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La Farsa

La confesión es buena para el alma. Ya yo debería saberlo.
El whisky me purificó, como se expiaban los pecados de las brujas con bautismo de fuego. No quería saber de nada, por una noche quería no ser. Desconexión de la avalancha que se estaba cerniendo sobre nosotros. No pedía que no me arrollara. Lo único que quería era no sentirla.

Nino creía que yo era una fuente de perturbación para Georgie y tengo que darle la razón. Enfrente de la puerta del baño me explicó las investigaciones que había hecho sobre mi pasado.

—Los detalles todavía no están claros —dijo—. Pero tú te traes algo entre manos.
—No es un delito tener un pasado, detective.
—Olvídate de la ley, estamos hablando de la moral. Y tú nos mentiste.
—¿Por qué? ¿Porque elegí la discreción?
—Tú sabes muy bien por qué.

Al darse media vuelta, me llegó su perfume a químicos que realzaban la masculinidad. A loción para el afeitado.


—¿Me estás investigando, Nino?


No me prestó demasiada atención y a decir verdad, yo no estaba en el mejor momento para darle demasiada importancia.


Una puede soportar a una montaña sobre los hombros sólo por un tiempo. Después ya no es cosa tuya.


Así que volví a casa. No recogí nada de mi oficina. Ya tendría tiempo para hacerlo y aún si no era así, no tenía nada en la oficina que fuera a echar de menos. Ninguna foto importante, ningún retrato con la familia. Mi título de jurista seguía bien protegido en los confines del hogar. Cruzando la autopista tuve tiempo de pensar si este no era ese punto que estaba esperando, algo que sabía que iba a ocurrir, mi marcha de Nueva Noir. Podía hacerlo ahora. No tenía nada que me atara realmente a la ciudad. Por un tiempo creí que la carrera era mi ancla. Luego creí que era Matt. Pero veía con claridad: nada me sujetaba a una tierra que no era la mía.


—Estás pensando demasiadas estupideces, Chrysta —me dije.


Tan pronto entré en la casa, rompió la lluvia. Era un lugar discreto, de sala-cocina y dos habitaciones en el piso de arriba. Aunque podía comprar una casa más grande, llenarla de más lujos, no le veía el propósito. Nueva Noir era, además, la clase de lugar en el que si tenías dinero, te convenía no mostrarlo.


Me di una ducha, quedándome un rato bajo el agua tibia, pensando en todos los caminos que se extendían ahora ante mí. Nino jamás llegaría a nada, nunca descubriría algo que me atara a algún delito del que yo no pudiera escapar. Y lo mejor era eso. Si seguía inmiscuyéndose, sólo problemas esperaban en el próximo capítulo.

Y volví a pensar en Matthew.

¿Le había colgado el teléfono en el momento en el que más me necesitaba? ¿Acaso le di la espalda cuando había recuperado la cordura y se preparaba para entregarse? Supuse durante mucho tiempo que le mantuve unido al mundo de los cuerdos, aunque fuera un nexo delgado y débil, pero ahora entendía que se había alejado de mis manos. Las balas le habían calado más profundo que la carne, llegándole al alma, transformándola en otra cosa. Nietzsche estaba equivocado. Cuando peleas con monstruos, debes cuidarte de no convertirte en uno, claro, pero hay gente para la que eso es inevitable.


Salí del baño envuelta en mi bata esmeralda. Cuando tienes una bata así, significa que has alcanzado el punto en tu vida en el que ya no tienes que preocuparte por la comida del día. Ya no tendrás que pasar frío en la calle. Hay gente que ahora, mientras yo medito al respecto, está en la calle, inhalando los últimos hálitos que la inanición le permite. Y yo estoy acá, invirtiendo mi dinero en lujos como este, con la comodidad de saber que ese espejo ya no me reflejaba. Como aquello, nada. Nunca más.


Tomé el control de la televisión pero, pensándolo bien, volví a tirarlo sobre la cama. Sólo había un tema en la televisión y yo ya tenía suficiente con la repetición constante que había en mi conciencia. ¿Pero qué tal si Matthew ya fue capturado, o incluso asesinado? Podía repetirme un millón de veces y tatuarme sobre el rostro que ya yo no tenía nada qué ver. Sería inútil. Los papeles estaban invertidos. Matthew Stark era mi homme fatale.


