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La Balada de Matthew Stark

Esta temporada del New Noir Times, está terminada. Si empiezas a leer tal y como las entradas se presentan, leerás desde el último capítulo al primero.


Para leer el primer episodio y seguir en secuencia, sólo búscalo en la página "La Balada de Matthew Stark", en este mismo serial.

En serio, estás bajo riesgo de SPOILERS a menos que vayas al pie de la página.



Del New Noir Times, Número 144


STARK BAJO CUSTODIA

EXTRA

Después del caos que cobró la vida del ex-alcalde Verne Vega y todos sus guardaespaldas, el ex-fiscal de distrito Matthew Stark se ha rendido a las autoridades.

"Su vida está garantizada, a pesar de todas las amenazas" indicó el detective George Mencken. El fiscal en ejercicio, Walt Miller, no ofreció declaraciones para la edición matutina de este diario.

Abogados consultados indican que el ex-fiscal enfrentará un proceso judicial por numerosos delitos, el más notorio siendo el asesinato del alcalde de la ciudad. En su ausencia, la presidenta de la cámara de senadores, Gilda Brown, ha sido juramentada por la Corte Estadal como alcaldesa. Tres días de duelo han sido decretados por Vernie Vega.

"Es un día oscuro para la nación cuando un maniático se carga a medio mundo y la ciudadanía lo aupa" dijo la alcaldesa interina en su juramentación. "Pues ahí lo tienen: el último hombre bueno de Nueva Noir ha caído. Te extrañaremos, Vernie".

Cuando se le preguntó al detective Mencken dónde estaría recluído Stark, nos contestó con "Decirte eso le pintaría un blanco en la cara, ¿no?"

La Naturaleza del Odio

Lo que había sido una ciudad era ahora una morgue improvisada. Las cosas no habían salido como en un principio…

No.
No es así como comenzó la historia.

Ya no importa qué fue lo que le dio pie a todo esto. No importan los potenciales escenarios, las posibles soluciones.


Importa que estoy aquí y mis víctimas están ahí.


Esperé, en las celdas de la estación, avivado por la adrenalina y el dolor que todavía sentía, que me hacía aspirar clavos y agujas. Era dolor bueno, del que te mantiene enfocado en la meta.


El plan era sencillo. Saldría de las celdas y buscaría a Verne. Mataría a todo el que se me cruzara, a todo el que intentara detenerme porque después de esto, no hay otro episodio. Soy el espectro que se niega a estar muerto. Y después, sólo me queda ir al infierno que me vomitó.


La ira ciega que me había empujado era ahora otra cosa. Había hecho nido dentro de mi espíritu y sin que yo lo supiera, mutó en algo más. Con sus propios fines, su propia filosofía. Avanzaría en esto hasta que ya no hubiera a quién más matar. Era con frialdad que procedía, una rabia que ya no era sentimiento sino parte de mi personalidad.


Caminé. Traspasé la puerta y me encontré bajo la lluvia artificial que quería calmar al incendio que no existía. En alguna parte del piso superior, estaba él. Y nada podría salvarlo de mí.


Georgie se me paró enfrente.

—Matthew —dijo, aunque yo no lo escuché.

Venía a arrestarme, a detener una masacre. Me descubrí preguntándome cuánto daño era capaz de ocasionarle para poder continuar. Me tomó del hombro y mi perpetua mirada de las mil yardas se centró en él.


Tú no quieres probar la guerra de la que yo vengo.


—No puedes hacerlo aquí —dijo él.


¿Qué coño?


Miró a su alrededor y me empujó más hacia las celdas, donde nos esperaba un par de cuerpos inconscientes.


—Ya lo sé todo —continuó—. Fui a ver a Chrysta después de… el papeleo por salvarle la vida a ese maldito maniático.


Traté de sacar conclusiones rápido. No podía.


—Georgie, no tengo tiempo.

—¡Escúchame! Vi a Verne tratando de secuestrar a Chrysta. La subieron a un carro y él se fue en otro con su edecán. Iban a matarla. Me contó todo, me contó de la heroína, de dónde la guardan. Y ya la prensa hizo pública lo que les dijiste.

La llamada cuando escapé de Pip.

Una a Chrysta y la otra mi seguro de vida.
Una llamada que garantizaría que aún si Verne conseguía matarme, nunca ganaría. No podían ligarlo con la droga, pero el escándalo podía bastar para una buena investigación independiente. ¿Qué sé yo cómo podía terminar eso si uno husmeaba lo suficiente?

—Miller nunca va a ordenar una orden de captura contra Vega, pero sí puedo retenerlo aquí al menos una noche. Ya pasé la orden a los uniformados. Es mi prerrogativa de héroe policía. Le salvé la vida y ahora debo sepultarlo.


No tenía idea de qué estaba diciendo.


—Voy a matarlo —dije—. Hoy. Entre más lo retengas, mejor.

—No, no, matarlo no. No puedes matarlo.
—Sabía que dirías eso.
—Matt, si lo matas, nada queda resuelto. No eres mejor que él…
—No me importa ser mejor o peor que él. Me importa terminar con esto. Me importa el…

No tenía sentido explicarle.

Se hizo consciente de las pistolas en mis manos, como si antes hubiesen sido invisibles.

Perdí mi vida de un modo tan efectivo como si me hubiesen disparado entre los ojos. Cada persona que temió por su vida, que tuvo que recuperarse de un atentado con los asesinos aguardando en las sombras, cada mujer que fue violada y que no contaba con la justicia para apoyarla, cada niño que tenía que volver a una casa en la que lo golpeaban sin que nadie pudiera levantar un dedo por él. Todo ese dolor era mío. Y nada de lo que hiciera ahora lo iba a remediar. Nada me iba a devolver todo lo que me arrancaron.


—Dame esas pistolas, Matt.


No recuerdo la última vez que dormí tranquilo.

Cancelo todo ahora, me acobardo y nunca seré libre.

—Verne venía para acá —dijo él—. Cuando los agentes se le acercaron, cambió de rumbo. Ya debe saber que queremos arrestarlo, Matt. Si perdemos más tiempo, se nos escapará.


Me extendió una mano.


—Dame las pistolas. Confía en mí.


Le di las pistolas. No como él quería.

Ahí estaba, echado en el suelo, con el golpe cruzándole la frente, entre la conciencia y la tierra de los sueños negros. Como diría un sabio en la ciudad del pecado, “vaya manera de terminar una amistad”.

Fui a la puerta trasera de las celdas, pasando prisioneros por tránsito, borrachos, ladronzuelos. Se escondían de mí como un vampiro le huye a la luz.


El estacionamiento era una bóveda de dos pisos. Tan pronto me mostré, dos agentes trataron de detenerme. Y el blanco carro que se suponía que tenía que salir de aquí, se detuvo. Bajaron los agentes que venían a matar al virus. Verne Vega descendió, pistola en mano.


—Ahí está.


Los agentes, entre dos lados de una encarnizada guerra, pagaron el papel de los que están en el lugar y momento equivocados. Viéndolos caer, sólo podía pensar en cómo ya estaban muertos. Ocultándome detrás de una van, esa era la imagen; no murieron ahora sino cuando decidieron quedarse esa noche, hacer horas extras, hacer la guardia aquí.


Me estoy volviendo loco.


Porque cuando has visto a tantos morir, cuando te sabes tan frágil como ellos, la única reacción que le puedes dar a la muerte es escupirle en la cara. Ser tan frío como ella. Es una batalla que vas a perder, pero es preferible perderla con los pantalones puestos.


Disparé repitiéndome el único rezo, el mantra del verdugo.

Hoy no me toca a mí. Hoy le toca a ellos.
Las vidas desechables de los guardaespaldas se vencieron y aunque el último casquillo no había aún tocado el suelo, ya la mira estaba sobre Vega, que corría detrás de algún carro, buscando cobertura, atacar como mejor se le daba. Donde no pudieras verlo.

Walt Miller sollozaba en medio de los cadáveres.


—No, NO —gritó cuando me le acerqué—. No, Stark, ¡lo siento!


