derruida. La única persona que me mantenía vivo era Chrysta, con sus cuidados y su paciencia, y yo le decía en mi agonía que esta rabia nunca se acabaría hasta que diera con el último de ellos.
Creí que así sería hasta ahora.
Gulachnoff gritó, alzando la pistola hacia mí y yo hice lo único que podía hacer. La bala le alcanzó un poco debajo de la tráquea. Trastabilló a un lado, alejándose de la chica, y halé el gatillo tres veces más. Él lo hizo una sola. Contra el suelo.
¿Era esto lo que estaba al final del camino? ¿La carretera de cadáveres que estaba cruzando llevaba hasta acá? Si así era, ¿por qué mi triunfo era tan insípido?
Afuera, el ruido de motores. Vehículos llegaron.
Gulachnoff gorgoteó sangre.
—Nadia. Я наконец прихожу домой.
Mi sombra se derramó sobre él. Le descargué ambas pistolas. En este pueblo sólo hay espacio para un hombre muerto caminando.
Ella miraba. Aunque no estaba amordazada, estaba silente, haciendo lo correcto, que era no atraer atención hacia sí. La desaté, dejando las pistolas en el suelo.
—Los que vienen son más —dijo ella—, vienen armados, Matthew.
—Se me acabó la munición.
—No, no, escucha.
Se puso de pie antes de que las sogas tocaran el suelo.
—El hombre que habló por teléfono con El Ruso es el que te quiso muerto.
—No. Era él, era Gulachnoff.
—Matt, escúchame. Me lo dijo a mí. Me dijo que venía a terminar lo que comenzó, porque no le habías dejado opción. Ha estado manipulando a la mafia, la heroína no es ni siquiera de los rusos.
Entraron en la casa. Estaban en el piso de abajo.
—¿Por qué te dijo todo eso, te lo dijo así como así?
Sacudió la cabeza.
—Los escuché discutir por el teléfono. El Ruso estaba asustado y cansado de las amenazas. Le gritó al otro que si nunca hubiese tocado a Stark, nada de esto estaría pasando.
¿El Ruso asustado?
Los pasos venían por la escalera.
Corrí a la pistola de Valentín, una vieja tokarev. Escondiéndola a mis espaldas, apunté a la entrada.
Primero vinieron los sonidos. Luego las sombras. Por fin, dos hombres comando, dos SWAT entraron con fusiles de asalto.
—¡Suelta el arma!
—¡Bájala!
Estaba loco, pero igual. Obedecí.
—Matthew Stark, estás bajo arresto —dijo el primer SWAT.
¿Así que era él? Joseph Shaw. ¿O era Walt Miller?
Esa risa que venía del pasillo.
Lo supe antes de que hiciera aparición. La sospecha que siempre albergué en mis pesadillas y que nunca me atreví a confrontar porque vivir en un mundo donde no era así me gustaba más.
Él. Todo este tiempo, el único que pudo hacerlo. Él.
Sonrió con una mano en la barbilla, con el lenguaje corporal que ponen los buenos amigos que se consiguen cuando ha pasado demasiado tiempo.
—Qué lástima, Matthew —dijo Vernie Vega.
El plan empezó a salir mal desde el mismo momento en que llegué.
Para empezar, Gulachnoff estaba en el lugar. Una casita de mierda en las afueras, de dos plantas junto a una laguna, el lugar más bonito para que viva una familia arquetípica, sólo que esta estaba llena de monstruos y tiburones. En el sótano, barriles tras barriles de heroína, en túneles cavados en la tierra, en compartimientos tras las paredes; era el palacio de la droga y existían por lo menos seis otras casas con las mismas características.
Metí el carro entre los bosques e hice el resto de la caminata a pie, entre los árboles, con las botas llenas de tierra, polvo y sangre. Una pistola en cada mano, como los nuevos puños que el dios de la guerra me había otorgado.
No. Si un dios me auspiciara, no sería un dios de la guerra. Sería de la carnicería, de los muertos que quedan ahí cuando se disparó el último tiro.
Miré, entre las ramas, como acecha el depredador.
El Ruso estaba llegando en su mercedes benz. Eso fue lo primero que debió disuadirme del plan. Venía otro carro lleno de hombres armados, una escolta adicional sumándose a una escena que sólo tenía lógica si El Ruso estaba alertado de mi presencia en esa casa específicamente. Alguien se había ido de boca, quizá El Dandy, quizá su guardia amigo, quizá cualquiera. A estas alturas, los enemigos me aparecen de debajo de las piedras como insectos.
La segunda mala noticia era que la chica, la rubia, estaba ahí. El hijo de puta estaba enterado de que ella y yo teníamos un vínculo y era por ahí que decidía atacarme. Porque sabía que aún si la chica y yo no teníamos ningún nexo fuerte, de todos modos no pondría en riesgo la vida de una inocente.