Sin mi manto de fiscal, se dificultaba más ayudarlo, pero no era imposible. Me vestí lo más rápido que pude y prendí la televisión. Lo que encontré fue inesperado.


De Matthew, nada. Las noticias estaban girando ahora en torno a Vernie Vega, a su milagroso escape de las garras de un asesino que, se había descubierto, cargaba cajas en uno de los almacenes de Valentín Gulachnoff. Valentín había sido asesinado y su cuerpo se encontró a un lado de la autopista de Brookhaven. Ahí fue cuando las alarmas se me dispararon.


¿Por qué Matthew (que, no me cabía duda, había matado a El Ruso) dejaría al cadáver a un lado de la calle? ¿Por qué cargaría con él? No tenía sentido, a menos que hubiese otro grupo involucrado.

Sonó la puerta y mi primer impulso fue buscar mi revólver.
Volví a respirar al ver quién era. Vernie.

—Dios, me diste un susto de muerte.

—Chrysta, mi amor. Tengo que hablar contigo.

Se abrió paso, seguido por dos hombres; Mick, el mano derecha. El otro era uno que nunca había visto.

Por un momento vaciló en el medio de la sala, pero luego tomó asiento.

—¿Qué pasó? —pregunté— ¿Se trata de Matthew?


Una pregunta estúpida. Claro que se trataba de él.


—Matthew está muerto —dijo Verne.


Mi corazón no se detuvo, la respiración no se me cortó. Era esperado que la cruzada que llevaba le llevara a la tumba, pero por algún motivo, no pude obligarme a creerlo. La negación es una reacción natural.


Me senté.


—Encontramos su cuerpo junto al de El Ruso —dijo Verne—. Decidimos no hacer público su deceso aún. En verdad, creo que nunca lo revelaremos. Creo que la ciudad merece conservar la imagen que tenía de su héroe.

—No lo puedo creer.
—Lo sé. Ya la gente sabe que iba matando criminales, pero si lo consiguen muerto así, será sin honor, su deceso no tendrá significado. Merece ser recordado como el caballero que era.

—Oh, por dios —me tapé la cara con las manos.

Sentí en el hombro la mano consoladora de Mick. Me trajo poco sosiego. Era una mano desprovista de calor, endurecida. Como la que tendría una estatua de adobe
—Chrysta, necesito que me digas algo ahora y es muy importante —Verne se inclinó al frente en su asiento—. ¿Te dijo algo sobre lo que estaba investigando?

—¿Qué?

—Sobre lo que estaba haciendo. Estaba buscando al hombre que lo mandó a matar, pero ¿te dijo por qué lo querían muerto? ¿Se comunicó contigo de alguna manera?
—Vernie, yo…

El teléfono zumbó. Mi celular, a un lado de la cocina.


—Hablé con Matthew un par de veces, me llamó a…


El teléfono zumbaba.


—Quería que yo, quería decirme…


El teléfono zumbaba.

Me levanté con una maldición. Fui a la cocina, empotrada en un mueble de piedra negra. El número que brillaba en la pantalla era desconocido. Agarré el teléfono y puse el pulgar en el telefonito rojo.

—Trata de recordar bien —dijo Verne.


Atendí.

—Beaumont —dije.
—Soy yo —dijo Matthew—. Vete de la ciudad, Vernie está detrás de todo.
—¿Aló?

Miré a Verne. Ya hubiese querido yo reaccionar más rápido, comprender al instante lo que estaba pasando. Pero me desorienté.


—Tengo unas direcciones que tienes que darle a la prensa. Ahí está todo, droga como para matar a la mitad de la ciudad.

—¿Mamá? Habla más lento, por favor.
—¿Ma…? Es Verne. ¿Está ahí, contigo?
—Sí, mamá.

Mire de reojo al alcalde. Sentado, con las piernas cruzadas.


—Tienes que alejarte de él. No puedo explicarte por qué, pero está conectado con la droga. ¿Puedes tomar nota?

—Sí, dime —tomé el bloque que uso para los recados.

Anoté las direcciones que me dio.