Tenía un revólver entre las manos. El tambor estaba abierto y las balas estaban entre sus rodillas, hechas de mantequilla y filtrándose entre los dedos del niñato fiscal.


—Terminaste siendo otra ramera de Vega.


Le puse un cañón caliente sobre el ojo izquierdo.


—Este es el valor que él le da a sus esbirros.

—N- no, yo no quise, yo traté de decir… ¡Stark, no, escucha, escucha!
—¡Cállate!

Presté atención. Afiné el oído. Vega ya no estaba ahí.


No se había escapado, así que estaba preparado, como una araña en su red, en una trampa donde no tenía más opción que caer.


—Lamento todo lo de la finca, lamento lo de Marie, de verdad que no quería hacer todo eso con ella, pero era joven y uno cuando es joven---

—No me interesa nada de lo que estás diciendo —le agarré el cuello de la camisa en un puño—. Querías meterme en la cárcel, que me mataran ahí, todo por el poder. Y te topaste conmigo.

Juntó las manos en oración.


—¡Pero no! ¡Yo, yo ya aprendí, voy a renunciar, voy a renunciar mañana!

—Eso no me importa. No te vas a librar de esto hablando.

Se lamentó y agachó el rostro en amargo llanto.
—Yo no lo sabía, no sabía que Vega te mandó a matar.
—Pero tu silencio fue cómplice. Ahí esos dos agentes murieron. Casi matan a Chrysta. Y más gente tiene todavía que morir, Walt. Quizá yo. Seguramente tú.
—¡No, no, no, no!

Lo solté con una patada en la mejilla.


—El día de mañana, piensa en este momento. Lárgate de aquí y piensa que cada respiro que des es porque yo lo he permitido. Deja el revólver.


Asintió, sus sollozos de agradecimiento sonaban iguales a los de terror y sus pasos corriendo hacia la jefatura sonaron hasta elevarse sobre todos nosotros y disolverse en el concreto del techo.

Ahora, ¿dónde está el tumor que he venido a extirpar?

Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie, reconoció que no podía explicarse cómo duró tanto tiempo matando en libertad. Todos los elementos estaban dados para que lo capturaran y él seguía evadiendo a la autoridad. “Supongo que corrí con suerte”, diría después.


Caminando por el cementerio, se me hacía increíble que ningún otro uniformado apareciese a tratar de meter cordura en el vals del diablo. Podían estar demasiado confundidos, lidiando con el shock de demasiadas noticias en muy poco tiempo. O quizá este estacionamiento se había separado del resto de la existencia y ahora estábamos en una dimensión que nos pertenecía sólo a nosotros. Los dioses miraban a los gladiadores pelear. Quien muriera les era indiferente: ellos querían su sangre.


—No puedes esconderte para siempre —dije.


Silencio.

Todo era gris, con manchas rectangulares de color. El sabor dentro de mi boca era de hormigueante decisión.

Entre los carros, se paró. No permití que la decepción me distrajera: este no era Verne, sino el gorila, Mick. Venía con las mangas de la camisa recogidas.


—Matthew Stark. Vamos a arreglar esto como lo hacen los hombres.


Se quitó la pistolera. Echó el correaje a un lado. Alzó los puños.


—Te doy un segundo round. Vamos.


Mientras yo había perdido peso, él era una maciza pared de carne. Sus velludos puños tenían el tamaño de un perro pequeño. No estaba demasiado lejos de mí, esperando con la burla impresa en el rostro, el conocimiento de que yo nunca podría derribarlo.


—Te doy la oportunidad de que salves tu honor —sonrió.


Le disparé a una rodilla. El estruendo estalló hacia los lados, como ese corazón de sangre que se desperdigó por todas partes. Estaba tirado ahora, con las manos todavía hacia mí, pero ya no en puños. Con las palmas encarándome. Las manos del suplicante.


—¡Maldito maniático! ¿Qué estás haciendo?


Le puse la sucia suela de mi bota sobre el pecho.


—Así no era —dijo—. No tenía que ser así, hijo de puta, lo estás haciendo todo mal.

—Cállate la jeta —dije, disparándole un segundo después con ambas pistolas. Su cabeza escupió sangre hacia atrás, dejando un rastro que ahora era rojo vivo, luego sería opaco y luego negro.

Apenas volviéndome, el golpe vino por encima del ojo. Una llave de tuercas, inglesa, algo de metal. El hijo de puta me pegó a traición otra vez. Caí. En todos los sentidos.


Otro golpe férreo a la espalda. Sobre los pulmones. En la columna.


Patadas en las costillas con la punta no del pie, sino de todos los planes que Verne Vega había hecho en su vida y que ahora nunca podrían ser. Aguardé, cerrando los ojos, conteniendo la respiración. Algo se rompió dentro de mí con un crujido que hasta pude escuchar.

—¡Maldito… cabrón… traidor! —gritaba Vega.

No tenía sentido, pero puedo entender cómo él me veía como el que le dio la espalda al otro. Rodeado de payasos inmorales. Obligando su voluntad de acero sobre los demás.


—No… te mereces… una bala —otro puntapié, esta vez al rostro. La física me giró, quedé bocarriba. Sin mis pistolas—. Tienes que morir como un perro.


Desde esa desafortunada postura lo único que despertaba mi curiosidad era con qué me había estado golpeando. Uno de mis ojos estaba cubierto de sangre y los párpados se negaban a abrir. El otro me dijo lo que ya era de suponer. Me pegaba con una pistola. Uno de los dos estaba armado, entonces.


—Lo que yo quiero saber es —haló la corredera y me apuntó a la cara— ¿qué te importa la vida de unos parásitos? ¿Qué te importa que un drogadicto de mierda se muera? ¿Desde cuándo eres el defensor de delincuentes y asesinos?


Me eché de lado y la pulsación de agonía me sacó un quejido.


—Lo echaste todo a perder, hijo de puta —se agachó y sentí el cañón sobre la mandíbula—. Iba perfecto y tú tuviste que cagarlo, maldito cobarde.


Un empujón a la pistola, hacia el suelo, haciendo a la bala enterrarse en concreto, levantando polvo. Mi otra mano estaba en su garganta, sujetando la nuez de Adán. Un golpe a la cara. Otro. El último fue con la cabeza. Si era bueno para Pip, el secuaz maniático, era bueno para el jefe de los mal nacidos.

Le escupí mi sangre. Y los oía venir, a la policía, al resto del mundo. Venían a unir las realidades.

Agarré a Verne de la chaqueta y lo arrastré, a un muñeco con los brazos alzados, una pierna doblada y la otra rascando la grava como una cola envuelta en traje y zapato lustroso.

Los agentes me matarían tan pronto me vieran. Eso estaba bien.

Ya no puedo vivir con el hombre que soy.

Lo golpeé contra una pick up, junto a las ruedas traseras. Di media vuelta y me separé. Lo escuché gemir como hacen los viejos cuando el cuerpo ya no les da más.


—No puedes irte así, Matt. Ahora tienes que matarme.


Cogió aire.


—Ahora tienes que matarme, porque yo soy como tú: me jodes pero cometes la estupidez de dejarme vivo y voy por ti hasta que te mueras llorando y gritando el nombre de tu mamá. No somos tan distintos tú y yo.


Recogí su pistola. Le apunté no a él, sino al camión. Al depósito de gasolina.


—No —dije—. Yo nunca te dejaría vivir.


La explosión fue gloriosa. Hermosa. Se alzó hasta volverse un torrente amarillo, rojo, negro y naranja. Sólo me tomó un par de disparos en los que Verne no se movió y ahora peleaba con el oxígeno que se había vuelto muerte a su alrededor. Dicen que el hombre que muere quemado experimenta dolor sólo por corto tiempo, que los nervios es de lo primero que se va y que uno termina muriendo asfixiado.


De verdad espero que eso no sea cierto.


Vinieron y me echaron al suelo. Me esposaron. No podían separar mi atención del purificador punto final. Me dijeron palabras que no tenían resonancia.


