La Migraña



—¿Y bien? —la luz de la morgue se posó sobre mis globos oculares como una película radiactiva. La corbata me apretaba demasiado.

—Cristo, Georgie —Meyer da unos pasos hacia atrás—. El aliento te apesta a whisky. ¿Desde cuándo tomas en el trabajo?

Déjame explicarte esto, para ver si así yo también lo entiendo. Este tipo se pasa el día en una cueva subterránea rodeado de cadáveres, balaceados, apuñalados, azules y con ojos inyectados de sangre después de una mala estrangulación (o buena, depende de cómo lo veas). Pero le perturba que haya rastros etílicos en mi boca. Una noche hecha de espinas azules, sabor a migraña, de esas que te pulsan en la cabeza hasta que te duelen las encías.

Estornudo. Este es un mal lugar para alguien que está a punto de coger la gripe, no por los muertos (quizá la única muestra poblacional en la que puedes confiar), sino por las goteras. La morgue de Nueva Noir consiste en una recepción, escaleras descendientes y un enorme espacio con congeladores para cadáveres. Construida en el primer amanecer del siglo veinte, había sido víctima de la indiferencia, sin el atisbo a trabajos de reparación. El resultado: cuando llueve, el agua se filtra hasta la bóveda y tus pasos están acompañados de subtítulos mojados. No me sorprendería coger el New Noir Times una mañana y ver que las paredes finalmente cedieron, dejando toda la morgue sepultada, como una antigua tumba que ya no pudo más. Con mi suerte, eso ocurriría ahora mismo. Mi compañía serían todas las voces que no pude salvar.

Lo deseé. Dios, trae un terremoto a este puto lugar.

—Detective Frank —me dijo Meyer.

¿Qué?

Me giré. Claro, Nino Frank venía por la entrada. No podías verlo, pero tenía un bigote de mentol entre la nariz y la boca, una técnica antigua para combatir el aroma de los que dejaron sus cuerpos atrás. Sé esto porque, antaño, me lo confió. Cuando todavía confiábamos uno en el otro.

Nino alzó las cejas. En efecto, la morgue estaba repleta.

—Satán va a estar ocupado con los pasaportes, ¿no? —dijo.

—Todo es culpa de Stark —dijo Meyer, una lata de Coke-Cole en su mano—. La gente lo está alabando como un héroe pero alguien tiene que arreglar la casa después de la fiesta. El tipo hizo su primera matanza y desde entonces no dejaron de entrar los cadáveres. Para un cagatintas, Stark tiene una puntería de puta madre.

—Un asesino en masa —dije y estornudé otra vez—. Está tras las rejas y esta habitación es evidencia de por qué.

—Ah, usted es de los que quiere a Stark preso, ¿no? No me sorprende, conociendo su apego a las normas. Pero creí que el fiscal era buen amigo suyo.
 

Estuve a punto de contestar que yo también, pero en ese microsegundo en que las palabras viajaron de mi cerebro a la boca, me di cuenta de que era otro amigo que creí fiel y ahora ya no tengo. Igual que Chrysta. Que Nino. Dios, si causas un terremoto y yo soy el único que muere en todo el estado, te prometo que no me voy a molestar.

Encogí los hombros.

—Me pareció ver en la tele que Chrysta Beaumont iba a defender a Stark —dijo Meyer, empujándose los lentes con el índice sobre el puente de la nariz.

—Ni idea.

—¿Chrysta no era fiscal?

—Supongo. Doctor: el caso de Stark no es mi responsabilidad. No tengo chismecitos nuevos. Vine por la muchacha. La Anónima.

 
Meyer arrugó el entrecejo, volteó los ojos, dio media vuelta y caminó, señalándonos para que lo siguiéramos.

Un pasillo de camillas con sábanas encima. Toda mi vida dedicada a las fuerzas de la ley y si este sitio sigue así, quizá no me esforcé demasiado. Grandes celebridades del bajo mundo estaban reunidas acá. Gulachnoff. Dos de los Hermanos Karamazov. Patrick Hockstetter. Y mil tipejos de poca monta que no supieron qué hacer cuando la vida, a su críptica manera, les dijo que el momento de correr había llegado.

Si voy a buscar a Stark en este momento, a su celda en la estación, y le pongo el cañón de mi beretta en la sien, ¿a quién estoy amenazando, a él o a mí mismo?

Me revisé los bolsillos. Estúpido, dejé la cantimplora en el carro. De verdad que merezco lo que me pase.

—Te ves terrible, George.

—Gracias, Nino.

—No, en serio. Creo que deberíamos hablar. Déjame invitarte un trago.

—¿Sabes qué? Eso es lo mejor que he oído en toda la noche.

—Imagino. Hueles a camionero.

—Caballeros —llamó Meyer.