—¿Escuchaste bien todo?

—Sí.
—Vete de Nueva Noir. Podrás saber cuándo volver.

Colgó.


—No, no te preocupes —seguí hablando sola—. Yo te lo compro, ma, tranquila.


Me guardé la nota en uno de los bolsillos del pantalón, casual, sin atraer atención al gesto.


—Bueno. Yo también te quiero. Adiós.


Colgué y al voltear, fue una pistola lo que me encaró. La farsa había sido inútil.

—Muy astuto, doctora —dijo el de la pistola, el desconocido.

Vernie se levantó.

—¿Crees que no te he investigado?

Mick se puso a mis espaldas.

—Sabemos que tu madre está muerta —oí decir a Mick antes de que todo se volviera negro.










Locura Infecciosa

—Toma asiento, Chrysta.

Era la emboscada que sabía me estaba esperando y que de todas formas me tomó desprevenida. Sentado sobre el escritorio de nogal, Miller. Detrás de él, en el asiento que le servía de trono, Shaw. Fiscal de distrito y jefe de policía, un dueto de narcisistas con tanta honradez como escrúpulos.

Cerré la puerta. El volumen del pandemonio en la central de policías se atenuó, no pudo desaparecer.

—Qué lindo —dije—. Una reunión familiar. ¿O es una intervención?
—Este es un mal momento para ponerte graciosita con nosotros, ¿ok, fiscal? —Shaw me señaló con un puño. Uno de los dedos era un cigarro, su peste mezclándose con el aroma a café, sudor y noches sin dormir.

Joe Shaw llevaba gemelos a juego. Era más vanidoso que listo y entre más tiempo pasaba, más la corrupción en su ética le brotaba como acné en la piel. En un año, este hombre se lanzará como candidato a la alcaldía de la ciudad; la prepotencia necesaria se le veía en los ojos.

Me senté donde me tocaba.

—Muy bien, princesa —dijo Miller. También tenía un cigarrillo encendido—. Voy a ir al grano…
—Sabemos que te tirabas al hijo de puta de Stark —Shaw ladró, el ojo incandescente del cigarro enfocado en mí—. Si se va a poner en contacto con alguien, va a ser contigo.

Crucé las piernas.

—¿Cigarrillo, Beaumont? —me ofreció Miller y yo acepté.
—Lo que el fiscal Stark y yo hayamos o no hecho, no le concierne a nadie y mucho menos a usted, Joseph Shaw.
—Métete tu… —Shaw se quedó en blanco por varios segundos, hablando con la sangre y no con el cerebro—. Mira, puta, cuando hables con Stark, dile que se rinda.
—Yo no hablo con Matthew.
—¡Entonces lo buscas! —Shaw se apoyó con ambas manos sobre el escritorio. La corbata le colgó como una lengua que le caía de la tráquea— Convéncelo de que se rinda, de que esta cruzada es un disparate.

Si tan solo supieran que ya lo había intentado. Nadie podía negociar con Matthew; se había vuelto una fuerza de la naturaleza. No había forma de negociar con él.

—Eso no va a funcionar —dije.
—¿Por qué no? —preguntó Miller.
—Porque está loco. El hombre que conocimos no es el que está allá afuera. ¿No han pensado en qué estado mental tiene que estar alguien para desembocarse contra cualquiera que él crea que le hizo mal? Ustedes me están pidiendo que lo consiga de alguna manera y le haga razonar. A él. A un hombre que sí, traza planes y piensa a sangre fría, pero explicarle por qué debe detenerse sería como explicárselo a un tiburón, a un lobo. Algo le cambió. Por dentro. Su naturaleza ya no es la misma.

El silencio se vio puntuado por las revoluciones del ventilador sobre nosotros, cambiando las sombras de la habitación un giro a la vez.
Shaw carraspeó, chupó del cigarro y se reclinó en su trono, haciéndolo crujir bajo su peso. El sol al extremo del cigarro brilló con aura naranja, ocultándose después en un chorro de tinta humeante.

—Loco —dijo—. A mí no me parece loco. Todo lo contrario. Un hijo de puta me trata de matar y más vale que me descargue la pistola encima, porque si me salvo, lo convierto en mi hembrita.