Creí que cuando Verne estuviera muerto, todo lo malo que había traído consigo se iría. Que en la eventualidad de que yo siguiera vivo, la oscuridad que nació en mi interior se viera sin propósito y se marchara. No era así. El fuego estaba ahí, sobre él, frente a mis ojos y para siempre detrás de ellos también.





Mini-Capítulo: 21 y 1/2

Por primera vez en mucho tiempo, Vernie Vega sintió miedo.

Ya estaba en la jefatura de policía, en la oficina del jefe, en la segunda planta. Miraba a la ciudad por la ventana, a los medios de comunicación que convergían en el lugar como abejas a la miel. Matthew no sería capaz de intentar algo con tantos testigos, pensó. Una medida valiente e inesperada, superando todavía al improbable escape de la tumba en la que lo había dejado. Pero aquí, con todos los policías de la ciudad aparte de los guardaespaldas que se llevó –vestidos de SWAT- a la casa donde lo capturaron, no había nada que pudiese hacer. No tenía modo de armarse, modo de atacar, de responder a todo lo que el rencor le ordenaba que hiciera. Y si conseguía una pistola, lo matarían mucho antes de que pudiese acercársele.


¿Por qué, entonces, esa inseguridad?


Deseó poder entrevistarse con Stark en ese preciso instante y darle fin a todo esto de una vez.


Sobre ellos, el ventilador giraba sus aspas, puntuando los momentos y el silencio, con todos los hombres alrededor del escritorio, esperando a que el alcalde de la ciudad les dijera que todo iba a estar bien. Se quedaron esperando.


—¿Y entonces? —preguntó Shaw— ¿Qué nos toca?


Vega no se dio la vuelta. No reaccionó. Shaw se figuró que el pretencioso hijo de puta se estaba quebrando. Sabía que Vernie Vega era un hombre con las manos metidas en sombras porque todo hombre poderoso lo es, pero sólo hasta ahora se preguntó si Vega no era el que más tenía que perder. Primero esa “orden” de que dejaran a Stark correr su curso, con ese tono de indiferencia a la potencial muerte del ex-fiscal, algo demasiado impropio en él. Luego el atentado de un hombre del ruso. Y cuando al final le vinieron con la noticia de que Stark estaba muerto, Shaw sabía que era una mentira. Para comprobarlo, aquí estaba John Huston, un chulo palurdo que nada tenía que ver en una reunión privada entre burócratas.


Si Vega mandó el asesinato de Stark, no cambia nada, se concluyó Shaw. Todavía Stark debía morir. Lo interesante estaba en que ahora podría investigar en privado al alcalde. Hasta exponerlo. Hasta hacerlo llorar en algún calabozo. Se imaginó emergiendo de esa escena convertido en héroe, parado en una excelente plataforma no para la alcaldía, sino para la gobernación.


—No quiero interrumpirlo en sus pensamientos, alcalde, pero la situación es delicada —dijo Huston, parado y con un cigarro en la mano. Tenía la cara llena de vendas pequeñas y un ojo hinchado.

—Él sabe que es delicada —contestó Miller.


De todos ellos, Miller era el más opaco. En la esquina estaba el fulano Mick, que bien era un investigador privado o un asesino a sueldo pero, con la actitud desprendida de los asesinos, no parecía dedicarle mucha importancia al asunto como lo hacía Walt. Tenía las manos sobre la mesa, sentado frente al escritorio, con los dedos entrelazados en un gran puño. La sombra que pesaba sobre él no parecía venir de la iluminación.


—Entonces hay que hacer algo —volvió Huston—. Tengo que responder por qué Stark no estaba muerto en uno de mis locales y no sé qué tengo que decir, ¿que no sabía nada, que era un malentendido? ¿Qué coño digo?

—Te vas a quedar callado hasta que el jefe te indique tu parte —dijo Mick.


Huston pareció darse cuenta en ese momento de que otro hombre estaba con ellos. Su respiración dio un brinco, como lo habría hecho si hubiese visto a un espectro emerger frente a él. Como no supo de qué modo dirigirse al extraño, no lo hizo. Volvió a Vega:


—Yo quiero protección —dijo—. Guardaespaldas.

—Si quieres guardaespaldas, te los pagas —dijo Shaw.

—Quiero protección del Estado.

—¿No quieres cinco millones en la cuenta también?

—Eso me haría feliz, sí.

—¿Quién invitó a este?

—Relájate, Huston —Vega se había girado sin que nadie se percatara—. Stark no va a salir nunca de prisión. Lo tendremos vigilado las veinticuatro horas y el fiscal aquí va a dirigir personalmente su procesamiento. Lo mandaremos a la cárcel así tengamos que endeudar hasta a los nietos. Y cuando se lo estén llevando a prisión, aparece un misterioso asesino que esta vez le da en la cabeza. Y es el final de la historia con Matthew Stark.


Se inclinó sobre el escritorio.


—Va a funcionar si todos ustedes juegan su papel sin preguntar. Y como no lo hagan, créanme por el honor que me caracteriza que haré de sus familias el grupúsculo más triste y deprimente sobre este planeta.


Preguntar si estaba claro no hacía falta, era obvio que sí. Cada uno de los hombres pensó que esta sería una guerra fría en la que uno del grupo sería sacrificado, pero nadie se tomó a sí mismo como la ofrenda.


Y cuando parecía que ya existía un rudimentario, pero inexpugnable plan para contrarrestar la crisis, las luces se apagaron y la alarma contra incendios se hizo escuchar.

—¿Qué coño? —se paró Shaw, sacando su pistola.
—Un incendio —Miller volteó a la puerta cerrada de la oficina—. Debe haber un incendio.

—Un incendio aquí no, es ridículo.

—Es él —concluyó Verne y todos comprendieron que era así.


El matón de Vega sacó su revólver y se fue a la puerta.


—Vamos, con mucha calma, tenemos que sacar al alcalde de aquí.

—¿El alcalde? —se levantó Miller— ¿Y nosotros qué?

—Hay que matar a Stark —dijo Verne Vega y cruzó la habitación.


De su espalda se produjo una pistola y los ojos de los demás fueron de su rostro a esa pieza de metal que brillaba, siendo cargada en su mano.


—Esto se acaba hoy —dijo—. Shaw, manda a todos tus policías contra él, no será capaz de matar a un hombre de uniforme.

—Yo no estoy tan seguro ---interrumpió Huston.

—¡Cállate! —Vega lo golpeó con la pistola a un lado de la frente.


John Huston cayó sobre una rodilla, con una mano sobre la herida.


—No quiero escuchar ni las preguntas ni las opiniones de nadie aquí, ¿ok? —dijo Vega— Ahora salgan, yo mando a mis guardaespaldas, ustedes a su gente y si es necesario arrojar a algún civil a la línea de tiro, lo hacen. Vamos, andando.


Y el alcalde se quedó parado junto a la puerta hasta que los cuatro hombres salieron.




* * *



Estando ya en la primera planta, entre la multitud que iba y venía, la gente que trataba de escapar y los agentes que querían aclarar la situación, John Huston se escabulló a un lado. Sólo Walt Miller lo vio, retirándose a uno de los pasillos, a una ventana abierta por la mitad. Trató de empujar hacia arriba pero el cuadro en el que estaba enmarcado el cristal no se movió. La marea de cuerpos que iba y venía parecía indiferente a su inusual y obvia actividad. Metía una pierna por la ventana y luego trataba con otra. No cabía, se arrodillaba y trataba esta vez con los brazos.


Miller se acercó hasta tenerlo enfrente. Huston lo vio, se limpió el sudor de la cara y siguió con sus intentos.


—¿Qué estás haciendo, maldito maricón cobarde? —preguntó.

—¿Qué parece?

—Tú--- no. Tenemos a Stark atrapado, tenemos que ir por él. Esta es la oportunidad.


Huston paró las maniobras. Jadeó frente al fiscal.


—¿Tú eres retrasado? —dijo— Eso es justo lo que él quiere que creas. Los está esperando ahorita con la pija tiesa y una sonrisota, te lo garantizo.


Se golpeó la sien con los dedos índice y medio.


—Úsala.

