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La Segunda Bala

Lo curioso de una herida de bala es que, junto con el hormigueo en toda la extremidad, no lo sientes como si la bala entró en ti. Si me preguntaran, fue mi brazo el que escupió el proyectil, ardiendo, con purificador fuego hasta el exterior. Claro, no tenía sentido y dentro de todo lo que apestó, fui afortunado: la bala entró y salió. Si conservaría un pleno uso del brazo, quedaba por verse.



Habría estrangulado a un niño pequeño con tal de echar un trago ahí, en el hospital. Escapar no era cosa del otro mundo. Una vez arresté a un prostituto heroinómano que apuñaló a un traficante. En la cárcel, determinaron que era seropositivo. Escapó del hospital caminando. Sólo se vistió y se fue. Yo podría hacer lo mismo. Me conocían como el detective que salvó al hijo dorado de Nueva Noir, mi rostro empezaba a hacerse popular. Valía la pena apostar, pensé. No era tanto que me sentía inútil en el hospital, era lo aparatoso de todo el proceso. Nino llenaría un informe y a mí me tocaba otro. Vendrían palabras solidarias, palmadas en el hombro, más pose de héroe que se acerca al mártir. La verdad: me dispararon y me salvé. En todo caso, deberían castigarme por permitirme la estupidez de salir herido.

La habitación era impersonal. Anónimo como un cuarto de hotel. La noche negra se derretía en tinta transparente, corriendo sobre las ventanas. Un aparatito unido a mí por cables y una pinza en el dedo índice timbraba de acuerdo a mi pulso. En la esquina, una silla. En otra y empotrado cerca del techo, un televisor.

Me quité la pinza. Los icebergs delineados en verde que marcaba la pantalla junto a mí pasaron a una llanura eterna. No tenía camisa, pero sí medias y pantalón. Me senté y, sin darme cuenta, me pasé el dorso de la mano por los labios. Un trago. Para poder estar bien, necesitaba un vaso de escocés.

La puerta de la habitación se abrió. La oí antes de confirmar con un vistazo, alguna enfermera que iba a controlarme como la policía del pensamiento. Se me ocurrió que si forcejeaba lo suficiente, me drogarían con algún potente sedante y eso era casi tan bueno como un vodka. Me preparé para mi mejor escena de frenético neurótico.

No era una enferma. Era Chrysta. Ahora de verdad necesitaba beber.

Miller, el fiscal de distrito que la había destituido, la devolvió a su cargo poco después de la masacre de Stark. Sin ceremonias ni disculpa pública. Siendo una fiscal y yo detective, era cuestión de tiempo antes de que nos cruzáramos y quizá ahí tienes la razón de por qué tomo.

Dame otro atentado. Dame indiferencia. Pero no vengas preocupada por mí.

La deseé. Quise que viniera a mí, se sentara sobre mis piernas y de frente, con mi cara entre sus manos, me besara. El mundo no iba a solucionarse, pero muchas cosas dejarían de ser importantes y eso era suficiente.

Estás soñando despierto, Mencken.

—Vine tan pronto me enteré —dijo.

—Estoy bien. La bala entró y salió. ¿Me pasas mi camisa y mi saco?

Cruzó el umbral. Sus tacones repiquetearon sobre las baldosas. Tenía un expediente entre los brazos al que abrazaba como a un escudo. ¿Por qué Chrysta habría de escudarse de mí? Los papeles se invierten.

—Nunca tuvimos la oportunidad de hablar después de lo que pasó.

—Déjalo así, puedo buscar mi camisa solo.

—No seas tonto, no te levantes.

Desobedecí. Un mareo sacudió mi cabeza, pero me llevé el puño a la boca; disimulando debilidad lo mejor que podía. Tengo doce años otra vez.

—No hay nada de qué hablar, Chrysta.

—Siento que te debo una explicación.

—Te propuse matrimonio y dijiste que no. Soy un niño grande, puedo entender lo que eso significa. Mira, si crees que estoy albergando alguna fantasía sobre nosotros, quiero que sepas que no es así. Las cosas salieron distinto a como yo quería y eso es parte de la vida. No voy a ir detrás de ti gimoteando.

—No esperaba que lo hicieras.

—Qué bueno.

De la silla, tomé la camisa. Me la eché encima, arrugada y manchada de rojo por donde yo ahora tenía un parche. Tenía que conseguir los zapatos, pero si en diez minutos no aparecían, nunca lo harían. No gano una fortuna, pero puedo comprar otro par. Pequeños lujos del héroe de acción.