—Chrysta —Miller se puso las manos en la barbilla. Tenía un codo apoyado sobre una rodilla—. Lo importante es que entiendas la situación en la que estamos. Y no me refiero a Shaw o a mí, sino a todos nosotros en el servicio público. Matthew Stark va haciendo matanzas por donde pasa y la policía es incapaz de detenerlo. Y con la policía, los fiscales. Dicho de otro modo, el sistema ha fallado. Todos nos vemos en ridículo.

—Una matanza en el club de El Dandy, otra en Staten Burrough. Estamos limpiando esa cuando nos enteramos de otra en el local de un pequeño empresario. Lleva treinta y cuatro muertos, fiscal. Treinta y cuatro. No podemos continuar con ese hombre en la calle un día más.

—He estado recibiendo llamadas todo el día, Chrysta. A mi número privado. Abogados y defensores públicos preguntándome si este es el modo en que planeamos joder a sus clientes. Gente pidiéndonos protección. Lo peor de todo es que los únicos que están con los pelos de punta son los criminales. El público en general ha vuelto a su amor por Stark. Y eso está mal.

—El retrasado mental de la tele, ¿no lo viste? Apoyando al puto psicópata, aupándolo. Ahora la gente en la calle va diciendo que ya era hora de que alguien hiciera justicia. Ignorantes de mierda.

—Se está convirtiendo en un héroe. Puede provocar imitadores. Ya conoces a Nueva Noir.

—Discúlpeme —interrumpí—, pero ¿qué es lo que quieren? Ya les dije que no puedo hacerlo entrar en razón.

Walt bajó del escritorio. Se acercó a pasos lentos, medidos. Por demasiadas razones, no me gusta cuando Walt Miller sonríe de ese modo.

—Habla con él y pauta un encuentro —dijo—. Las fuerzas especiales harán el resto.

—Ya es demasiado con el atentado a Vega para también tener que soportar al puto maniático ese —Shaw hablaba solo—. Es muy fácil para ti estar sentada ahí, con tu sonrisita de yo no fui, pero yo, este trabajo, es una puta olla de presión. Nadie lo entiende, pero yo…

—No queremos hacerle daño, muñeca. ¿Crees que yo quiero volverlo un mártir?

Su seductor tono de voz, la expresión pacífica, la irregular iluminación en sobre sus ojos. Walt Miller era un Lucifer sin alas.
Me levanté. Apagué el cigarrillo en el cenicero frente a Shaw.

—Este es el embrollo que se han creado ustedes. Van a tener que resolverlo sin mi ayuda.

Me di media vuelta y sólo me detuve cuando había abierto la puerta.

—Vaya a la fiscalía a buscar sus cosas mañana por la mañana, fiscal Beaumont —dijo Miller—. Está botada.

Di media vuelta. Sentí la rabia subiéndome por la garganta como fuego radiactivo.

—No sabes con quién te estás metiendo, Walt Miller.

No estaba pensando las cosas que decía. El autocontrol que siempre me había esforzado por mantener se me escapaba entre los dedos.

—¿Me estás amenazando? —Walt volvió a sentarse en el escritorio— Mala idea frente al jefe de la policía, princesa. Bienvenida al desempleo.

Cerré los ojos. Conté muy despacio. Debía mantener la calma porque basta una palabra para hundir a un buque intocable. Salí de la oficina con las manos temblándome. Tenía que hablar con Vernie para que me diera una mano; yo sabía que estaba perfectamente enmarcada en lo que era un despido injustificado, pero así, con los ojos cerrados, lo que veía era mi vida cayéndose a pedazos.

Mi bolsillo vibraba. Zumbaba. Saqué al celular, haciendo acopio de todas mis fuerzas. Le di al botón verde. No explotar era lo más difícil que había hecho en toda la vida.

—Chrysta —me dijo Matthew Stark al otro lado de la línea—. Necesito que vayas a la siguiente dirección.
—No, Matt.
—Av. Belleview, cruce 25 con… ¿qué?
—Que no. Se acabó.
—¿Cómo que se acabó?

Caminé al baño de mujeres con una mano en el rostro. Sabía que tenía miradas encima, oficiales asomándose de sus cubículos porque sabían que se acababa de discutir qué hacer con el tema del que todos hablan.
Revisé todos los cubículos hasta asegurarme de que estaba a solas.