—Ese perro… el maldito no se atreverá a tocar a Vega. No es tan estúpido.

—Mira, mariquito: piensa lo que te dé la gana. Ese cabrón lleva una semana matando a mal paridos sin parar. Si después de eso, tú crees que eres un copito de nieve único y especial y que de algún modo tú tendrás suerte donde los demás no, pues qué lindo, buena suerte, yo te llevo flores al cementerio.


Volvió a su ventana.


—Por lo que a mí respecta, estoy claro con las apuestas.

Vomitado de Entre las Llamas

La parte más dura del cuerpo humano está en la cabeza. En una obvia jugada por parte de la evolución, no existe un hueso más fuerte que la parte frontal del cráneo, justo en esa parte entre la frente y el cabello. La idea de la naturaleza era darnos una mano para proteger la preciada masa encefálica, pero algún bárbaro quién sabe cuándo descubrió que si golpeabas con esa parte del cráneo al rostro de un contrincante, causabas una montaña de dolor atroz mientras tú sientes algo tan patético y lejano que ni puede llamarse dolor. Sentado ahí, en la antesala al purgatorio, saqué mi imitación de aquel salvaje pionero. Cuando el psicópata se acercó, lancé mi estocada cefálica. Era la única oportunidad.

No lo vi sino de reojo, después de que me tiré a un lado en la silla. Le acababa de partir la cara a Pip, que se había echado de rodillas con una mano en el centro del rostro, goteando sangre como la baba de algún animal hambriento. La silla se resistía a romper y mis segundos eran contados antes de que Pip saliera del shock. Bastaría un grito para que los sátrapas entraran en la escena. Y qué escena.

Las sienes no me pulsaban, sino me golpeaban. Mi cuerpo estaba convencido de que si me dejaba fuera de combate sería un final menos doloroso que aquel que me estaba procurando con este prototipo de escape. La boca se me llenó de sangre y de otra cosa que me quemaba la lengua. Rompí las amarras que me sujetaban a la silla sin darme cuenta de las dramáticas señales que mi cuerpo usaba para detenerme. Tenía la cara cubierta de sudor y la sangre que me iba de las magulladuras en las muñecas hasta los dedos era una sensación como la respiración dentro de la garganta: sabes que está ahí, pero nunca es digna de tu atención.

Me miró, con los ojos inyectados de sangre, con el tabique deformado a un ángulo antinatural. Balbuceó palabras de espeso rojo.


—Maldito mal parido —fue la respuesta con la que acompañé a la patada. Justo debajo de la quijada, alzándole y doblándole la espalda. Un arco de sangre salió de su boca, cruzó el aire frente a mis ojos y cayó atrás, sobre el suelo, ya no en arco, sino en cola. Una húmeda línea de vivo dolor.


Ahí, en el acto inicial de mi gran escape, me precipité al suelo. Como un monigote, como una insensible estatua de carne. Boca abajo, pegando fuerte al suelo con el pecho.


Si te quedas tirado, eres hombre muerto.

El mundo se quedó sin sonido. Una visión se presentó, arrodillándose ante mí, la chica, Zoe, extendiendo su medicinal toque a mi maltrecha humanidad. No había calor en su mano, ni fuerza en sus palabras porque, claro, ella no estaba ahí. Una alucinación, como un sueño, cuando tu mente va demasiado rápido pero tu cuerpo ha tirado la toalla.

Si te quedas tirado, vendrán por ti. El confort de que te matarán rápido es una trampa. No hay nada con la muerte, nada queda resuelto.


Arriba.

Arriba, hijo de puta, arriba.

Me estaba ahogando.


Me impulsé hacia arriba con un manto sobre los ojos. Me llevé los dedos a la boca, profundo, hasta tocar suave y caliente carne en ese punto sin retorno de la garganta.

Vomité sangre. No un riachuelo de rojo vivo, sino negra, con grumos. Estaba haciendo mi mejor esfuerzo por no morirme y todo lo que la vida tenía que ofrecerme era esa aguja atravesándome la cabeza, un dolor tan sobrecogedor que me provocó más vómitos partiendo de su propio mérito.

Hice el vacilante andar de los borrachos para ponerme otra vez al mando, viendo doble, respirando por la boca en patéticos silbidos nerviosos. Empujé la puerta de la descampada celda.


¿Dónde mierda estoy?

Más escaleras de metal, tanques de vapor, un laberinto como el hogar de Freddy Krueger.

Entonces recordé. La última vez que me sentí así fue justo lo que dio pie a todo esto.

El tiroteo. Vernie Vega me quería muerto. Ya había pasado una vez, yo echado en el fondo del espiral mientras él ve las noticas acostado en su cama.

—Hijo de… puta.

Me impulsé. Sosteniéndome un costado como si las tripas se me estuvieran escapando. Llegué al tope de la escalera, que terminaba en otra puerta, cuando otro hombre entró. Fueron dos segundos de nadie.

Se llevó la mano al cinto y yo le halé el pie. Podría explicarte ahora por qué es imposible que un atacante con arma de fuego que no ha desenfundado mate a otro que usa los puños o un puñal. No lo haré porque eso no era lo que estaba pensando al actuar. Toda mi idea era matar al hijo de puta. Y si era un rescatista misterioso, pues la próxima vez van a tener que avisar a gritos y desde lejos.

Cayó dándose un golpe como un puñetazo en el centro de la espalda, entre los pulmones. Me abalancé. Apretándole el cuello con una mano y tapándole la nariz con la otra. Si había un punto lejos del Matthew Stark que nació de mi madre, era este. Era una fuerza y no una personalidad. Lo estrangulé y le quité la pistola. La última semana fui despachando hombres y sólo ahora me doy cuenta de que sí es una de esas cosas que se facilita con la práctica.


No lo supe porque para mí, era otro tipo armado que se comió la luz, pero acababa de matar a Krashnamir Karamazov, el asesino profesional que habían dejado para la vigilancia. Acababa de convertir a los Hermanos, en el Karamazov.


Tomé su celular e hice dos llamadas. Primero a Chrysta, una breve conversación en la que la cancerosa presencia de Verne se filtró. Me dio suficiente garra como para la segunda llamada. Únicamente después de colgar y echar el aparato a un lado me tomé el respiro de estudiar mi entorno.

Una casa, un apartamento, Nueva Noir suburbana. Ruidos de alguna parte. Para salir de aquí, tenía que usar una puerta trasera. Y al conseguirme con el malandrín que estaba sentado en los escalones, le pisé la cabeza hasta que lo escuché luchando por respirar.

Vagué por la lluviosa Nueva Noir por lo que me pareció décadas. Sin plan, sin pista, sin un camino qué seguir. No tardarían en dar la alarma y los perros saldrían hambrientos tras de mí. El Stark que empezó el show los habría manejado con ojos de tiburón gritando por más, pero ahora, en este estado, podría morirme con tan sólo verlos.


Un hombre tiene ambición. Tiene una idea y lucha por volverla una realidad. Tras una vida de esfuerzos se consigue con un impedimento, esa pieza del rompecabezas que pone el proyecto de vida en riesgo justo cuando las resultas se acercan. La solución es sacar al impedimento de por medio. La idea no era robar millones de dólares ni conquistar al mundo. Vernie sólo quería que no hubiera otro niño como él. Pensaba en el bien mayor. Y yo, pisoteando tembloroso los charcos en la acera, repetía “te voy a matar”, con su rostro fijo en el ojo de la imaginación.


Por fin, miré a la calle. Extendí una mano. Un taxi se detuvo y yo lo abordé. Dije la dirección y cuando llegamos y bajé sin pagar, el taxista bajó también. Gritó, escupió al suelo, hizo una escenita.


Yo levanté los brazos ante los agentes de la ley y me llevé las manos atrás de la cabeza.


Caminé, el taxista callado, los policías callados, los detectives buscando alguna explicación para la aparición que ahora tendrían que manipular.


Porque si te quedas sin planes y todo juega en tu contra, rompes el vidrio en caso de emergencias. Te entregas.