Gulachnoff era un zorro viejo, de sangre fría y tan peligroso como el tamaño de su paranoia.
Esas eran tácticas de la guerra fría, de la KGB. Alguien le había dicho que Matthew Stark estaba en camino, con toda probabilidad a celebrar otra balacera, y él, en vez de sacar la heroína a toda velocidad y quemar la casa, mete a todos los hombres armados que puede adentro, él incluido. Me estaban esperando. Con la boca espumeando y los gatillos hambrientos, estaban esperando a que yo cometiera el error de presentarme. Un hombre como El Ruso, como Valentín, no creía en la complacencia de sus antiguos camaradas retirados. Para él, la guerra fría nunca terminó. Lo que cambió fue el campo de batalla.
Ocho hombres armados haciendo patrullas en las afueras, andando de acá para allá con escopetas y subametralladoras. Eso quería decir que por lo menos otros ocho estaban dentro, alertas a la menor señal.
Un asalto frontal era una locura. Me lo repetía mientras hacía exactamente eso, a plena luz, sin la pena, el miedo o la cordura que lleva al sigilo. Aparecí de entre los árboles con las armas levantadas como un portento del apocalipsis. Porque quizá ese maniático que sale de vez en cuando en las noticias, “armado y peligroso”, matando a docenas antes de que lo matan a él, quizá ese tipo soy yo. Me quedé observándome como un tercero, convertido en todo lo que me dijeron que llegaría a ser. Soy una profecía cumplida. Soy furia, fuego e hielo. Guárdate tus palabras y tus rezos. Matthew Stark ya no está dentro de esta mente.
Ir de frente, disparando y sin cubierta, era lo último que ellos esperaban que hiciera. “Habría que estar loco”, tenían que pensar, y estarían en lo cierto. Y por eso fue que funcionó.

Ahí, en el patio de esa casa rodeada de verdor, con el sol convirtiendo a la laguna en un mar de mercurio, todo volvió a ocurrir. Las mismas escenas de la misma película, con diferentes actores. Los rostros de los hombres que reaccionaron un segundo demasiado tarde antes de que una de mis balas les partiera la cara en dos, levantando sus inútiles cañones al cielo y dejando que éstos gritaran su obituario. Los que disparaban con los brazos estirados hacia el blanco, con las bocas abiertas, tal vez gritando, tal vez llorando, los ojos desorbitados, doblándose sólo cuando el estómago se les abre y las tripas se les escapan. Los que en medio del caos disparan a sus amigos, empujados por la pequeña esperanza de que el tiro final sea el de ellos. Los que están en el suelo con las bocas llenas de sangre y la mirada apagándose un poquito a cada segundo, luchando por absorber un hálito más hasta que ya no son capaces ni de eso.
No sé cómo lo hago.
Cuando salí de la universidad, cuando me matriculé y entré en la fiscalía, sólo quería ser uno de los buenos.
Ahora sé que reconoces a los novatos por ese idealismo.
Encarcelé a un millón de asesinos, a violadores, a traficantes, como un médico que trata con medicina temporal a un virus incurable. ¿Quieres saber qué descubrí que funciona con los asesinos de esta ciudad? Matarlos.
Diez segundos puede sonar como poco tiempo, pero en un tiroteo son toda una vida. Caminé entre los cuerpos y los casquillos, matando a los que todavía se movían porque yo mismo soy un cabo suelto y mira en lo que me convertí. Desde la casa me veían, envuelto en el abrigo de cuero, levantando una de las berettas a ese bastardo que se agarraba el pecho con una mano escarlata, tratando de subir los escalones del porche con lo que la otra mano le permitía arrastrarse. Que no salieran por mí me dijo una sola, pero contundente cosa: los hombres de adentro no eran esta escoria callejera. Eran soldados que sabían pelear, seguramente todos con escopetas, sabiendo que el espacio reducido les daba la ventaja. El que todavía quedaba vivo ya llegó al porche, dejando un camino de sangre como deja el rastro un caracol. Me miró, con la frente perlada de sudor, con los ojos enrojecidos. Esa expresión de que esto no me puede estar pasando a mí que reconocí al instante, porque yo mismo la tuve.
—Stark… Stark… para… escúchame.
Me miró agigantado desde el suelo, con un dedo de hierro apuntándole a los ojos.
—Le ponen miras a las pistolas por una razón.
La corredera de la beretta dio un salto hacia atrás, vomitando un casquillo de nueve milímetros.
Recargué ante la puerta.
Cuando dispararon, esperando que los perdigones atravesaran y dieran conmigo al otro lado, yo no estaba ahí.