—Miller me acaba de despedir, Matthew.

Frente al espejo, el maquillaje se me empezaba a correr.

—¿Y?
—“¿Y?” Matthew, mi carrera era mi vida. Y ahora todo se terminó por tu puta culpa, por tu obsesión. Te felicito, tienes otra víctima en tu conciencia.
—Chrysta, necesito que me escuches…
—No. No. Ya se acabó, no puedes seguir llamándome. Olvídate de que existo.
—Hay un cargamento de heroína que---

Colgué.
Protegiéndome la cabeza con los brazos, lloré. Dejé que todo saliera hasta que se me purificara el cuerpo, pero entre más lloraba, más el dolor parecía crecer. Nacía de todas partes, en metástasis, hasta que ya no existiera nada más. No tenía catarsis posible.

No sé cuánto tiempo estuve ahí.

Me miré en el espejo, una bruja de ojos hinchados y labios resecos. Me quité el maquillaje con un pañuelo. Necesitaba un baño caliente. Desconectar la televisión y apagar el teléfono. Lejos de la locura infecciosa de la maldita Nueva Noir.

Abrí la puerta del baño y Nino Frank estaba esperándome.
—Hola —dijo—. Tenemos mucho de qué hablar.

Pensando en Nosotros



Y entonces todo empeoró.

Las carpetas de El Dandy chorreaban sangre. Era el clásico ejemplo del hombre que nace con nada que perder, salvo la voluntad férrea de subir los peldaños de la vida —salvo que Jackson “El Dandy” Brenton eligió el camino del delincuente profesional. Aún cuando tenía centenares de hombres a su control, mantenía la distancia con Gulachnoff. Una guerra de pandillas no traería sino dinero desviado, pérdidas de hombres y recursos, además de la posibilidad de ser capturado en una posición en la que un abogado defensor no pudiera rescatarle. La actitud del ruso era similar: no miedo, sino respeto. No había por qué romper el balance de poder en la ciudad, cuando ambos ganaban sin arriesgar demasiado. Los que arriesgaban eran las víctimas en medio de todo, pagando el más alto precio.

No sentí a Georgie entrar en mi oficina. Traía un café, fotografías de malas noticias y la paciencia que siempre me dedicó desde el día en que lo conocí. Ya quisiera yo poder darle la atención que todos sus sentidos me brindan.

—Ocupada desde temprano, ¿no?
—Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

Georgie bebió de su café.

—Por eso te he traído estas fotos. ¿Sabes quiénes son?

Le contesté que no sin verlas.

—¿No estás distraída el día de hoy?

Lo mire al rostro, consiguiendo una expresión calmada, pacífica, que no podría adivinar por qué no podía darme el lujo de ver a los minutos pasar.

Georgie.

Mi relación con él es un asunto que he estado postergando para un mañana en el que salga el sol; era un hombre bueno, honrado, atento, siempre me abría la puerta para que yo pasara primero, siempre conseguía el modo de sorprenderme con regalos y, sin embargo, yo no podía darle el futuro perfecto que él buscaba en mí.

—Estoy ocupada. Eso es todo.

Me tendió la taza de café.

—Bebe, entonces —dijo—. Te hará bien la energía.

Ojalá Georgie no fuera tan amable, tan dedicado, tan perfecto boy scout, porque si tuviera dentro de él una pizca de mal nacido, podría verlo a los ojos como lo estaba haciendo ahora, reflejándome en el vacío dentro de esos aros azul cielo, y decirle que “tienes que alejarte de mí, porque no soy la mujer inocente que crees que conoces.”
Cogí la taza.

—¿En qué pensabas?
—En nada.
—Casi me matas con esa mirada —tomó asiento frente a mi escritorio.

Bebí un sorbo de compromiso y posé la taza sobre la mesa. Enfocándome en las fotografías, no reconocí la importancia inherente: más hombres muertos en otra escena del crimen que mañana la ciudad no recordará.

—¿Quiénes son estos?

Él se reclinó.