Un ejambre de uniformes a mi alrededor, desarmándome, haciéndome preguntas, gritando. Una pulsada de dolor cuando las esposas se cerraron en las líneas de piel que rasgué para desatarme no más de una hora atrás.

—Sólo le declararé al alcalde Vega —dije, para quedar en pétreo silencio.

Trataron de hacerme hablar. Trajeron detectives, colegas y psiquiátras. Después de una manito con Pip, todos los demás interrogadores no pasaban de tristes amatéurs.

Me confinaron a una celda en el sótano de la jefatura. Dejaron a Matthew Stark vigilado, con la mirada en el suelo y las manos entre las rodillas.

Esperé. Esperé. Sin sueño, sin dolor, una meditación de absoluta paz. Tardaron horas en traerme al maldito. Con el amanecer a la vuelta de la esquina, el guardia abrió la celda y lo dijo:

—Ok, Stark, el alcalde está aquí.

Era un muchacho bueno, de esas jóvenes promesas en la fuerza, sin las cicatrices espirituales que conlleva luchar con monstruos. Quizá por eso lo conseguí. O quizá no.


Esperé, esposado, mientras me escoltaban por el pasillo de celdas. Llegamos a la antesala, un escritorio custodiado por otro oficial. Eran buenos policías, pero tenían que quitarse del medio. Una patada en la entrepierna a uno. El otro cayó con otro buen cabezaso, porque si no está dañado, no lo arregles.


Ambos agentes esposados al escritorio pegado al suelo. Me abrí las esposas. Les quité las pistolas.


En este edificio estaba Joseph Shaw, jefe de la policía, Walt Miller, fiscal de distrito y Vernie Vega, alcalde. Una trinidad nacida del hinchado estómago de una rata sifilítica.


Comprobé los cargadores, quité los seguros y apreté la mandíbula.


No sobreviviría un asalto en la propia estación de policías, pero tampoco iba a dejar que ellos lo hicieran.


Nadie sale de aquí con vida.




Del New Noir Times, Número 134


Matthew Stark Muerto


En un comunicado de prensa oficial de la alcaldía de Nueva Noir, se ha anunciado el fallecimiento del otrora fiscal de la ciudad, Matthew Stark.

Las circunstancias del fallecimiento no se han hecho publicas, pero el comunicado señala que el cuerpo se identificó en el local nocturno de un empresario estatal, John Huston. El señor Huston no ha ofrecido declaraciones.

Entre las víctimas se confirmó también el cadáver del empresario Valentín Gulachnoff, como ya habíamos reportado de manera extraoficial.

El comunicado nos llega junto al anuncio que ya ha levantado críticas, cuando el alcade de la ciudad de Nueva Noir, Verne Vega, ha accedido a celebrar una fiesta de beneficencia a bordo del yate de uno de los donantes.
"Por supuesto que hay críticos" dijo a la redacción de este periódico en una entrevista telefónica. "Pero lo que necesita esta ciudad es enfocarse en el brillante futuro, no en las malas memorias. Pronto, antes de lo que todos se imaginan, la ciudad podrá respirar aire fresco como nadie lo esperó".

La asociación civil Hermanos de los Caídos, en pro de las víctimas de la violencia, anunció que planea protestas en contra de lo que consideran "un acercamiento irresponsable" al crímen callejero.

La Farsa

La confesión es buena para el alma. Ya yo debería saberlo.
El whisky me purificó, como se expiaban los pecados de las brujas con bautismo de fuego. No quería saber de nada, por una noche quería no ser. Desconexión de la avalancha que se estaba cerniendo sobre nosotros. No pedía que no me arrollara. Lo único que quería era no sentirla.

Nino creía que yo era una fuente de perturbación para Georgie y tengo que darle la razón. Enfrente de la puerta del baño me explicó las investigaciones que había hecho sobre mi pasado.

—Los detalles todavía no están claros —dijo—. Pero tú te traes algo entre manos.
—No es un delito tener un pasado, detective.
—Olvídate de la ley, estamos hablando de la moral. Y tú nos mentiste.
—¿Por qué? ¿Porque elegí la discreción?
—Tú sabes muy bien por qué.

Al darse media vuelta, me llegó su perfume a químicos que realzaban la masculinidad. A loción para el afeitado.


—¿Me estás investigando, Nino?


No me prestó demasiada atención y a decir verdad, yo no estaba en el mejor momento para darle demasiada importancia.


Una puede soportar a una montaña sobre los hombros sólo por un tiempo. Después ya no es cosa tuya.


Así que volví a casa. No recogí nada de mi oficina. Ya tendría tiempo para hacerlo y aún si no era así, no tenía nada en la oficina que fuera a echar de menos. Ninguna foto importante, ningún retrato con la familia. Mi título de jurista seguía bien protegido en los confines del hogar. Cruzando la autopista tuve tiempo de pensar si este no era ese punto que estaba esperando, algo que sabía que iba a ocurrir, mi marcha de Nueva Noir. Podía hacerlo ahora. No tenía nada que me atara realmente a la ciudad. Por un tiempo creí que la carrera era mi ancla. Luego creí que era Matt. Pero veía con claridad: nada me sujetaba a una tierra que no era la mía.


—Estás pensando demasiadas estupideces, Chrysta —me dije.


Tan pronto entré en la casa, rompió la lluvia. Era un lugar discreto, de sala-cocina y dos habitaciones en el piso de arriba. Aunque podía comprar una casa más grande, llenarla de más lujos, no le veía el propósito. Nueva Noir era, además, la clase de lugar en el que si tenías dinero, te convenía no mostrarlo.


Me di una ducha, quedándome un rato bajo el agua tibia, pensando en todos los caminos que se extendían ahora ante mí. Nino jamás llegaría a nada, nunca descubriría algo que me atara a algún delito del que yo no pudiera escapar. Y lo mejor era eso. Si seguía inmiscuyéndose, sólo problemas esperaban en el próximo capítulo.

Y volví a pensar en Matthew.

¿Le había colgado el teléfono en el momento en el que más me necesitaba? ¿Acaso le di la espalda cuando había recuperado la cordura y se preparaba para entregarse? Supuse durante mucho tiempo que le mantuve unido al mundo de los cuerdos, aunque fuera un nexo delgado y débil, pero ahora entendía que se había alejado de mis manos. Las balas le habían calado más profundo que la carne, llegándole al alma, transformándola en otra cosa. Nietzsche estaba equivocado. Cuando peleas con monstruos, debes cuidarte de no convertirte en uno, claro, pero hay gente para la que eso es inevitable.


Salí del baño envuelta en mi bata esmeralda. Cuando tienes una bata así, significa que has alcanzado el punto en tu vida en el que ya no tienes que preocuparte por la comida del día. Ya no tendrás que pasar frío en la calle. Hay gente que ahora, mientras yo medito al respecto, está en la calle, inhalando los últimos hálitos que la inanición le permite. Y yo estoy acá, invirtiendo mi dinero en lujos como este, con la comodidad de saber que ese espejo ya no me reflejaba. Como aquello, nada. Nunca más.


Tomé el control de la televisión pero, pensándolo bien, volví a tirarlo sobre la cama. Sólo había un tema en la televisión y yo ya tenía suficiente con la repetición constante que había en mi conciencia. ¿Pero qué tal si Matthew ya fue capturado, o incluso asesinado? Podía repetirme un millón de veces y tatuarme sobre el rostro que ya yo no tenía nada qué ver. Sería inútil. Los papeles estaban invertidos. Matthew Stark era mi homme fatale.


Sin mi manto de fiscal, se dificultaba más ayudarlo, pero no era imposible. Me vestí lo más rápido que pude y prendí la televisión. Lo que encontré fue inesperado.


De Matthew, nada. Las noticias estaban girando ahora en torno a Vernie Vega, a su milagroso escape de las garras de un asesino que, se había descubierto, cargaba cajas en uno de los almacenes de Valentín Gulachnoff. Valentín había sido asesinado y su cuerpo se encontró a un lado de la autopista de Brookhaven. Ahí fue cuando las alarmas se me dispararon.