Estaba junto a una camilla metálica. La sábana que cubría al ocupante estaba recogida hasta los hombros. Era ella, mi amiga Anónima. Tenía los labios azules  y estaba bastante gris, probablemente más colorida de lo que me veía yo. La herida mortal estaba escondida. La luz incolora del sol de morgue resplandecía en el metal. Una botella de analgésicos. Eso es lo que necesito ahora. Y una noche de sueño.

Sin motivo, Chrysta me vino a la mente. En imagen, mirándome como muchas veces lo había hecho. Me ahogué en su perfume, recreado por mi cerebro para que la tortura estuviera completa. Apreté los párpados, me presioné los ojos con las yemas.

—Dígame, doctor. ¿Qué consiguió?
 

—En su mayoría, cosas que ustedes ya saben. Herida de calibre punto treinta y ocho en el corazón, a corta distancia. Tomé sus huellas dactilares y las comparé con lo regular: prostitutas con antecedentes, delincuentes, drogadictos y personas desaparecidas. No conseguí nada. 

—Hearsay —dijo Nino—. Tenemos que pedirles una lista de regulares.

—Ya me tomé la molestia, detective. Les mandé las huellas y me dicen que de Hearsay, no es. El estado de Bruins también se lavó las manos. Puedo solicitar cooperación de los otros cuarenta y ocho estados, pero creo que es seguro afirmar que esta mujer no existe. Alguien allá arriba los odia a ustedes dos, para echarles un caso como este.

Ya entiendo. No habría terremoto, eso era muy simple. Me torturarían con un avatar de locura en bolsa de cadáver, un caso imposible de resolver. Porque a quienes los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Con el dedo índice y medio dentro del cuello de la camisa, tiré. La corbata me estaba asfixiando.

En la mesa de autopsias, la mujer inexistente estaba con sus preguntas mudas. Yo no tenía respuestas desde hacía mucho.


Una Estrella Sobre El Corazón

Tendida como un ángel que ha caído del cielo, así estaba el cadáver anónimo.

Me posé en cuclillas, me eché el abrigo hacia atrás. Era una silueta escondida por una sábana y antes de ver la desnudez inerte, supe que era joven. Quizá una prostituta, la única prostituta que quedaba en Nueva Noir incapaz reconocer la sonrisa de tiburón del depredador sexual. Había llovido y la ciudad goteaba como lo harías tú después de una ducha para sacudirte la resaca. Agarré la sábana, la corrí. Bajo la luz de las sirenas, la piel de la chica era roja, era azul.

Hay una particularidad de las personas que mueren por causas violentas (técnicamente, no es de las personas sino de los cuerpos que dejan). Tienen espasmos. A veces sus manos quedan agarrando fantasmas, como una araña de carne y huesos desesperada por sujetarse a la presa que es la vida. Tienen sacudones sobre la mesa de autopsias. Arquean la espalda o dan un manotón sobre el aluminio. Aunque la explicación más aceptada es que hay impulsos que quedan dentro del cerebro, purgados lentamente en las primeras horas de muerte, la verdad es que nadie sabe por qué se producen. No todos los cadáveres lo manifiestan y cada cual lo hace a su propia forma. A juzgar por las apariencias, Cadáver Anónimo estaría bailando la danza macabra en breve.

Corro la sábana hasta la cintura, exponiendo la herida mortal. Siento más pudor por exponer sus senos que por estar en presencia de un muerto. No sé cómo eso me hace sentir.

Detalles que noto al instante: hay una abrasión a los lados de la boca, lo que quiere decir que antes de morir, fue amordazada. Lleva el maquillaje todavía puesto, aunque un poco corrido, pero no tiene una gota de sangre, ni siquiera en la herida de bala que representó su punto final. La explicación es sencilla: no murió aquí, sino que fue asesinada, desnudada y olvidada en este callejón. Tendría fibras en alguna parte, pero tardarían en aparecer. Las manos, agarrotadas, tenían sucio bajo las uñas de esmalte violeta y el sucio podía ser tierra, sudor, pelos o sangre. En cualquier caso, quería decir que la chica luchó antes de morir, o tuvo una muy apasionada sesión sexual y, si era así, la otra mitad de ese entusiasmo tendría mucho qué explicar, convertido en el primer sospechoso.

A todas estas, la unidad de homicidios era observada. Por las ventanas de los apartamentos a nuestro alrededor, los curiosos supervisaban. Padres con sus niños. Adolescentes sin idea. Consternadas amas de casa. Ya alguien había gritado que no nos querían por estos lares, policías de mierda, así que era cuestión de tiempo antes de que nos acusaran de incompetentes y asesinos por omisión. Una voz, masculina y anciana, nos señaló que el culpable de esta muerte podía ser “el maniático, Stark”. Listo, el caso está resuelto.