—Escuché que ibas a defender a Matthew. ¿Creí que como fiscal, no podías?

—Puedo si renuncio.

—¿Y lo harás?

—Todavía no lo decido. Georgie, mira, Miller quiere que leas esto.

—Ah, la verdadera razón de por qué estás aquí.

Cruzó los brazos. El corazón me dejó de latir y tuve que entretenerme con el paisaje. Una mujer nunca es más hermosa que cuando no puedes tenerla.

—Nino dice que estás bebiendo —dijo—. Si es así, te desconozco.

—No sabía que eras amiga de Nino.

—No dije que me lo dijera a mí.

Interesante. Era un comentario con implicaciones que tendrían que esperar, porque no puedo desgranar información en este momento. Me extendió la carpeta.

—Cuando Miller supo que venía, tomó la oportunidad de matar a dos pájaros con un tiro. Envió esto. Es una orden de fiscalía.

La agarré. Un montón de documentos en lenguaje sánscrito jurídico. La lengua de los que no tienen alma.

—¿Qué estoy viendo, Chrys?

—El caso que estabas investigando, el de la muchacha sin nombre. Esto es una orden para que la investigación se cancele ahora.


La Migraña



—¿Y bien? —la luz de la morgue se posó sobre mis globos oculares como una película radiactiva. La corbata me apretaba demasiado.

—Cristo, Georgie —Meyer da unos pasos hacia atrás—. El aliento te apesta a whisky. ¿Desde cuándo tomas en el trabajo?

Déjame explicarte esto, para ver si así yo también lo entiendo. Este tipo se pasa el día en una cueva subterránea rodeado de cadáveres, balaceados, apuñalados, azules y con ojos inyectados de sangre después de una mala estrangulación (o buena, depende de cómo lo veas). Pero le perturba que haya rastros etílicos en mi boca. Una noche hecha de espinas azules, sabor a migraña, de esas que te pulsan en la cabeza hasta que te duelen las encías.

Estornudo. Este es un mal lugar para alguien que está a punto de coger la gripe, no por los muertos (quizá la única muestra poblacional en la que puedes confiar), sino por las goteras. La morgue de Nueva Noir consiste en una recepción, escaleras descendientes y un enorme espacio con congeladores para cadáveres. Construida en el primer amanecer del siglo veinte, había sido víctima de la indiferencia, sin el atisbo a trabajos de reparación. El resultado: cuando llueve, el agua se filtra hasta la bóveda y tus pasos están acompañados de subtítulos mojados. No me sorprendería coger el New Noir Times una mañana y ver que las paredes finalmente cedieron, dejando toda la morgue sepultada, como una antigua tumba que ya no pudo más. Con mi suerte, eso ocurriría ahora mismo. Mi compañía serían todas las voces que no pude salvar.

Lo deseé. Dios, trae un terremoto a este puto lugar.

—Detective Frank —me dijo Meyer.

¿Qué?

Me giré. Claro, Nino Frank venía por la entrada. No podías verlo, pero tenía un bigote de mentol entre la nariz y la boca, una técnica antigua para combatir el aroma de los que dejaron sus cuerpos atrás. Sé esto porque, antaño, me lo confió. Cuando todavía confiábamos uno en el otro.

Nino alzó las cejas. En efecto, la morgue estaba repleta.

—Satán va a estar ocupado con los pasaportes, ¿no? —dijo.

—Todo es culpa de Stark —dijo Meyer, una lata de Coke-Cole en su mano—. La gente lo está alabando como un héroe pero alguien tiene que arreglar la casa después de la fiesta. El tipo hizo su primera matanza y desde entonces no dejaron de entrar los cadáveres. Para un cagatintas, Stark tiene una puntería de puta madre.

—Un asesino en masa —dije y estornudé otra vez—. Está tras las rejas y esta habitación es evidencia de por qué.

—Ah, usted es de los que quiere a Stark preso, ¿no? No me sorprende, conociendo su apego a las normas. Pero creí que el fiscal era buen amigo suyo.
 

Estuve a punto de contestar que yo también, pero en ese microsegundo en que las palabras viajaron de mi cerebro a la boca, me di cuenta de que era otro amigo que creí fiel y ahora ya no tengo. Igual que Chrysta. Que Nino. Dios, si causas un terremoto y yo soy el único que muere en todo el estado, te prometo que no me voy a molestar.

Encogí los hombros.