—Patrick Hockstetter, patrón de El Cordero Degollado, un tugurio de El Dandy. Los otros son hombres del ruso y El Dandy abaleados en un mal negocio. Si te fijas en la postura de los cuerpos, se mataron unos a otros.

Se inclinó al frente y detalló las carpetas en las que yo ya trabajaba.
—¿Ya te habías enterado? —preguntó.
—No —junté las carpetas y las coloqué, cerradas, en una pila a mi derecha.

No es que no confíe en ti, Georgie. Es que con Matthew en la línea de tiro, no puedo arriesgarte también.

—Ponía en orden algunas cosas relacionadas con un caso —mentí—. ¿Crees que estos sean los primeros muertos de una guerra callejera?

Suspiró y se puso de pie. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón.

—No podemos concluirlo todavía —dijo—. Pero nuestros contactos en materias “extra-legales” nos dicen que ya los jeques han sido informados. El ambiente es de tensa calma. Eso me trae al verdadero motivo de mi visita, Chrys.

Tomé las fotografías, estudiándolas con cuidado. Después de que has visto suficientes epílogos negros, aprendes a leer el idioma forense. Más allá de las posiciones de los cuerpos, había un mensaje, sombrío y perturbador, contado con la voz de miles de insectos zumbando al unísono.

—Estamos en un trabajo de alto riesgo. Hablamos ahora y no sabemos si esta noche uno de los dos estará en condiciones para hacerlo otra vez. Es una de esas cosas que aceptas con el trabajo, porque cuando empiezas en esto estás dispuesto a correr el riesgo. Pero con el paso del tiempo, aspiras a algo más. Algo que no puedes encontrar en un ramo que nos da una expectativa de vida de treinta y dos años.

Por supuesto que esto pudo ser otro tiroteo en una guerra naciente de bandas, pero también podía ser otra cosa. Un tercero, un intruso. Las movidas de un hombre que conoce el funcionamiento del sistema desde adentro. Una persona que sabe que el oficial de policía de Nueva Noir está mal pagado, con demasiado trabajo y que recibirá su cheque de quincena tanto si resuelve el caso como si no. Esta bien podía ser obra de un hombre que sabe que, con ese prospecto, la policía se enfoca en atender los delitos ocurridos a gente decente, ignorando a los que caen sobre los que hace mucho que se lo merecían.

—Quiero retirarme. Cada vez que recibimos noticias de un colega muerto por un malandrín de doce años, me tiembla la espina dorsal. Esta profesión es una amante seductora, pero ingrata. Ha sido buena conmigo, pero no quiero terminar con una bandera tendida sobre mi ataúd porque tuve un muy mal día. Porque es a eso a lo que todo se resume: puedes atrapar a centenas de parásitos sociales, asesinos y traficantes, y lo único que uno de ellos necesita para acabar contigo es un golpe de suerte.

Era posible que leyera demasiado entre líneas, pero estos asesinatos pudieron ser cometidos por un tercero que se vería favorecido si las mafias de la ciudad vuelven sus armas entre sí. Un hombre que le ha declarado la guerra a un enemigo sin rostro.

Coloqué las fotografías de vuelta sobre la mesa y me apoyé el rostro en una mano.

—No, espera a que termine. He estado pensando en nosotros. Sé que eres una mujer casada con su trabajo y que nunca hemos tenido la oportunidad para desarrollar nuestra relación en otro campo personal. Pero las preocupaciones que tengo sobre mí, también se extienden a ti. Ya viste lo que le pasó a Matt; nadie está a salvo. Si no me has conseguido los últimos fines de semana es porque he estado viajando a Hearsay, viendo casas. Y hay una muy bonita que puedo pagar poco a poco. Quiero que me acompañes, Chrysta.

No tenía sentido. Aunque Matthew encajaba con el perfil, estas no podían ser sus acciones. Me quedé sentada, rememorando todo lo que conocía del Paladín de Nueva Noir, que siempre se esmeraba en seguir el camino correcto: los delincuentes tras las rejas y la violencia sólo genera violencia, el mantra que lo ponía por encima de sus enemigos.