Sobre el corazón, la chica tenía un sol negro. Irradiaba cenizas sobre el universo de lechosa piel, completo con un aura de estrellada carne quemada. En la jerga, esta clase de heridas se llama “tatuaje por quemadura”. Ocurre cuando un arma de fuego es accionada tan cerca de la víctima, que los vapores y químicos ardiendo imprimen una señal negra que no puede ser eliminada con nada que el patólogo forense aplique. Así que esto es lo que ocurrió: la chica se consiguió con uno o más individuos con los que tuvo actividad física intensa. La sometieron, la amordazaron, ella lloró, empapó el trapo sobre su boca de saliva que le chorreó hasta la barbilla y una bala le atravesó el pecho hasta anidarse en su corazón, una flecha de Cupido en la que el enamorado era el enterrador. Acto dos, la desnudaron, la echaron en una bañera y la lavaron, sin mucha destreza, probablemente con más miedo de ella ahora que estaba muerta que mientras estuvo viva. La echaron en el asiento de atrás de algún vehículo clon. Paró aquí. Como las primeras etapas de putrefacción todavía no se daban cita, sospecho que se hizo todo apurado. Mucho trabajo para una sola persona.

Con un poco de suerte, el forense tomaría las huellas dactilares de la chica, las compararía con las de veinte millones de personas que pululan la granja de hormigas que es esta ciudad y nos daría un nombre. En dos semanas, tendríamos otro nombre, un motivo y una clara secuencia de los hechos. Se hace justicia, a la que los asesinos de Nueva Noir no temen, porque esto va a volver a pasar.

Cubrí al cadáver.

—Eres un tipo con problemas, ¿sabes?

Me giro. Es Nino. Antes de Stark, antes del ruido y la furia, éramos amigos.

—De personalidad. Problemas con el control de tu ira, Georgie. Problemas de los que se apilan como un enjambre de langostas y te llevan, un buen día, a un desayuno de whisky con plomo.

—Buenas noches, detective.

¿Qué más podía contestar? Los hechos no estaban de mi lado: traté de detener a la avalancha de fuego que significó Matthew Stark, traté de salvar a un sistema en el que creí, traté de proteger a mis amigos y traté de quedarme con la mujer bonita. Al final, me quedé sin creencias, sin amigos y sin mujer. Qué lindo, ¿no?

El olor a salsas me atacó la nariz, mucho más ofensivo que los insultos del público, que la violencia de la muerte citadina. Era Meyer, el forense. Un perro caliente en sus manos, chorreando, comprado del único hombre que vende perros a medianoche, porque, con toda probabilidad, compensa sus gastos vendiendo heroína o polvo de ángel. A veces, Nueva Noir, no eres tú. Soy yo.

—¿La viste? —preguntó Meyer.

Asentí.

—¿Y? —un mordisco que dio fin a la mitad del perro— ¿Estaba buena?

Si hay alguna criatura insensible en la faz de este planeta, ese es el patólogo forense. Por supuesto que no era personal, Meyer se pasó el funeral de su mamá haciendo chistes. Estuve ahí, aunque no me quedé mucho.

—Está demasiado fría para mis gustos —dije y salí de la escena, esta parte estaba lista. Habría que llevarse al cadáver y estudiar milimétricamente al callejón, a ver si descubríamos algo, aunque a esas alturas, ya se sabía que no.


Regresé a la patrulla, dejando a Nino lidiar con el sinsentido de la muerte. Menudo amigo que resulté ser. Abrí la guantera, revisé mis alrededores y eché un tragó de la cantimplora plateada. Jack Daniel’s es mi mejor amigo ahora. Un crimen, licor así en una patrulla, pero yo soy el héroe que le salvó la vida al alcalde la ciudad, el mismo que resultó ser un psicópata genocida y que ardió hasta los huesos, cortesía de otro loco con un arma. Contemplando así la noche, soñé, deseé con esa esperanza infantil de los niños que creen en Santa, con una redención. Con que este caso se solventara y todos pudiéramos ir a una vida normal, con Matthew Stark tras las rejas, Chrysta Beaumont a mi lado y Nino Frank, no sé, ganando muchísimo dinero. Pensamientos de idiota, es lo que eso fue. Porque yo no lo sabía, pero esa chica muerta traería otro festival de cadáveres, el inicio de las peores semanas de mi vida, y es que si la vida tiene una cosa es que espera a que estés en el suelo para patearte en las costillas.

Me tomé otro trago. Me quemó la garganta y lo recibí con gusto.


Radio Noir: Mansun and 808 State

Skin up, Pin Up.



Del New Noir Times, Número 144


STARK BAJO CUSTODIA

EXTRA

Después del caos que cobró la vida del ex-alcalde Verne Vega y todos sus guardaespaldas, el ex-fiscal de distrito Matthew Stark se ha rendido a las autoridades.

"Su vida está garantizada, a pesar de todas las amenazas" indicó el detective George Mencken. El fiscal en ejercicio, Walt Miller, no ofreció declaraciones para la edición matutina de este diario.