¿Por qué Matthew (que, no me cabía duda, había matado a El Ruso) dejaría al cadáver a un lado de la calle? ¿Por qué cargaría con él? No tenía sentido, a menos que hubiese otro grupo involucrado.

Sonó la puerta y mi primer impulso fue buscar mi revólver.
Volví a respirar al ver quién era. Vernie.

—Dios, me diste un susto de muerte.

—Chrysta, mi amor. Tengo que hablar contigo.

Se abrió paso, seguido por dos hombres; Mick, el mano derecha. El otro era uno que nunca había visto.

Por un momento vaciló en el medio de la sala, pero luego tomó asiento.

—¿Qué pasó? —pregunté— ¿Se trata de Matthew?


Una pregunta estúpida. Claro que se trataba de él.


—Matthew está muerto —dijo Verne.


Mi corazón no se detuvo, la respiración no se me cortó. Era esperado que la cruzada que llevaba le llevara a la tumba, pero por algún motivo, no pude obligarme a creerlo. La negación es una reacción natural.


Me senté.


—Encontramos su cuerpo junto al de El Ruso —dijo Verne—. Decidimos no hacer público su deceso aún. En verdad, creo que nunca lo revelaremos. Creo que la ciudad merece conservar la imagen que tenía de su héroe.

—No lo puedo creer.
—Lo sé. Ya la gente sabe que iba matando criminales, pero si lo consiguen muerto así, será sin honor, su deceso no tendrá significado. Merece ser recordado como el caballero que era.

—Oh, por dios —me tapé la cara con las manos.

Sentí en el hombro la mano consoladora de Mick. Me trajo poco sosiego. Era una mano desprovista de calor, endurecida. Como la que tendría una estatua de adobe
—Chrysta, necesito que me digas algo ahora y es muy importante —Verne se inclinó al frente en su asiento—. ¿Te dijo algo sobre lo que estaba investigando?

—¿Qué?

—Sobre lo que estaba haciendo. Estaba buscando al hombre que lo mandó a matar, pero ¿te dijo por qué lo querían muerto? ¿Se comunicó contigo de alguna manera?
—Vernie, yo…

El teléfono zumbó. Mi celular, a un lado de la cocina.


—Hablé con Matthew un par de veces, me llamó a…


El teléfono zumbaba.


—Quería que yo, quería decirme…


El teléfono zumbaba.

Me levanté con una maldición. Fui a la cocina, empotrada en un mueble de piedra negra. El número que brillaba en la pantalla era desconocido. Agarré el teléfono y puse el pulgar en el telefonito rojo.

—Trata de recordar bien —dijo Verne.


Atendí.

—Beaumont —dije.
—Soy yo —dijo Matthew—. Vete de la ciudad, Vernie está detrás de todo.
—¿Aló?

Miré a Verne. Ya hubiese querido yo reaccionar más rápido, comprender al instante lo que estaba pasando. Pero me desorienté.


—Tengo unas direcciones que tienes que darle a la prensa. Ahí está todo, droga como para matar a la mitad de la ciudad.

—¿Mamá? Habla más lento, por favor.
—¿Ma…? Es Verne. ¿Está ahí, contigo?
—Sí, mamá.

Mire de reojo al alcalde. Sentado, con las piernas cruzadas.


—Tienes que alejarte de él. No puedo explicarte por qué, pero está conectado con la droga. ¿Puedes tomar nota?

—Sí, dime —tomé el bloque que uso para los recados.

Anoté las direcciones que me dio.


—¿Escuchaste bien todo?

—Sí.
—Vete de Nueva Noir. Podrás saber cuándo volver.

Colgó.


—No, no te preocupes —seguí hablando sola—. Yo te lo compro, ma, tranquila.


Me guardé la nota en uno de los bolsillos del pantalón, casual, sin atraer atención al gesto.


—Bueno. Yo también te quiero. Adiós.


Colgué y al voltear, fue una pistola lo que me encaró. La farsa había sido inútil.

—Muy astuto, doctora —dijo el de la pistola, el desconocido.

Vernie se levantó.

—¿Crees que no te he investigado?

Mick se puso a mis espaldas.

—Sabemos que tu madre está muerta —oí decir a Mick antes de que todo se volviera negro.










Manual Práctico de Tortura

Estás a punto de despertar cuando sueñas que estás soñando.

Fue como esa escena en La Masacre de Texas, en la que Sally Hardesty desfallece de una escena de horror imposible para despertar en una aún peor, atada a un cadáver y con la muerte enfrente.


En mi caso, desperté con patéticos quejidos cuando sentí las agujas metérseme entre las costillas.

No recordaba cómo me habían traído acá, una habitación que no tenía nada que envidiarle a esa habitación Orwelliana que guarda lo peor del mundo. Las agujas que me habían metido en el torso tenían cables de cobre enredados en el otro extremo. Los cables iban a un artefacto como un radio transistor viejo que zumbaba lejanamente. Ahí estaba, junto al transistor, el duende, el hombrecito con cara de haber tenido hijos sólo para comérselos. Junto a él, Vernie sostenía un grueso aro de cinta aislante. Al tratar de levantarme, me di cuenta de que estaba atado a la silla. Parece obvio ahora, pero en aquella situación era como llegar a la película una hora tarde. Me habían atado los pies a las patas y las manos tras la espalda. Sentía la cabeza pulsando y el aire que entraba por mis fosas nasales no era suficiente. Me estaba asfixiando con el peso de la sucia luz sobre nosotros.

—Matthew, justo a tiempo —dijo Vernie.


Estiró una lengua de cinta gris.


—Supongo que ya sabes de qué va esto —dijo—. Este que está aquí es Pip. Pip no habla. Vio algo hace dos años que le jodió la cabeza. Era un hombre común y corriente, dentista, casita en los suburbios, familia, niños y golden retriever. Algo pasó. Todos murieron y él ya no habla. Así que no es un buen interrogador.


Se aproximó.


—Este método lo diseñó él mismo. Es un tipo enfermo, tiene que torturar al menos una vez a la semana. Se pasa las noches llorando aquí, esta es su casa. ¿Me equivoco, Pip?


—Gub.


—Correcto —continuó Vernie—. Mira, primero te meten estas agujas que tienes ahora. Te pasan corriente por cinco minutos. Luego, te dejan esas agujas y te meten otras, en los hombros, verticales, hacia abajo. Otras en las rodillas. Corriente por diez minutos. Para ese punto, perderás control de tus esfínteres, te vomitarás encima, harás de ti una verdadera ruina repulsiva. Luego dos agujas, detrás de las orejas. Corriente por quince minutos. Eso te daña de por vida, después de eso vas a andar por ahí temblando, necesitarás un bastón para caminar. Nunca más irás al baño solo. Es terapia electroconvulsiva descontrolada. La última aguja, Matt, es inútil, pero Pip es un sádico.


Miró a Pip, que seguía en la misma postura con la que lo dejé en la casa.


—La última aguja va en el escroto —dijo Verne—. El propósito de esto no es matarte. El propósito es que sepas que para cuando todo acabe, ya no serás un hombre. Serás una forma de vida atrofiada. Le rogarás que te escuche, pero a él no le importa, él no va a preguntarte nada. A él sólo le importa que te duela. Terminarás diciéndole todo tras la corriente final, mucho después de que la última mentira en tu cuerpo te haya abandonado.


Posó uno de sus pies pulidos sobre la silla, cerca de mi entrepierna. Reposó los antebrazos sobre la rodilla.


—Así que cuando te digo, Matthew, que esta es la última oportunidad que tienes para hablar, sabes que es verdad. ¿Le contaste a otra persona de la heroína?


—Vas a tener que matar a la mitad de la ciudad para averiguarlo.


—No seas estúpido. Dime. ¿Le contaste a Chrysta?


—Traté, pero no me quiso escuchar.


—No hagas tiempo, que no viene ninguna caballería. ¿Quién más sabe?

Era un ejercicio inútil. Le dijera o no, iban a matarme. Y aunque le dijera que nadie más lo sabía, no me creería. La suerte estaba echada, pero no le daría el beneficio de la paz mental.