—Me pareció ver en la tele que Chrysta Beaumont iba a defender a Stark —dijo Meyer, empujándose los lentes con el índice sobre el puente de la nariz.

—Ni idea.

—¿Chrysta no era fiscal?

—Supongo. Doctor: el caso de Stark no es mi responsabilidad. No tengo chismecitos nuevos. Vine por la muchacha. La Anónima.

 
Meyer arrugó el entrecejo, volteó los ojos, dio media vuelta y caminó, señalándonos para que lo siguiéramos.

Un pasillo de camillas con sábanas encima. Toda mi vida dedicada a las fuerzas de la ley y si este sitio sigue así, quizá no me esforcé demasiado. Grandes celebridades del bajo mundo estaban reunidas acá. Gulachnoff. Dos de los Hermanos Karamazov. Patrick Hockstetter. Y mil tipejos de poca monta que no supieron qué hacer cuando la vida, a su críptica manera, les dijo que el momento de correr había llegado.

Si voy a buscar a Stark en este momento, a su celda en la estación, y le pongo el cañón de mi beretta en la sien, ¿a quién estoy amenazando, a él o a mí mismo?

Me revisé los bolsillos. Estúpido, dejé la cantimplora en el carro. De verdad que merezco lo que me pase.

—Te ves terrible, George.

—Gracias, Nino.

—No, en serio. Creo que deberíamos hablar. Déjame invitarte un trago.

—¿Sabes qué? Eso es lo mejor que he oído en toda la noche.

—Imagino. Hueles a camionero.

—Caballeros —llamó Meyer.

Estaba junto a una camilla metálica. La sábana que cubría al ocupante estaba recogida hasta los hombros. Era ella, mi amiga Anónima. Tenía los labios azules  y estaba bastante gris, probablemente más colorida de lo que me veía yo. La herida mortal estaba escondida. La luz incolora del sol de morgue resplandecía en el metal. Una botella de analgésicos. Eso es lo que necesito ahora. Y una noche de sueño.

Sin motivo, Chrysta me vino a la mente. En imagen, mirándome como muchas veces lo había hecho. Me ahogué en su perfume, recreado por mi cerebro para que la tortura estuviera completa. Apreté los párpados, me presioné los ojos con las yemas.

—Dígame, doctor. ¿Qué consiguió?
 

—En su mayoría, cosas que ustedes ya saben. Herida de calibre punto treinta y ocho en el corazón, a corta distancia. Tomé sus huellas dactilares y las comparé con lo regular: prostitutas con antecedentes, delincuentes, drogadictos y personas desaparecidas. No conseguí nada. 

—Hearsay —dijo Nino—. Tenemos que pedirles una lista de regulares.

—Ya me tomé la molestia, detective. Les mandé las huellas y me dicen que de Hearsay, no es. El estado de Bruins también se lavó las manos. Puedo solicitar cooperación de los otros cuarenta y ocho estados, pero creo que es seguro afirmar que esta mujer no existe. Alguien allá arriba los odia a ustedes dos, para echarles un caso como este.

Ya entiendo. No habría terremoto, eso era muy simple. Me torturarían con un avatar de locura en bolsa de cadáver, un caso imposible de resolver. Porque a quienes los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Con el dedo índice y medio dentro del cuello de la camisa, tiré. La corbata me estaba asfixiando.

En la mesa de autopsias, la mujer inexistente estaba con sus preguntas mudas. Yo no tenía respuestas desde hacía mucho.


Una Estrella Sobre El Corazón

Tendida como un ángel que ha caído del cielo, así estaba el cadáver anónimo.

Me posé en cuclillas, me eché el abrigo hacia atrás. Era una silueta escondida por una sábana y antes de ver la desnudez inerte, supe que era joven. Quizá una prostituta, la única prostituta que quedaba en Nueva Noir incapaz reconocer la sonrisa de tiburón del depredador sexual. Había llovido y la ciudad goteaba como lo harías tú después de una ducha para sacudirte la resaca. Agarré la sábana, la corrí. Bajo la luz de las sirenas, la piel de la chica era roja, era azul.

Hay una particularidad de las personas que mueren por causas violentas (técnicamente, no es de las personas sino de los cuerpos que dejan). Tienen espasmos. A veces sus manos quedan agarrando fantasmas, como una araña de carne y huesos desesperada por sujetarse a la presa que es la vida. Tienen sacudones sobre la mesa de autopsias. Arquean la espalda o dan un manotón sobre el aluminio. Aunque la explicación más aceptada es que hay impulsos que quedan dentro del cerebro, purgados lentamente en las primeras horas de muerte, la verdad es que nadie sabe por qué se producen. No todos los cadáveres lo manifiestan y cada cual lo hace a su propia forma. A juzgar por las apariencias, Cadáver Anónimo estaría bailando la danza macabra en breve.