Desde uno de los lados del marco apareció mi mano. Disparé tres veces, a ciegas, sin tener por qué hacer impacto a menos que hayan estado ansiándome con el corazón temblando, los eyaculadores precoces de la guerra. No le di a nadie. La élite de El Ruso no me decepcionó.
—Ждите его, чтобы прибыть!
—Обрамляйте сукиного сына!
—¡Les voy a ofrecer un trato!
Ante los ojos del que descubre que sale de un sueño para entrar en otro, crucé el umbral de la puerta.
—Стреляйте его! —gritó uno.
—Нет, ждите!
—Bien, idiotas. Cuentan con dos opciones: se van o se quedan. Los primeros, dejan sus armas, levantas las manos al cielo y corren rápido, sin mirar atrás. Los que se queden, vayan haciendo las paces con Dios.
Hubo un breve momento en el que las respiraciones se contuvieron. Luego uno dijo algo, otro contestó y rieron en grupúsculo, medio cubiertos por mesas y puertas abiertas.
—De verdad que no puedo creer… —empezó uno sin acento.
—No he terminado. Los que se vayan, se quedan afuera. Entiendan que esta pequeña misericordia la cedo porque no quiero perder más tiempo entre la muerte de El Ruso y yo. Pero si vuelven, me desprecian la piedad. Los cazaré y a cualquiera que me traigan, cucarachas, porque, verán, para ustedes, esta es la horrible tarde en la que casi se mueren; para mí, es sábado.
Afuera, los pájaros habían dejado de cantar. Como cualquier criatura cuerda, abandonaron las cercanías tan pronto se hizo la tensión.
Del piso de arriba se oían pasos.
El sol estaba empacando las maletas, tampoco se quería quedar a ver lo venía a continuación.
Muy a pesar de cómo todo comenzó, no me podía quejar. La matanza iba a pedir de boca. Casi empezaba a creer que saldría de aquello fumándome un cigarro, sobre un unicornio, con un arcoíris de fondo.
Menos de una hora más tarde, estaba en el suelo, con la boca ensangrentada, desarmado y la suerte riéndose de mí y echándome el humo de ese cigarrillo que yo quería en la cara.
Así no es como comienza esta parte de la historia.
No conmigo, poniéndole la pistola a este tipo frente a los ojos. Pero esta es la escena que me interesa.
Podrías suponer que después de haber hecho el amor con la chica en el piso de esa habitación me habría sentido más cansado; saciado, por ponerlo en términos vulgares. Pero no. Y no era culpa de ella. Sus labios fueron un refugio perfecto, el calor de su piel cobijó mi alma hasta espantar a mis miedos. El clímax había sido liberador, con un deje de tristeza, como el que tendrías cuando sabes que estás a punto de despertar de un sueño perfecto.
—¿Cuánta pureza? —le pregunto, sujetándolo por las solapas de la bata de laboratorio.
—Es… usted no entiend---
—¿Cuánta-pureza?
El hombre cerró los ojos, suspiró, como pasando un trago amargo. Al volver a mirarme, dijo un absurdo:
—Setenta por ciento.
Imposible.
Estaba mintiendo. Tenía que ser una mentira.
Desde aquí, podías escuchar las ligeras conversaciones de los trabajadores en los laboratorios, sintetizando drogas que sacar a la calle. Un pequeño grupo estaba asignado a la depuración de la heroína, para su posterior almacenamiento. Era un laboratorio clandestino en una fábrica abandonada, propiedad de El Ruso y con vigilancia privada.
—Para entrar —me había dicho El Dandy—, tienes que buscar un acceso por las alcantarillas. Te llevará a un pequeño estacionamiento dentro de la fábrica. También está patrullado, no creas, pero resulta que cuando Valentín asignó a ese amigo vigilante, realmente colocaba a mi amigo vigilante. Él ya sabe que estás en camino.
El Dandy había cumplido. Dos berettas, mas suficientes cargadores en los bolsillos de mi abrigo era todo lo que necesitaba. Algunos, los idiotas que han jugado demasiados videojuegos, te dirán que para matar a unos sangrones necesitas un rifle de alta potencia, una escopeta, varias granadas. La verdad de la vida es que basta con que seas un buen tirador. Era una norma del viejo oeste y un clásico nunca muere.
La chica me había abrazado, cuando las llamas seguían ardiendo, pero con reducida intensidad. Quería quedarme a su lado, arroparla con mi abrigo, esperar al amanecer. Pero no amanecería mientras yo siguiera con tareas pendientes.
—Vas a lograr que te maten —dijo cuando me puse de pie.
No tenía qué explicarle. Esto era lo que tenía que hacer. Otro hombre habría huido con ella, a una granja, a sembrar un naranjo o algo por el estilo. Esa opción me estaba vetada. Me debían dolor, miedo, sangre y un pulmón. Tenían que pagar con intereses.