Abogados consultados indican que el ex-fiscal enfrentará un proceso judicial por numerosos delitos, el más notorio siendo el asesinato del alcalde de la ciudad. En su ausencia, la presidenta de la cámara de senadores, Gilda Brown, ha sido juramentada por la Corte Estadal como alcaldesa. Tres días de duelo han sido decretados por Vernie Vega.

"Es un día oscuro para la nación cuando un maniático se carga a medio mundo y la ciudadanía lo aupa" dijo la alcaldesa interina en su juramentación. "Pues ahí lo tienen: el último hombre bueno de Nueva Noir ha caído. Te extrañaremos, Vernie".

Cuando se le preguntó al detective Mencken dónde estaría recluído Stark, nos contestó con "Decirte eso le pintaría un blanco en la cara, ¿no?"

Abril, 2012



La Naturaleza del Odio

Lo que había sido una ciudad era ahora una morgue improvisada. Las cosas no habían salido como en un principio…

No.
No es así como comenzó la historia.

Ya no importa qué fue lo que le dio pie a todo esto. No importan los potenciales escenarios, las posibles soluciones.


Importa que estoy aquí y mis víctimas están ahí.


Esperé, en las celdas de la estación, avivado por la adrenalina y el dolor que todavía sentía, que me hacía aspirar clavos y agujas. Era dolor bueno, del que te mantiene enfocado en la meta.


El plan era sencillo. Saldría de las celdas y buscaría a Verne. Mataría a todo el que se me cruzara, a todo el que intentara detenerme porque después de esto, no hay otro episodio. Soy el espectro que se niega a estar muerto. Y después, sólo me queda ir al infierno que me vomitó.


La ira ciega que me había empujado era ahora otra cosa. Había hecho nido dentro de mi espíritu y sin que yo lo supiera, mutó en algo más. Con sus propios fines, su propia filosofía. Avanzaría en esto hasta que ya no hubiera a quién más matar. Era con frialdad que procedía, una rabia que ya no era sentimiento sino parte de mi personalidad.


Caminé. Traspasé la puerta y me encontré bajo la lluvia artificial que quería calmar al incendio que no existía. En alguna parte del piso superior, estaba él. Y nada podría salvarlo de mí.


Georgie se me paró enfrente.

—Matthew —dijo, aunque yo no lo escuché.

Venía a arrestarme, a detener una masacre. Me descubrí preguntándome cuánto daño era capaz de ocasionarle para poder continuar. Me tomó del hombro y mi perpetua mirada de las mil yardas se centró en él.


Tú no quieres probar la guerra de la que yo vengo.


—No puedes hacerlo aquí —dijo él.


¿Qué coño?


Miró a su alrededor y me empujó más hacia las celdas, donde nos esperaba un par de cuerpos inconscientes.


—Ya lo sé todo —continuó—. Fui a ver a Chrysta después de… el papeleo por salvarle la vida a ese maldito maniático.


Traté de sacar conclusiones rápido. No podía.


—Georgie, no tengo tiempo.

—¡Escúchame! Vi a Verne tratando de secuestrar a Chrysta. La subieron a un carro y él se fue en otro con su edecán. Iban a matarla. Me contó todo, me contó de la heroína, de dónde la guardan. Y ya la prensa hizo pública lo que les dijiste.

La llamada cuando escapé de Pip.

Una a Chrysta y la otra mi seguro de vida.
Una llamada que garantizaría que aún si Verne conseguía matarme, nunca ganaría. No podían ligarlo con la droga, pero el escándalo podía bastar para una buena investigación independiente. ¿Qué sé yo cómo podía terminar eso si uno husmeaba lo suficiente?

—Miller nunca va a ordenar una orden de captura contra Vega, pero sí puedo retenerlo aquí al menos una noche. Ya pasé la orden a los uniformados. Es mi prerrogativa de héroe policía. Le salvé la vida y ahora debo sepultarlo.


No tenía idea de qué estaba diciendo.


—Voy a matarlo —dije—. Hoy. Entre más lo retengas, mejor.

—No, no, matarlo no. No puedes matarlo.
—Sabía que dirías eso.
—Matt, si lo matas, nada queda resuelto. No eres mejor que él…
—No me importa ser mejor o peor que él. Me importa terminar con esto. Me importa el…

No tenía sentido explicarle.

Se hizo consciente de las pistolas en mis manos, como si antes hubiesen sido invisibles.

Perdí mi vida de un modo tan efectivo como si me hubiesen disparado entre los ojos. Cada persona que temió por su vida, que tuvo que recuperarse de un atentado con los asesinos aguardando en las sombras, cada mujer que fue violada y que no contaba con la justicia para apoyarla, cada niño que tenía que volver a una casa en la que lo golpeaban sin que nadie pudiera levantar un dedo por él. Todo ese dolor era mío. Y nada de lo que hiciera ahora lo iba a remediar. Nada me iba a devolver todo lo que me arrancaron.