El dueño de mis sospechas era un hombre al que no le importaba encender la mecha para que ardiera la ciudad; Matt no podía estar tan sumergido en su venganza. Aunque mis instintos me gritaban que este era él, no podía serlo. Pasé algo por alto, hubo un detalle que no revisé, otro tiene que estar interesado en una matanza, porque si es Matthew, ¿en qué se ha convertido?

—Ven a vivir conmigo.

Levanté el rostro del escritorio.

—¿Qué?

Georgie se me acercó, sacándose la mano en un puño del bolsillo. Con su otra mano, se envolvió el puño con las mías.

—Sé que es demasiado pronto, pero el plan del que te hablo es una cosa a mediano plazo. Podemos lograrlo.

Dejándome un beso en la frente, retrocedió sin quitarme la mirada de encima.

—No me respondas ahora. Piénsatelo con calma y hablamos en la noche.

Y se fue, dejándome la cajita de un anillo entre las manos.

La Llamada de un Fantasma


Dormida, primero lo escuché como el lamento de un fantasma. Un alma en pena con mensajes del más allá, demasiado olvidados para que otra persona aparte de mí pudiera comprender lo que significaban.

Una llamada a mitad de la noche sólo puede ser una de dos cosas: un equivocado o muy malas noticias. Atendí, esperando con todo mi corazón que fuese la primera opción y fue como si el tiempo se hubiese estirado entre ese instante en el que descolgué el teléfono y aquel en que el auricular me besó el oído. Supe en esos segundos pastosos que la llamada tenía algo que ver con Matthew. Ante la imagen mental de un agente de policías telefoneándome porque habían conseguido al cadáver de Matthew Stark, mis miedos sacaron las garras.

—¿Aló? —escuché a mi propia voz, a un millón de kilómetros de aquí.

Me quedé escuchando al silencio de la noche que le hacía fondo a la llamada, esperando a que las imperfecciones de la comunicación telefónica me pudiesen susurrar algo que me permitiera respirar.

—Chrysta, soy yo —dijo Matthew Stark—. Llegó la hora.

Me incorporé de un salto. Prendí la luz de la mesita de noche y miré a mi alrededor, protegiendo la bocina del teléfono con una mano; una paranoica de sus pesadillas en bata de dormir.

—Matt.

Con tantas cosas corriéndome en la cabeza y lo único que tengo fuerzas para decir es:

—Matt.

—Necesito que investigues lo siguiente. No tengo mucho tiempo.

Puse el dormitorio patas arriba por una pluma y un papel.

—Dime.

—Quiero que averigües la última residencia conocida de El Dandy. Figuras asociadas. Posible conexión con Valentín Gulachnoff. Cuántos hombres tiene a su mando.

Anoté las palabras claves. No sentía a los dedos con los que sostenía al bolígrafo.

—¿Ya?

—Sí. Al anochecer irá alguien a verte, retirando esa información.

—¿Estás bien?

Le escuché dudar, uno de esos momentos en los que el hombre cree que te mantiene a salvo con esconder cierta información.

—Sí, estoy bien.

Y él ama hacer eso.

—Matt, por favor, huye. Toda esta venganza es una locura.

—No le digas a Vernie que te llamé. Pueden estar observándole. Adiós.

Me congelé queriendo decirle algo que implicara todo lo preocupada que estaba por él. La llamada murió antes de que pudiese reactivarme la mente.

El sueño había huido como un vampiro bajo el sol. El amanecer de Nueva Noir me descubrió camino a la oficina, ya con mi traje de combate puesto, portando mi mejor máscara de “nada anormal está pasando.” No era raro que yo llegara al trabajo antes que los demás, tampoco lo era que viviera con una perpetua preocupación por Matthew. Era la certeza de que en algún momento recibiría un mensaje en mi Blackberry diciendo que el hombre en quien creo por fin ha fallecido. No me gustaba su insistencia de quedarse en Nueva Noir, ni sus insinuaciones de solucionar todo esto a punta de pistola. Era absurdo; un ejército no habría podido extirpar el tumor que bullía en el alma de la ciudad, pero él creía que podía cambiar al mundo con mil balas.

Lo que yo tenía que hacer era llamar a los agentes federales, invocar una situación de excepción para protegerlo, que lo sacaran de aquí, se lo llevaran a otro lugar con una nueva identidad, donde yo nunca pudiese verlo otra vez. Pero no podía hacer eso y no puedo decir por qué. A veces, tienes que tomar la decisión equivocada.