Corro la sábana hasta la cintura, exponiendo la herida mortal. Siento más pudor por exponer sus senos que por estar en presencia de un muerto. No sé cómo eso me hace sentir.

Detalles que noto al instante: hay una abrasión a los lados de la boca, lo que quiere decir que antes de morir, fue amordazada. Lleva el maquillaje todavía puesto, aunque un poco corrido, pero no tiene una gota de sangre, ni siquiera en la herida de bala que representó su punto final. La explicación es sencilla: no murió aquí, sino que fue asesinada, desnudada y olvidada en este callejón. Tendría fibras en alguna parte, pero tardarían en aparecer. Las manos, agarrotadas, tenían sucio bajo las uñas de esmalte violeta y el sucio podía ser tierra, sudor, pelos o sangre. En cualquier caso, quería decir que la chica luchó antes de morir, o tuvo una muy apasionada sesión sexual y, si era así, la otra mitad de ese entusiasmo tendría mucho qué explicar, convertido en el primer sospechoso.

A todas estas, la unidad de homicidios era observada. Por las ventanas de los apartamentos a nuestro alrededor, los curiosos supervisaban. Padres con sus niños. Adolescentes sin idea. Consternadas amas de casa. Ya alguien había gritado que no nos querían por estos lares, policías de mierda, así que era cuestión de tiempo antes de que nos acusaran de incompetentes y asesinos por omisión. Una voz, masculina y anciana, nos señaló que el culpable de esta muerte podía ser “el maniático, Stark”. Listo, el caso está resuelto.

Sobre el corazón, la chica tenía un sol negro. Irradiaba cenizas sobre el universo de lechosa piel, completo con un aura de estrellada carne quemada. En la jerga, esta clase de heridas se llama “tatuaje por quemadura”. Ocurre cuando un arma de fuego es accionada tan cerca de la víctima, que los vapores y químicos ardiendo imprimen una señal negra que no puede ser eliminada con nada que el patólogo forense aplique. Así que esto es lo que ocurrió: la chica se consiguió con uno o más individuos con los que tuvo actividad física intensa. La sometieron, la amordazaron, ella lloró, empapó el trapo sobre su boca de saliva que le chorreó hasta la barbilla y una bala le atravesó el pecho hasta anidarse en su corazón, una flecha de Cupido en la que el enamorado era el enterrador. Acto dos, la desnudaron, la echaron en una bañera y la lavaron, sin mucha destreza, probablemente con más miedo de ella ahora que estaba muerta que mientras estuvo viva. La echaron en el asiento de atrás de algún vehículo clon. Paró aquí. Como las primeras etapas de putrefacción todavía no se daban cita, sospecho que se hizo todo apurado. Mucho trabajo para una sola persona.

Con un poco de suerte, el forense tomaría las huellas dactilares de la chica, las compararía con las de veinte millones de personas que pululan la granja de hormigas que es esta ciudad y nos daría un nombre. En dos semanas, tendríamos otro nombre, un motivo y una clara secuencia de los hechos. Se hace justicia, a la que los asesinos de Nueva Noir no temen, porque esto va a volver a pasar.

Cubrí al cadáver.

—Eres un tipo con problemas, ¿sabes?

Me giro. Es Nino. Antes de Stark, antes del ruido y la furia, éramos amigos.

—De personalidad. Problemas con el control de tu ira, Georgie. Problemas de los que se apilan como un enjambre de langostas y te llevan, un buen día, a un desayuno de whisky con plomo.

—Buenas noches, detective.

¿Qué más podía contestar? Los hechos no estaban de mi lado: traté de detener a la avalancha de fuego que significó Matthew Stark, traté de salvar a un sistema en el que creí, traté de proteger a mis amigos y traté de quedarme con la mujer bonita. Al final, me quedé sin creencias, sin amigos y sin mujer. Qué lindo, ¿no?

El olor a salsas me atacó la nariz, mucho más ofensivo que los insultos del público, que la violencia de la muerte citadina. Era Meyer, el forense. Un perro caliente en sus manos, chorreando, comprado del único hombre que vende perros a medianoche, porque, con toda probabilidad, compensa sus gastos vendiendo heroína o polvo de ángel. A veces, Nueva Noir, no eres tú. Soy yo.