—Dame esas pistolas, Matt.


No recuerdo la última vez que dormí tranquilo.

Cancelo todo ahora, me acobardo y nunca seré libre.

—Verne venía para acá —dijo él—. Cuando los agentes se le acercaron, cambió de rumbo. Ya debe saber que queremos arrestarlo, Matt. Si perdemos más tiempo, se nos escapará.


Me extendió una mano.


—Dame las pistolas. Confía en mí.


Le di las pistolas. No como él quería.

Ahí estaba, echado en el suelo, con el golpe cruzándole la frente, entre la conciencia y la tierra de los sueños negros. Como diría un sabio en la ciudad del pecado, “vaya manera de terminar una amistad”.

Fui a la puerta trasera de las celdas, pasando prisioneros por tránsito, borrachos, ladronzuelos. Se escondían de mí como un vampiro le huye a la luz.


El estacionamiento era una bóveda de dos pisos. Tan pronto me mostré, dos agentes trataron de detenerme. Y el blanco carro que se suponía que tenía que salir de aquí, se detuvo. Bajaron los agentes que venían a matar al virus. Verne Vega descendió, pistola en mano.


—Ahí está.


Los agentes, entre dos lados de una encarnizada guerra, pagaron el papel de los que están en el lugar y momento equivocados. Viéndolos caer, sólo podía pensar en cómo ya estaban muertos. Ocultándome detrás de una van, esa era la imagen; no murieron ahora sino cuando decidieron quedarse esa noche, hacer horas extras, hacer la guardia aquí.


Me estoy volviendo loco.


Porque cuando has visto a tantos morir, cuando te sabes tan frágil como ellos, la única reacción que le puedes dar a la muerte es escupirle en la cara. Ser tan frío como ella. Es una batalla que vas a perder, pero es preferible perderla con los pantalones puestos.


Disparé repitiéndome el único rezo, el mantra del verdugo.

Hoy no me toca a mí. Hoy le toca a ellos.
Las vidas desechables de los guardaespaldas se vencieron y aunque el último casquillo no había aún tocado el suelo, ya la mira estaba sobre Vega, que corría detrás de algún carro, buscando cobertura, atacar como mejor se le daba. Donde no pudieras verlo.

Walt Miller sollozaba en medio de los cadáveres.


—No, NO —gritó cuando me le acerqué—. No, Stark, ¡lo siento!


Tenía un revólver entre las manos. El tambor estaba abierto y las balas estaban entre sus rodillas, hechas de mantequilla y filtrándose entre los dedos del niñato fiscal.


—Terminaste siendo otra ramera de Vega.


Le puse un cañón caliente sobre el ojo izquierdo.


—Este es el valor que él le da a sus esbirros.

—N- no, yo no quise, yo traté de decir… ¡Stark, no, escucha, escucha!
—¡Cállate!

Presté atención. Afiné el oído. Vega ya no estaba ahí.


No se había escapado, así que estaba preparado, como una araña en su red, en una trampa donde no tenía más opción que caer.


—Lamento todo lo de la finca, lamento lo de Marie, de verdad que no quería hacer todo eso con ella, pero era joven y uno cuando es joven---

—No me interesa nada de lo que estás diciendo —le agarré el cuello de la camisa en un puño—. Querías meterme en la cárcel, que me mataran ahí, todo por el poder. Y te topaste conmigo.

Juntó las manos en oración.


—¡Pero no! ¡Yo, yo ya aprendí, voy a renunciar, voy a renunciar mañana!

—Eso no me importa. No te vas a librar de esto hablando.

Se lamentó y agachó el rostro en amargo llanto.
—Yo no lo sabía, no sabía que Vega te mandó a matar.
—Pero tu silencio fue cómplice. Ahí esos dos agentes murieron. Casi matan a Chrysta. Y más gente tiene todavía que morir, Walt. Quizá yo. Seguramente tú.
—¡No, no, no, no!

Lo solté con una patada en la mejilla.


—El día de mañana, piensa en este momento. Lárgate de aquí y piensa que cada respiro que des es porque yo lo he permitido. Deja el revólver.


Asintió, sus sollozos de agradecimiento sonaban iguales a los de terror y sus pasos corriendo hacia la jefatura sonaron hasta elevarse sobre todos nosotros y disolverse en el concreto del techo.

Ahora, ¿dónde está el tumor que he venido a extirpar?

Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie, reconoció que no podía explicarse cómo duró tanto tiempo matando en libertad. Todos los elementos estaban dados para que lo capturaran y él seguía evadiendo a la autoridad. “Supongo que corrí con suerte”, diría después.