Se quedó bloqueado con mi cara. Marcó la distancia y volvió a sujetar la lengua de cinta que había estirado momentos antes. Traté de respirar a bocanadas, pero el aire no bajaba por mi tráquea oxidada.


—Sabes que nunca te voy a decir ¿verdad? —logré al fin.


—Sí.


—¿Entonces por qué el teatro?


Encogió los hombros.


—Quería darte una última oportunidad —dijo—. Sigo lanzándote cabos, pero tú no quieres salvarte. No puedo hacer nada más por ti.


Me cubrió la boca al fin con la cinta. Dos vueltas alrededor de mi cabeza.


—Yo sé que tú crees que te vas a escapar de esta y le vas a contar al resto del mundo la mierda que soy —cortó el extremo de cinta pegado al aro con los dientes—. Pero no me vas a ratear, Matthew. No les vas a decir lo que pasó en verdad porque si lo haces, ¿sabes cómo le va a caer eso a la ciudad? Yo sé que estoy haciendo lo correcto. Estoy sacando la basura, estoy matando criminales. No es bonito, pero alguien tiene que hacerlo. Tú mismo has descubierto que es lo único que funciona. Hay allá afuera quienes simpatizarán conmigo, con mi “drástico plan”. Pero están los que no. Los estúpidos que creen que los drogómanos son víctimas. ¿Quieres que te hable de víctimas? Mis dos hermanos eran drogadictos. Mi papá era drogadicto, Matthew. Ni siquiera los voy a visitar al cementerio. Los tres murieron como los parásitos que eran, por fin los alcanzó lo que tenían tiempo provocando. Yo no. Yo voy a impedir que eso le pase a más gente, porque sí, porque empiezas con una probadita aquí, ¿qué puede hacer de mal un poquito de coca, un poquito de hierba? Ese es el inicio del fin. Porque ni los maricos ni los drogadictos se curan. Alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que ser el verdugo.


Dio media vuelta, le murmuró a Pip y me dijo:


—Supongamos que me consigues matar, (que no puedes, pero supongamos). Sales y le cuentas al mundo la basura, el gran asesino que Vernie Vega era. Todos esos mariquitos patéticos sin bolas que creen, como tú, que los drogadictos son víctimas, todos ellos se van a derrumbar. Mis votantes, los que creyeron en mí. Tendrán que afrontar que en la vida real, no existen los tipos buenos. No sé si la ciudad pueda resistir eso, Matt, de veras. Esta gente necesita creer que alguien de verdad puede brillar. Si sales a contarles lo que sabes… piensa en cuántos espíritus estarás quebrantando.


Se acercó de nuevo y me dio una palmada en la mejilla.


—Mira, lo importante no es que yo te mandé a matar. Lo que importa es que no puedes ganar. Olvídate de las pistolas, olvídate de la ley. La última pieza que me conectaba con la heroína está muerta, cuando mataste a El Ruso. No puedes probar lo que sabes. Soy el hombre intocable, soy un símbolo, soy la cara de esta ciudad. No puedes matar a Dios.


Apenas abandonó la habitación sentí la primera oleada de electricidad recorriéndome las costillas, pasando a mi espina dorsal, a mi pelvis, a detrás de mis ojos. Los dientes me castañeaban. Fue un espasmo involuntario lo que casi me hizo tirarme a un lado, atado a esa silla eléctrica hecha en casa. Sentía la boca llenárseme de saliva detrás de la cinta, los labios nunca tan separados de los dientes, la cara deformada en un rictus que no era de dolor, no era un grito, era una cosa para la que no existe nombre, la máscara del prisionero de guerra de quien Dios se olvidó.

Hay algo perturbador sobre un hombre capaz de matar a sangre fría. Es distinto a cuando yo actúo; yo lo hago por rabia, es venganza. Para Vernie, esto no era personal. Yo bien pude estar matando con una sonrisa en el rostro, no lo sé, no me estaba viendo en un espejo. Pero cuando Vernie mató a Zoe, era la viva imagen del desapego, no había pasión. Bien mataba a una desconocida como dejaba a un viejo amigo bajo la sombra de un inefable dolor. En todos los sentidos, era peor que el traumado Pip, el psicópata que se sabía enfermo. Vernie habría estado a gusto detrás de un escritorio en un campo de concentración.

Mis articulaciones se volvieron nudos que se ataron solos y volvieron a liberarse, dejándome hecho de trapo, vencido, goteando sudor, sangre y lágrimas.

La peor parte de una tortura es el inicio, cuando los nervios están bien despiertos y sientes al dolor en todo su brillante esplendor. Conforme te van jodiendo, el cuerpo deja de responder y caes en un sopor progresivo hasta que te mueres. Ahora que el dolor estaba abandonando mi cuerpo, sentí un cálido placer tomar su lugar, como la sensación que tienes tras un orgasmo. El truco está en torturar por intervalos, para que el cuerpo entre en sus cabales antes de que lo sumerjas de nuevo en la piscina.

Había juzgado mal a mis enemigos. Los subestimé. Había pasado entre ellos como el cuchillo por la mantequilla y se me desarrolló la idea inconsciente de que nunca darían conmigo, un deseo mortal. Ahora pagaba con sangre mi estupidez. Un hombre normal podría soportar toda esa corriente y quedar con los nervios chamuscados para el resto de su vida, pero alguien como yo no. Mi cuerpo jamás soportaría tres rounds contra el transistor. Tendría un paro respiratorio o cardíaco. Lo curioso es que todavía sumergido en ese océano negro, pensaba en Chrysta. En Georgie. Vernie trataría de alcanzarlos y era muy posible que los matara sólo para quitarse la paranoia de encima. Esa era otra parte de la tortura, la parte mental.


Vi al duende acercarse con otras dos agujas y empecé a convulsionar. Los ojos se voltearon a mi interior, la respiración se me cortaba con un gorgoteo de sangre caliente, la silla chillaba con mis temblores.


El duende dio un paso atrás y supe que este era mi momento, atacar ahora, mientras él seguía sin saber a ciencia cierta que yo estaba actuando.



Del New Noir Times, número 133


Alcalde Vega sin descanso.


El alcalde de la ciudad, Verne Vega, que recientemente sufrió un atentado fallido contra su vida, anunció a través de sus voceros que continuaría sin descanso las labores de su cargo.


"La mejor forma de demostrarle a los elementos antisociales de la ciudad que no pueden afectarnos es con la práctica" dijo. "Teddy Roosevelt no descansó el día de su atentado y no veo por qué deba hacerlo yo".

El alcalde, en un reciente desfile benéfico


Agradeció a las personas que extendieron sus palabras de solidaridad y a todos aquellos que le mantuvieron en sus plegarias. El anuncio vino a prensa en el mismo momento en que se maneja, de manera extraoficial, noticias sobre el fallecimiento del empresario ruso Valentín Gulachnoff.

La última parte del comunicado se dedicó al ex-fiscal Matthew Stark, puntualizando que "Matt, si estás leyendo esto, por favor: haz lo correcto".

Las Cavidades del Terror

No puedo decir que no lo vi venir. Siempre tuve el temor, más que la sospecha. Sólo Verne Vega era capaz de entramar una red como aquella, contando con todos los elementos necesarios, tanto materiales como de personalidad, pero igual, el hombre es el único animal que se sorprende con lo que sabe que va a ocurrir.

Algo no cuadraba. Si en los buenos tiempos, él y yo establecimos una estrecha amistad era porque Vernie era la única persona que despreciaba al delito tanto como yo. Uno de sus principales puntos fuertes durante la campaña era que venía de una familia de delincuentes profesionales. Alejándose del negocio familiar, Vernie fue a la universidad, vivía de acuerdo a la ley y comprendía las calles porque había visto el lado bonito y el lado oscuro desde adentro. Estaba dispuesto a usar los métodos más bajos para pelear contra los monstruos en su propio terreno. Si él estaba detrás de mi atentado, lo más seguro era que estuviese tras la heroína y eso no tenía sentido. Significaba que, teóricamente, tenía que odiarse a sí mismo con furia vitriólica.