—¿La viste? —preguntó Meyer.

Asentí.

—¿Y? —un mordisco que dio fin a la mitad del perro— ¿Estaba buena?

Si hay alguna criatura insensible en la faz de este planeta, ese es el patólogo forense. Por supuesto que no era personal, Meyer se pasó el funeral de su mamá haciendo chistes. Estuve ahí, aunque no me quedé mucho.

—Está demasiado fría para mis gustos —dije y salí de la escena, esta parte estaba lista. Habría que llevarse al cadáver y estudiar milimétricamente al callejón, a ver si descubríamos algo, aunque a esas alturas, ya se sabía que no.


Regresé a la patrulla, dejando a Nino lidiar con el sinsentido de la muerte. Menudo amigo que resulté ser. Abrí la guantera, revisé mis alrededores y eché un tragó de la cantimplora plateada. Jack Daniel’s es mi mejor amigo ahora. Un crimen, licor así en una patrulla, pero yo soy el héroe que le salvó la vida al alcalde la ciudad, el mismo que resultó ser un psicópata genocida y que ardió hasta los huesos, cortesía de otro loco con un arma. Contemplando así la noche, soñé, deseé con esa esperanza infantil de los niños que creen en Santa, con una redención. Con que este caso se solventara y todos pudiéramos ir a una vida normal, con Matthew Stark tras las rejas, Chrysta Beaumont a mi lado y Nino Frank, no sé, ganando muchísimo dinero. Pensamientos de idiota, es lo que eso fue. Porque yo no lo sabía, pero esa chica muerta traería otro festival de cadáveres, el inicio de las peores semanas de mi vida, y es que si la vida tiene una cosa es que espera a que estés en el suelo para patearte en las costillas.

Me tomé otro trago. Me quemó la garganta y lo recibí con gusto.


Leyendas Urbanas



Sobra decir que Matthew no era este Matthew.

No podía imaginar lo que había tenido que sufrir para estar como ahora. Mirándolo hablar por el retrovisor, escupiendo su charla de conspiración y persecución, mi mente se iluminó con todas las conversaciones en las que me decía que la pena de muerte es inhumana y que el Estado no puede convertirse en asesino, apoyando la ejecución de otro ser humano. En ese espacio entre que escapó del hospital y resurgió hace unos días había sucedido algo. Era como la novela de ciencia ficción en la que unos alienígenas secuestran a la gente para apoderarse de sus cuerpos. Excepto que esta vez, no podías echarle la culpa a un mal absoluto, al diablo, a las naves extraterrestres.


Matthew había matado a esa gente con plena conciencia de lo que hacía. Y bien o mal, mi papel implica que todos han de recibir el mismo trato. Porque si todos nos volvemos justicieros, ¿quién decide que la matanza callejera ha llegado a su final?


No. Stark tenía que estar tras las rejas antes de que matara a más lacras, a un inocente o a sí mismo.


—No te escuché bien, Georgie. ¿Dijiste por la radio que tenías bajo custodia a un sospechoso o a Matthew Stark?


Al contestarle, lo hacía con la misma distancia con la que hablas a un extraño y no con un colega de tragos, un hermano en las trincheras. No creí que lo hiciera a sabiendas, pero con sus preguntas, su lenguaje corporal, me mostraba un aspecto de su personalidad que no me figuro muy conocido, otro rostro fermentado bajo meses en las sombras. Era un hombre confinado en sí mismo. Lo que sucede cuando has pasado demasiados minutos esperando a que el verdugo se presente ante tu puerta. Dile a un hombre que la muerte va por él varias veces y llegará un punto en que él saldrá a buscarla.


El hecho de que no haya reparado en el vehículo junto al nuestro demuestra la poca seriedad con la que tomé las advertencias.


¿Qué habrías hecho tú?


Cada vez que un sospechoso habla en la patrulla es para asegurar que todo es un error, que se puede llegar a un acuerdo, que grandes contactos acabarán contigo a menos que lo sueles de inmediato. Matthew, en ese sentido, no era diferente del criminalis vulgaris. Va por la calle matando a hampones a medida que van llegando y ¿debo decirle que tiene razón y dejarlo ir? Podría darle mi pistola también, para que no se sienta tan solo en medio de la noche.


Claro, no meditaba sobre eso mientras los disparos de ametralladora retumbaron y los cristales a nuestro alrededor se quebraron, volando con el viento al pasado.