Encontré la puerta de la fiscalía abierta, con un millón de sospechas asaltando las esquinas del lugar. No habría sido raro que alguien me estuviese esperando con un arma. En una ciudad como esta, las cosas sólo podían empeorar antes de mostrar alguna mejora.


Busqué en mi cartera por el revólver. Lo había comprado muchos años atrás, en Ciudad de Ángeles. Nunca lo había disparado, pero estaba lista para hacerlo a esa figura masculina que había irrumpido en mi oficina, a la que podía escuchar buscando entre mis archivos.

Abrí la puerta, apuntando a la espalda de aquel hombre.

Se dio media vuelta con lentitud, tomándose su tiempo para leer de la carpeta que tenía entre manos. Cuando sus ojos claros me enfocaron, no hubo un ápice de miedo.

—Guarda esa pistola, Beaumont. Te puedes hacer daño.

Bajé el arma. Miller volvía a revisar los textos frente a mí, ajeno a cualquier noción de vergüenza o ética que lo condenara. Le arrebaté la carpeta.

—¡No revisarás mis archivos sin mi autorización!

—Déjate de ese dramatismo. Tu novio no está aquí, no hace falta que le hagas la suplencia.

Puse la carpeta de vuelta en el archivero. Traté de transmitir un mensaje que Miller entendiera al cerrarlo de un golpe sordo.

—Georgie Mencken es mi amigo —le dije—. Márchate de mi oficina en este instante.

Walt Miller sonrió de medio lado, andando hacia la puerta con parsimonia, acariciándose la quijada, saboreando la irritación que sabía me había causado. Todavía de espaldas, dijo:

—No me refería a Mencken, sino a tu novio. Stark.

Se dio media vuelta.

—No es un secreto que lo estás protegiendo. Pero yo soy el fiscal de distrito, o sea, tu jefe. Encubrir a ese parásito te convierte en cómplice. Podría mandar ahora mismo a que te sacaran de aquí con esposas en las muñecas. Pude haberlo hecho hace meses, de hecho.

Crucé los brazos.

—¿Y qué quieres, que te dé las gracias? —contesté.

Rió y salió de la oficina. Dejó la mano en la manilla.

—No me jodas, Chrysta. Sólo quiero que pienses en ti. En tu futuro. Stark no se puede esconder para siempre y tienes que darte cuenta de lo mal que se verá en tu currículum que ayudaste a un fiscal corrupto. Perderás la carrera. Piensa en eso, princesa.

Desapareció, dejándome un agrio sabor de boca. Aunque de frente al ojo público Miller era un defensor de los débiles y oprimidos, en privado tenía la sangre fría de un reptil. Lo único que le importaba era obtener la sentencia condenatoria, el fulano veredicto culpable. Siendo la fiscal más experimentada después de que destituyeran a Matt, era lógico que me nombraran como fiscal de distrito. Lo primero que habría hecho en el cargo habría sido limpiar el nombre de mi antecesor e investigar a las figuras tras su atentado, con todo y lo suicida de la investigación. Surge de la nada el fiscal Walt Miller, con tres años de experiencia, y el gobernador le da el puesto en una movida que apesta tanto a dinero sucio que las almas más corruptas y negras tienen que taparse la nariz. Me quedé con las manos vacías, sin caminos que pudieran iluminar mi investigación. Para nada sorprendente fue que lo primero que hizo fue asignarme montañas de trabajo, lejos del tema de Stark, un hombre por quien no tenía pena al insultar.

Con Gulachnoff y El Dandy de fondo, la silueta de Miller acechando en mis documentos no hacía sino empeorar el ya oscuro retrato del futuro. Pero no podía quejarme; me habían dado asiento en la sala VIP, bien cerca de zorros ambiciosos con sonrisas de tiburón, donde me pudiera salpicar la sangre tan pronto pudiesen arrojarse sobre Matt.

Si no tenía cuidado, sería mi sangre la que tendrían de aperitivo antes del próximo amanecer.



Algunos Derechos Reservados
Parte del arte fotográfico mostrado es obra de J. Ferreira.
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