—No puedes sacar heroína con setenta por ciento de pureza a la calle, idiota —le dije al hombre algo que él ya sabía—. Tienen que cortarla.
Sacudió la cabeza.
—El jefe quiere sacarla así.
No.
Esa era la parte que no tenía lógica. Lo abofeteé.
—Maldito hijo de puta, no me mientas —le pateé en el suelo. Mirando alrededor con la pistola todavía vigilándole, comprobé que nadie se acercaba a nuestra conversación privada.
Me había infiltrado por el acceso que señaló El Dandy. Sin mucha charla, el guardia me dejó pasar y siguió haciendo su ronda.
—Si te veo de ahora en adelante, tendré que dispararte —fue lo único que puntualizó.
—Vale, me parece un trato justo. Haré lo mismo. Nada personal.
—Entiendo.
Él siguió por su lado, yo por el mío. Infiltrado por las sombras, caminando con lentitud hasta capturar a uno de los de bata de laboratorio.
—Llévame con el presidente de los mal paridos locales —le susurré. Él me llevó al tipo que ahora trataba de no vomitar los riñones. El guía turístico yacía inconsciente en la entrada con un golpe en la sien.
Puse al jefe de pie. Si sacaras esta habitación de contexto, habría sido un laboratorio de bio-análisis.
—Una vez más. ¿Para qué es la heroína?
—¡Ya le dije!
—No grites.
—Ya--- ya le dije. El jefe quiere sacarla tal y como está.
El Dandy me quería aquí investigando por un asunto de política. Si mandaba a su vigilante, o a cualquier otro asociado y se descubría, la tregua del bajo mundo estaba rota y las calles volverían a llenarse de sangre. Yo era el elemento salvaje, yo podía ser sorprendido y nadie habría tenido que vincularlo con uno de los capos.
—¿Tú entiendes lo que me estás diciendo? —pregunté.
—Eso es lo que quiere Gulachnoff y así se hará.
Cuando los cargamentos de droga llegan del punto en el que se sintetizan por primera vez, lo que los traficantes hacen es adulterarla, un proceso apodado “corte”: mezclas el narcótico con otros elementos de apariencia similar, como harina o leche en polvo si estás cortando heroína. Esto es por un lado para rendir el producto y, por otro, para variar en la calidad. Entre menos “agente cortante”, mayor pureza, mayor potencia en la droga, mayor es el precio. Casi toda la heroína que se consigue en la calle tiene un máximo de pureza de doce por ciento, que equivale a un sueño como un coma en el momento en que te la metes en las venas. Sacar a la calle un material con setenta por cierto podía sonar como el negocio redondo y el sueño húmedo del yonqui. Inyectártela te golpeará como dos cartuchos de escopeta a quemarropa en la cara. Estarás muerto antes de que puedas sacarte la aguja.
Valentín Gulachnoff estaba planeando un asesinato masivo.
—¿Qué ha significado esto para ti? —me preguntó la chica todavía semidesnuda unas horas atrás.
Metió las manos entre mi camisa de botones. Las mismas manos que habían acariciado mentiras sobre muchos otros hombres. Pero esta mentira era perfecta.
—Más de lo que puedo explicarte —le dije.
—Sólo te pido que vuelvas.
Acuné una de sus manos entre las mías. Era la única respuesta que me podía permitir.
Ahora, frente a mí, el doctor al mando del laboratorio se desinfló de vergüenza.
—Estamos jodidos, hombre —dijo—. Nos matará si no le preparamos la puta droga. Ya sabes que está loco. Él…
—Sí, está loco. Vas a indicarme dónde está toda esa droga escondida y luego te vas a marchar de Nueva Noir. No quiero volver a verte la cara. Si te consigo, o me llega un rumor de que andas por ahí, así sea mentira, te encontraré, hijo de puta. Y lo de hoy te parecerá una charla dominical en comparación. Te estoy dando una oportunidad porque quiero creer que eres otra víctima. Pero si caes en esto otra vez, ya es elección tuya. Y vas a saber de mí. ¿Estamos?
Asintió con ritmo de ametralladora.
—Sí.
—Bien. Vamos a salir juntos de aquí. No quiero que hables ni hagas movimientos súbitos. Si me parece que los haces… estás viendo esta pistola, ¿no?
De nuevo la rápida afirmación.
—Qué bueno. Andando.
Abrió la boca y la cerró. Volvió por otro impulso y esta vez dijo:
—¿Crees que los puedes matar a todos? Estás loco.
—Tú no tienes moral para decirme eso.
Me saqué la cajetilla de cigarrillos del abrigo.
—Vine a este mundo gritando y bañado en la sangre de otra persona —dije, llevándome el pitillo a la boca—. No tengo problemas con irme igual.
Parte del arte fotográfico mostrado es obra de J. Ferreira.
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