Caminando por el cementerio, se me hacía increíble que ningún otro uniformado apareciese a tratar de meter cordura en el vals del diablo. Podían estar demasiado confundidos, lidiando con el shock de demasiadas noticias en muy poco tiempo. O quizá este estacionamiento se había separado del resto de la existencia y ahora estábamos en una dimensión que nos pertenecía sólo a nosotros. Los dioses miraban a los gladiadores pelear. Quien muriera les era indiferente: ellos querían su sangre.


—No puedes esconderte para siempre —dije.


Silencio.

Todo era gris, con manchas rectangulares de color. El sabor dentro de mi boca era de hormigueante decisión.

Entre los carros, se paró. No permití que la decepción me distrajera: este no era Verne, sino el gorila, Mick. Venía con las mangas de la camisa recogidas.


—Matthew Stark. Vamos a arreglar esto como lo hacen los hombres.


Se quitó la pistolera. Echó el correaje a un lado. Alzó los puños.


—Te doy un segundo round. Vamos.


Mientras yo había perdido peso, él era una maciza pared de carne. Sus velludos puños tenían el tamaño de un perro pequeño. No estaba demasiado lejos de mí, esperando con la burla impresa en el rostro, el conocimiento de que yo nunca podría derribarlo.


—Te doy la oportunidad de que salves tu honor —sonrió.


Le disparé a una rodilla. El estruendo estalló hacia los lados, como ese corazón de sangre que se desperdigó por todas partes. Estaba tirado ahora, con las manos todavía hacia mí, pero ya no en puños. Con las palmas encarándome. Las manos del suplicante.


—¡Maldito maniático! ¿Qué estás haciendo?


Le puse la sucia suela de mi bota sobre el pecho.


—Así no era —dijo—. No tenía que ser así, hijo de puta, lo estás haciendo todo mal.

—Cállate la jeta —dije, disparándole un segundo después con ambas pistolas. Su cabeza escupió sangre hacia atrás, dejando un rastro que ahora era rojo vivo, luego sería opaco y luego negro.

Apenas volviéndome, el golpe vino por encima del ojo. Una llave de tuercas, inglesa, algo de metal. El hijo de puta me pegó a traición otra vez. Caí. En todos los sentidos.


Otro golpe férreo a la espalda. Sobre los pulmones. En la columna.


Patadas en las costillas con la punta no del pie, sino de todos los planes que Verne Vega había hecho en su vida y que ahora nunca podrían ser. Aguardé, cerrando los ojos, conteniendo la respiración. Algo se rompió dentro de mí con un crujido que hasta pude escuchar.

—¡Maldito… cabrón… traidor! —gritaba Vega.

No tenía sentido, pero puedo entender cómo él me veía como el que le dio la espalda al otro. Rodeado de payasos inmorales. Obligando su voluntad de acero sobre los demás.


—No… te mereces… una bala —otro puntapié, esta vez al rostro. La física me giró, quedé bocarriba. Sin mis pistolas—. Tienes que morir como un perro.


Desde esa desafortunada postura lo único que despertaba mi curiosidad era con qué me había estado golpeando. Uno de mis ojos estaba cubierto de sangre y los párpados se negaban a abrir. El otro me dijo lo que ya era de suponer. Me pegaba con una pistola. Uno de los dos estaba armado, entonces.


—Lo que yo quiero saber es —haló la corredera y me apuntó a la cara— ¿qué te importa la vida de unos parásitos? ¿Qué te importa que un drogadicto de mierda se muera? ¿Desde cuándo eres el defensor de delincuentes y asesinos?


Me eché de lado y la pulsación de agonía me sacó un quejido.


—Lo echaste todo a perder, hijo de puta —se agachó y sentí el cañón sobre la mandíbula—. Iba perfecto y tú tuviste que cagarlo, maldito cobarde.


Un empujón a la pistola, hacia el suelo, haciendo a la bala enterrarse en concreto, levantando polvo. Mi otra mano estaba en su garganta, sujetando la nuez de Adán. Un golpe a la cara. Otro. El último fue con la cabeza. Si era bueno para Pip, el secuaz maniático, era bueno para el jefe de los mal nacidos.

Le escupí mi sangre. Y los oía venir, a la policía, al resto del mundo. Venían a unir las realidades.

Agarré a Verne de la chaqueta y lo arrastré, a un muñeco con los brazos alzados, una pierna doblada y la otra rascando la grava como una cola envuelta en traje y zapato lustroso.

Los agentes me matarían tan pronto me vieran. Eso estaba bien.

Ya no puedo vivir con el hombre que soy.

Lo golpeé contra una pick up, junto a las ruedas traseras. Di media vuelta y me separé. Lo escuché gemir como hacen los viejos cuando el cuerpo ya no les da más.


—No puedes irte así, Matt. Ahora tienes que matarme.


Cogió aire.


—Ahora tienes que matarme, porque yo soy como tú: me jodes pero cometes la estupidez de dejarme vivo y voy por ti hasta que te mueras llorando y gritando el nombre de tu mamá. No somos tan distintos tú y yo.