Di un giro y me saqué la pistola de la chaqueta. Por un breve, terrible instante, me pareció que perdería el control del carro, chocaría con la defensa y caeríamos metros hacia una tumba de hierro incandescente.


Matthew se tiró bajo el asiento trasero.


—¡Los Karamazov! —gritó.


Saqué la mano por la violada ventanilla y disparé al otro carro, viendo los chispazos en su chasis. Los disparos eran explosiones de estruendo ascendente en medio de la autopista.


Disparar y conducir no es como en las películas. No puedes hacer las dos cosas a la vez. O te estrellas o te matan. Tienes que concentrarte en una y no podía pasarle mi pistola a Matthew a través de la rejilla.


Oí al tirador reírse.


Me asomé durante un segundo, con el viento volando sobre mi cara, mi cabello nadando en un océano de oxígeno. Los otros carros dejaron de serlo, para convertirse en siluetas borrosas que silbaban cuando pasabas junto a ellas.


Eran dos tipos, uno manejaba y el otro disparaba. No podían ser los Karamazov porque…

—¡Los Karamazov no existen! —grité.

—¡Entonces tenemos una imaginación muy vívida!

Llovieron los disparos.


Tomé la radio:

—¡Mencken aquí, central! ¡Once nueve-nueve, repito, once nueve-nueve!

Un camión se atravesó entre mi visión del carro asaltante. Un segundo después, ahí estaba en el espejo: un hombre sentado en la ventanilla del copiloto, sujetando una subametralladora. El viento le hacía serpentear la ropa sobre la piel.


—¡Estoy en la salida a la calle Cronenberg! ¡Código trece!


“Once nueve-nueve” quiere decir que el agente emisor necesita asistencia inmediata. Un “código trece” habla de gran emergencia. En cristiano, “manden todo lo que puedan y rápido, porque no sé cuánto dure aquí”.


Los Hermanos Karamazov eran un cuento de terror para mantener a las basuras bajo control, los sicarios perfectos. “No se roben la mercancía del jefe o les soltaremos a Los Hermanos Karamazov”. Una historia para no dormir entre las pesadillas de la ciudad. Si debíamos creerle a Matthew, estos disparándonos podían ser cualquiera; ni Stark ni yo estábamos en escasez de enemigos y había demasiados candidatos como para poner las sospechas en el monstruo en el armario.


—¡No te dirijas a la central! —gritó Stark— ¡Nos estarán esperando!


Tenía un punto.


En el tono de su voz no había miedo, no eran los gritos nerviosos del que teme cercano su fin. Era una firmeza oscura. Para el Matthew Stark post-atentado, todo el mundo guardaba un puñal tras la espalda. Su campante espíritu antisocial era un mecanismo de defensa con tentáculos sumidos en su personalidad. Era la pesadilla del hombre de la guerra fría, el frenético paranoide al que realmente persigue todo el mundo.


Otra ráfaga de balas y ya podía escuchar al aullido de las sirenas, como los gritos de un espectro en el cielo.


El tirador en la ventanilla recargó su arma, dejando que el cargador vacío se fuera por la carretera, a ser aplastado bajo las llantas de un impávido espectador. Apuntó otra vez, no hacia mí, no hacia el asiento trasero, sino más abajo. A las ruedas de la patrulla.

Algo en los cuartos traseros del carro explotó, enviando una sacudida brusca por todo el armazón metálico. Al primer instante estoy empujando el volante con todas mis fuerzas a una salida, a otra calle donde hubiese menos tráfico, y al siguiente el mundo está dando vueltas, el extremo de mi corbata cuelga frente a mis ojos. El espiral continúa hasta detenerse en una cama de asfalto. Las sirenas, que debían ir al techo, están aplastadas bajo nosotros. Mi pistola ya no estaba en mi mano, una mano que no podía mover.

El mundo había perdido el sentido y tardé en comprender que nos habíamos volcado. Detrás de mí, tras la rejilla, oía el crepitar de vidrios rotos. Stark escapaba por una de las ventanillas destrozadas. Le extendí mi brazo bueno. No había pasado por todo esto para dejarlo ir, pero no había nada más que yo pudiera hacer. Me quedé viendo cómo se retiraba, corriendo con el abrigo flotando tras él y las manos esposadas al frente.


Los sonidos desaparecieron y así, con las manos pegadas a un techo que ahora era suelo, perdí la batalla, mi prisionero y el conocimiento.




Algunos Derechos Reservados
Parte del arte fotográfico mostrado es obra de J. Ferreira.
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