—Siempre tuve la esperanza de que esto terminaría distinto —dijo abriéndose la chaqueta, dejando ver a una pistolera.

Dos SWAT se acercaron. Uno me sujetó, llevándome las manos a la espalda. El otro repitió el acto con la chica.

—Lo curioso —continuó— es que desde que te fugaste del hospital, siempre supe dónde estabas. Nada pasa en esta ciudad sin mi conocimiento. Siempre supe de Chrysta ayudándote, de tu recuperación, de tu localización exacta entre la basura. Me figuré que, bueno, de repente Matty se marcha tan pronto se sienta mejor. Toma la decisión correcta. No lo volvemos a ver por aquí y todos son felices para siempre, conservo a un amigo. Pero cuando empezó el tiroteo, supe que tenías que ser tú. Me tomó media hora confirmarlo, además de dónde estabas, cuál era tu apariencia y a dónde te dirigías.

Se sacó una pistola del correaje.

—No puedo ni siquiera decir que estoy decepcionado, Matt. Esa es tu naturaleza. Eres como yo.

Se acercó al cuerpo de Valentín, haciendo las tablas del suelo crujir bajo sus zapatos de petróleo pulido. Se puso en cuclillas, entre la chica y yo, frente al cadáver, con la pistola reposando entre las rodillas.

—Felicidades. Pusiste fin a la mafia rusa. Harías un excelente alcalde.

No quería hacer las preguntas de rigor. Te explico que ya me sentía demasiado estúpido, burlado como en una novela barata de detectives, como para preguntar “¿por qué?”

No existía un motivo, porque los motivos son creación del cine, de la ficción, están ahí para hacernos creer que la vida tiene coherencia. La verdad es que hay miles de personas allá afuera que salen a matar porque quieren. El diablo no necesita de un móvil para hacer su labor.

—Lo importante, Matthew, es salvar todas las vidas que podamos ahora. Dime, ¿alguien más sabe de la heroína?

Callé.

“Salvar todas las vidas que podamos”. Eso quería decir “dime si eres un chivato, porque todo el que lo sepa va a morir”.

Y yo que solía confiar en este hombre como en un hermano.

Se irguió y me miró a la cara.

—Vamos —dijo—. Dime si alguien más lo sabe. Esto es más grande de lo que te imaginas.

—Yo creía en ti, Vernie. Y terminaste siendo otra escoria corrup…

—Por favor, Matt, guárdate el discursito. No tienes ni idea de lo que está pasando. Has ido por ahí, matando a los malos a medida que van llegando, “El Vengador Anónimo”. ¿De verdad crees que yo me reduciría a traficar droga por un puto porcentaje?

Y entonces, todo cobró sentido.

Era horrible, inimaginable. El peor escenario desenlazándose ante ti.

Vernie Vega se había vuelto loco.

La droga tenía un nivel de pureza suficiente para matar con el menor contacto. No tenía sentido sacarla a la calle y matar a todos tus clientes, pero un hombre como Vega sí podía verle beneficio; ocultándose detrás de la mafia rusa, detonaría esa bomba atómica hipodérmica. Todos los yonquis y parásitos de la ciudad comprarían un beso de la jeringa y terminarían muertos demasiado rápido como para que se corra el rumor. Un asesinato en masa organizado por el estado. Verne obtendría un año y medio de calles limpias, habiendo eliminado al narcotráfico de Nueva Noir, con sus delitos colaterales. Se garantizaba otro período en el poder, además de un pase a los libros de historia como “el hombre que limpió la ciudad”.

¿A cuántas personas era capaz de matar para vivir en la utopía que soñaba? ¿Y a cuántas había matado ya?

Le bastó ver la descomposición de mi rostro para sonreír con discreción. Como lo haría un joven Satanás.

—Ahora lo entiendes —dijo.

La política civilizada para los adictos es que ellos son víctimas. Cuando se captura a un adicto, no se busca su encarcelamiento sino su regeneración. La adicción es una enfermedad y el drogodependiente necesita de toda la ayuda que pueda.

Vernie quería desaparecer a los adictos porque muerto el perro, se acaba la rabia.

Y recordé lo que me había dicho minutos atrás. “Esta es tu naturaleza. Eres como yo”.

Con una mano acunada en el bolsillo, miró a la chica. Le acarició una mejilla y ella rehuyó a su toque como si fuera radiactivo.

—Y tú —dijo—. Te traen para que ayudes a enfriar a Matthew y mira cómo todo terminó. No pudiste ser más inútil.

Con un paso hacia atrás, le apuntó al pecho.

Las explosiones fueron mudas. Estoy seguro de que gritaron por toda la casa, pero yo no las oí. Sólo veía a Vernie de espaldas, el brillo que salía entre él y la chica, los casquillos escupidos a un lado y la expresión de ella, con los ojos desorbitados, detrás de una delgada capa líquida. Se escurrió de los brazos del SWAT como se escurre el sueño que siempre has deseado, lejos de tus manos.


Grité. Corrí. Me liberé del policía y la abracé.


Estaba hermosa, con sus labios de porcelana apenas brotando de rojo. Una de sus manos estaba en su pecho, cubriendo a un lunar rojo que se expandía, se expandía, hasta gotear bajo nosotros. Le agarré esa mano. La apreté. Su sangre estaba caliente.

—No, no, no, no, no —sollocé—. Zoe. Zoe, no te vayas.

Separó su mano de la mía y la reposó en mi cara.

—Está bien, Matthew —dijo—. No me duele.

Mi primera lágrima le aterrizó junto a la nariz. De ahí, cayó por debajo de su pómulo.

—No me dejes —rogué—. Por favor, no me dejes.

Cerró los ojos, desnudando su sonrisa. Sus dientes estaban rosados, rojo intenso entre cada uno. Su mano cayó.

—Por fin la encontré —susurró—. Paz.

Sus hombros ya no se movían. De su boca, débiles hálitos escapaban, como los de un pájaro que muere entre la nieve con las alas rotas.

La abracé, bien pegada a mi pecho, tratando de mantenerla todavía caliente con la calidez de mi propia vida. Supe que esto terminaría así y hasta se lo dije. Pero, como con Vernie, quise creer que no, que las cosas tendrían un final feliz. Traté de engañarme, alejar la cara del tren que venía a toda marcha.

Me quedé con ella entre brazos porque soy un desgraciado y una ruina, pero no iba a permitir que muriera sola.

Crees que ya conoces las cavidades del terror cuando una trampilla se abre bajo tus pies, hundiéndote a nuevas profundidades.

—Lo siento, Matt —dijo Verne—. La puta tenía que irse.

Nadie nunca lo sabría, pero en ese instante mi callado llanto cambió de motivo. Ya no era por lo que le había pasado a Zoe, sino por lo que le iba a pasar a Verne cuando yo diera con él.

Alguien se puso de pie a mi lado. Me ordenó que me levantara, o algo por el estilo.

Me forzó a ponerme de pie y cuando el cuerpo inerte de la chica se separó de mí, una parte de mi espíritu se fue con ella.

Era Mick. El sátrapa de Verne.

—¿Vas a darme problemas, vengador?

Mi moral estaba por el piso. Me habían disparado siete veces y por mucho que te salves, tu cuerpo nunca vuelve a ser el mismo. Este tipo, Mick, era un elefante esperando una excusa para pisotearte. La mera idea de pelear contra él era el primero de los golpes.

Eso no lo detuvo.

Me machacó a martillazos de hueso, meciéndome como a una muñeca de trapo y cuando caí sobre las tablas, no sé cuánto tiempo después, Vernie volvió a ponerse de cuclillas ante mí. Señaló con la mano a un gnomo de malas pulgas entre la multitud de agentes de asalto. Lo vi con ojos entrecerrados.

—El castigo —dijo— no ha hecho sino empezar.

El sonido se ofuscó y la película se fundió a negro. La realidad se hizo demasiado intolerable para seguir despierto.




Algunos Derechos Reservados
Parte del arte fotográfico mostrado es obra de J. Ferreira.
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