Recogí su pistola. Le apunté no a él, sino al camión. Al depósito de gasolina.


—No —dije—. Yo nunca te dejaría vivir.


La explosión fue gloriosa. Hermosa. Se alzó hasta volverse un torrente amarillo, rojo, negro y naranja. Sólo me tomó un par de disparos en los que Verne no se movió y ahora peleaba con el oxígeno que se había vuelto muerte a su alrededor. Dicen que el hombre que muere quemado experimenta dolor sólo por corto tiempo, que los nervios es de lo primero que se va y que uno termina muriendo asfixiado.


De verdad espero que eso no sea cierto.


Vinieron y me echaron al suelo. Me esposaron. No podían separar mi atención del purificador punto final. Me dijeron palabras que no tenían resonancia.


Creí que cuando Verne estuviera muerto, todo lo malo que había traído consigo se iría. Que en la eventualidad de que yo siguiera vivo, la oscuridad que nació en mi interior se viera sin propósito y se marchara. No era así. El fuego estaba ahí, sobre él, frente a mis ojos y para siempre detrás de ellos también.





Mini-Capítulo: 21 y 1/2

Por primera vez en mucho tiempo, Vernie Vega sintió miedo.

Ya estaba en la jefatura de policía, en la oficina del jefe, en la segunda planta. Miraba a la ciudad por la ventana, a los medios de comunicación que convergían en el lugar como abejas a la miel. Matthew no sería capaz de intentar algo con tantos testigos, pensó. Una medida valiente e inesperada, superando todavía al improbable escape de la tumba en la que lo había dejado. Pero aquí, con todos los policías de la ciudad aparte de los guardaespaldas que se llevó –vestidos de SWAT- a la casa donde lo capturaron, no había nada que pudiese hacer. No tenía modo de armarse, modo de atacar, de responder a todo lo que el rencor le ordenaba que hiciera. Y si conseguía una pistola, lo matarían mucho antes de que pudiese acercársele.


¿Por qué, entonces, esa inseguridad?


Deseó poder entrevistarse con Stark en ese preciso instante y darle fin a todo esto de una vez.


Sobre ellos, el ventilador giraba sus aspas, puntuando los momentos y el silencio, con todos los hombres alrededor del escritorio, esperando a que el alcalde de la ciudad les dijera que todo iba a estar bien. Se quedaron esperando.


—¿Y entonces? —preguntó Shaw— ¿Qué nos toca?


Vega no se dio la vuelta. No reaccionó. Shaw se figuró que el pretencioso hijo de puta se estaba quebrando. Sabía que Vernie Vega era un hombre con las manos metidas en sombras porque todo hombre poderoso lo es, pero sólo hasta ahora se preguntó si Vega no era el que más tenía que perder. Primero esa “orden” de que dejaran a Stark correr su curso, con ese tono de indiferencia a la potencial muerte del ex-fiscal, algo demasiado impropio en él. Luego el atentado de un hombre del ruso. Y cuando al final le vinieron con la noticia de que Stark estaba muerto, Shaw sabía que era una mentira. Para comprobarlo, aquí estaba John Huston, un chulo palurdo que nada tenía que ver en una reunión privada entre burócratas.


Si Vega mandó el asesinato de Stark, no cambia nada, se concluyó Shaw. Todavía Stark debía morir. Lo interesante estaba en que ahora podría investigar en privado al alcalde. Hasta exponerlo. Hasta hacerlo llorar en algún calabozo. Se imaginó emergiendo de esa escena convertido en héroe, parado en una excelente plataforma no para la alcaldía, sino para la gobernación.


—No quiero interrumpirlo en sus pensamientos, alcalde, pero la situación es delicada —dijo Huston, parado y con un cigarro en la mano. Tenía la cara llena de vendas pequeñas y un ojo hinchado.

—Él sabe que es delicada —contestó Miller.


De todos ellos, Miller era el más opaco. En la esquina estaba el fulano Mick, que bien era un investigador privado o un asesino a sueldo pero, con la actitud desprendida de los asesinos, no parecía dedicarle mucha importancia al asunto como lo hacía Walt. Tenía las manos sobre la mesa, sentado frente al escritorio, con los dedos entrelazados en un gran puño. La sombra que pesaba sobre él no parecía venir de la iluminación.


—Entonces hay que hacer algo —volvió Huston—. Tengo que responder por qué Stark no estaba muerto en uno de mis locales y no sé qué tengo que decir, ¿que no sabía nada, que era un malentendido? ¿Qué coño digo?

—Te vas a quedar callado hasta que el jefe te indique tu parte —dijo Mick.


Huston pareció darse cuenta en ese momento de que otro hombre estaba con ellos. Su respiración dio un brinco, como lo habría hecho si hubiese visto a un espectro emerger frente a él. Como no supo de qué modo dirigirse al extraño, no lo hizo. Volvió a Vega:


—Yo quiero protección —dijo—. Guardaespaldas.

—Si quieres guardaespaldas, te los pagas —dijo Shaw.

—Quiero protección del Estado.

—¿No quieres cinco millones en la cuenta también?

—Eso me haría feliz, sí.

—¿Quién invitó a este?

—Relájate, Huston —Vega se había girado sin que nadie se percatara—. Stark no va a salir nunca de prisión. Lo tendremos vigilado las veinticuatro horas y el fiscal aquí va a dirigir personalmente su procesamiento. Lo mandaremos a la cárcel así tengamos que endeudar hasta a los nietos. Y cuando se lo estén llevando a prisión, aparece un misterioso asesino que esta vez le da en la cabeza. Y es el final de la historia con Matthew Stark.


Se inclinó sobre el escritorio.


—Va a funcionar si todos ustedes juegan su papel sin preguntar. Y como no lo hagan, créanme por el honor que me caracteriza que haré de sus familias el grupúsculo más triste y deprimente sobre este planeta.


Preguntar si estaba claro no hacía falta, era obvio que sí. Cada uno de los hombres pensó que esta sería una guerra fría en la que uno del grupo sería sacrificado, pero nadie se tomó a sí mismo como la ofrenda.


Y cuando parecía que ya existía un rudimentario, pero inexpugnable plan para contrarrestar la crisis, las luces se apagaron y la alarma contra incendios se hizo escuchar.

—¿Qué coño? —se paró Shaw, sacando su pistola.
—Un incendio —Miller volteó a la puerta cerrada de la oficina—. Debe haber un incendio.

—Un incendio aquí no, es ridículo.

—Es él —concluyó Verne y todos comprendieron que era así.


El matón de Vega sacó su revólver y se fue a la puerta.


—Vamos, con mucha calma, tenemos que sacar al alcalde de aquí.

—¿El alcalde? —se levantó Miller— ¿Y nosotros qué?

—Hay que matar a Stark —dijo Verne Vega y cruzó la habitación.


De su espalda se produjo una pistola y los ojos de los demás fueron de su rostro a esa pieza de metal que brillaba, siendo cargada en su mano.


—Esto se acaba hoy —dijo—. Shaw, manda a todos tus policías contra él, no será capaz de matar a un hombre de uniforme.

—Yo no estoy tan seguro ---interrumpió Huston.

—¡Cállate! —Vega lo golpeó con la pistola a un lado de la frente.


John Huston cayó sobre una rodilla, con una mano sobre la herida.


—No quiero escuchar ni las preguntas ni las opiniones de nadie aquí, ¿ok? —dijo Vega— Ahora salgan, yo mando a mis guardaespaldas, ustedes a su gente y si es necesario arrojar a algún civil a la línea de tiro, lo hacen. Vamos, andando.


Y el alcalde se quedó parado junto a la puerta hasta que los cuatro hombres salieron.




* * *



Estando ya en la primera planta, entre la multitud que iba y venía, la gente que trataba de escapar y los agentes que querían aclarar la situación, John Huston se escabulló a un lado. Sólo Walt Miller lo vio, retirándose a uno de los pasillos, a una ventana abierta por la mitad. Trató de empujar hacia arriba pero el cuadro en el que estaba enmarcado el cristal no se movió. La marea de cuerpos que iba y venía parecía indiferente a su inusual y obvia actividad. Metía una pierna por la ventana y luego trataba con otra. No cabía, se arrodillaba y trataba esta vez con los brazos.


Miller se acercó hasta tenerlo enfrente. Huston lo vio, se limpió el sudor de la cara y siguió con sus intentos.


—¿Qué estás haciendo, maldito maricón cobarde? —preguntó.

—¿Qué parece?

—Tú--- no. Tenemos a Stark atrapado, tenemos que ir por él. Esta es la oportunidad.


Huston paró las maniobras. Jadeó frente al fiscal.


—¿Tú eres retrasado? —dijo— Eso es justo lo que él quiere que creas. Los está esperando ahorita con la pija tiesa y una sonrisota, te lo garantizo.


Se golpeó la sien con los dedos índice y medio.


—Úsala.

—Ese perro… el maldito no se atreverá a tocar a Vega. No es tan estúpido.

—Mira, mariquito: piensa lo que te dé la gana. Ese cabrón lleva una semana matando a mal paridos sin parar. Si después de eso, tú crees que eres un copito de nieve único y especial y que de algún modo tú tendrás suerte donde los demás no, pues qué lindo, buena suerte, yo te llevo flores al cementerio.


Volvió a su ventana.


—Por lo que a mí respecta, estoy claro con las apuestas.


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Parte del arte fotográfico mostrado es obra de J. Ferreira.
Las imágenes presentadas en este serial son propiedad de sus respectivos dueños; All images appearing on this serial are property of their respective owners.

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