Esta temporada del New Noir Times, está terminada. Si empiezas a leer tal y como las entradas se presentan, leerás desde el último capítulo al primero.
Para leer el primer episodio y seguir en secuencia, sólo búscalo en la página "La Balada de Matthew Stark", en este mismo serial.
En serio, estás bajo riesgo de SPOILERS a menos que vayas al pie de la página.
Hombre Muerto Caminado: La Casa de los Cuchillos
Pronto, nuevos episodios del serial donde los días son oscuros y las noches eternas.
En Construcción...
La Segunda Bala
Lo curioso de una herida de bala es que, junto con el
hormigueo en toda la extremidad, no lo sientes como si la bala entró en ti. Si
me preguntaran, fue mi brazo el que escupió el proyectil, ardiendo, con
purificador fuego hasta el exterior. Claro, no tenía sentido y dentro de todo
lo que apestó, fui afortunado: la bala entró y salió. Si conservaría un pleno
uso del brazo, quedaba por verse.
Habría estrangulado a un niño pequeño con tal de echar
un trago ahí, en el hospital. Escapar no era cosa del otro mundo. Una vez
arresté a un prostituto heroinómano que apuñaló a un traficante. En la cárcel,
determinaron que era seropositivo. Escapó del hospital caminando. Sólo se
vistió y se fue. Yo podría hacer lo mismo. Me conocían como el detective que
salvó al hijo dorado de Nueva Noir, mi rostro empezaba a hacerse popular. Valía
la pena apostar, pensé. No era tanto que me sentía inútil en el hospital, era
lo aparatoso de todo el proceso. Nino llenaría un informe y a mí me tocaba
otro. Vendrían palabras solidarias, palmadas en el hombro, más pose de héroe
que se acerca al mártir. La verdad: me dispararon y me salvé. En todo caso,
deberían castigarme por permitirme la estupidez de salir herido.
La habitación era impersonal. Anónimo como un cuarto
de hotel. La noche negra se derretía en tinta transparente, corriendo sobre las
ventanas. Un aparatito unido a mí por cables y una pinza en el dedo índice
timbraba de acuerdo a mi pulso. En la esquina, una silla. En otra y empotrado
cerca del techo, un televisor.
Me quité la pinza. Los icebergs delineados en verde
que marcaba la pantalla junto a mí pasaron a una llanura eterna. No tenía
camisa, pero sí medias y pantalón. Me senté y, sin darme
cuenta, me pasé el dorso de la mano por los labios. Un trago. Para poder estar
bien, necesitaba un vaso de escocés.
La puerta de la habitación se abrió. La oí antes de
confirmar con un vistazo, alguna enfermera que iba a controlarme como la
policía del pensamiento. Se me ocurrió que si forcejeaba lo suficiente, me
drogarían con algún potente sedante y eso era casi tan bueno como un vodka. Me
preparé para mi mejor escena de frenético neurótico.
No era una enferma. Era Chrysta. Ahora de verdad
necesitaba beber.
Miller, el fiscal de distrito que la había destituido,
la devolvió a su cargo poco después de la masacre de Stark. Sin ceremonias ni
disculpa pública. Siendo una fiscal y yo detective, era cuestión de tiempo
antes de que nos cruzáramos y quizá ahí tienes la razón de por qué tomo.
Dame otro atentado. Dame indiferencia. Pero no vengas
preocupada por mí.
La deseé. Quise que viniera a mí, se sentara sobre mis
piernas y de frente, con mi cara entre sus manos, me besara. El mundo no iba
a solucionarse, pero muchas cosas dejarían de ser
importantes y eso era suficiente.
Estás soñando despierto, Mencken.
—Vine tan pronto me enteré —dijo.
—Estoy bien. La bala entró y salió. ¿Me pasas mi
camisa y mi saco?
Cruzó el umbral. Sus tacones repiquetearon sobre las
baldosas. Tenía un expediente entre los brazos al que abrazaba como a un
escudo. ¿Por qué Chrysta habría de escudarse de mí? Los papeles se invierten.
—Nunca tuvimos la oportunidad de hablar después de lo
que pasó.
—Déjalo así, puedo buscar mi camisa solo.
—No seas tonto, no te levantes.
Desobedecí. Un mareo sacudió mi cabeza, pero me llevé
el puño a la boca; disimulando debilidad lo mejor que podía. Tengo doce años
otra vez.
—No hay nada de qué hablar, Chrysta.
—Siento que te debo una explicación.
—Te propuse matrimonio y dijiste que no. Soy un niño
grande, puedo entender lo que eso significa. Mira, si crees que estoy
albergando alguna fantasía sobre nosotros, quiero que sepas que no es así. Las
cosas salieron distinto a como yo quería y eso es parte de la vida. No voy a ir
detrás de ti gimoteando.
—No esperaba que lo hicieras.
—Qué bueno.
De la silla, tomé la camisa. Me la eché encima,
arrugada y manchada de rojo por donde yo ahora tenía un parche. Tenía que
conseguir los zapatos, pero si en diez minutos no aparecían, nunca lo harían.
No gano una fortuna, pero puedo comprar otro par. Pequeños lujos del héroe de
acción.
—Escuché que ibas a defender a Matthew. ¿Creí que como
fiscal, no podías?
—Puedo si renuncio.
—¿Y lo harás?
—Todavía no lo decido. Georgie, mira, Miller quiere
que leas esto.
—Ah, la verdadera razón de por qué estás aquí.
Cruzó los brazos. El corazón me dejó de latir y tuve
que entretenerme con el paisaje. Una mujer nunca es más hermosa que cuando no
puedes tenerla.
—Nino dice que estás bebiendo —dijo—. Si es así, te
desconozco.
—No sabía que eras amiga de Nino.
—No dije que me lo dijera a mí.
Interesante. Era un comentario con implicaciones que
tendrían que esperar, porque no puedo desgranar información en este momento.
Me extendió la carpeta.
—Cuando Miller supo que venía, tomó la oportunidad de
matar a dos pájaros con un tiro. Envió esto. Es una orden de fiscalía.
La agarré. Un montón de documentos en lenguaje
sánscrito jurídico. La lengua de los que no tienen alma.
—¿Qué estoy viendo, Chrys?
—El caso que estabas investigando, el de la muchacha
sin nombre. Esto es una orden para que la investigación se cancele ahora.
Sangra El Reloj De Arena
No existe nada peor que cuando te disparan de lejos. No sabes qué es lo que está pasando.
Georgie me encaraba para explicarme por qué yo debía permanecer al margen del espiral descendente en el que se metió, cuando impulsado por una cachetada invisible, se fue al suelo. Fue en esos primeros momentos que la secuencia dejó de tener sentido. La sangre no había empezado a fluir.
Breve zumbido, el de la bala cortando el aire hasta su objetivo, el golpe, Georgie cayendo. Entonces se oyó la detonación.
Mi primer impulso fue llevarme la mano a la pistolera dentro del saco. Miré en rededor. Aunque no conseguía al asesino, sabía que estaba disparando con un revólver, seguramente calibre .38, que son catastróficos a corta distancia y muy malos a larga. Si el atacante hubiese estado más cerca, no tendría a un Georgie agonizante en el suelo, sino a un cadáver.
Me hinqué y saqué la pistola. No era la primera vez, pero sí sería recordada por tener pocas iguales. Un segundo zumbido y la tierra a dos palmos de mí se levantó en una exhalación de energía. El estruendo. Lo vi.
Un hombre, apoyado sobre el techo de un vehículo. Lentes oscuros, cabello rapado. Apuntaba con las dos manos. Vi el fogonazo en el cañón y la tercera bala no me pasó ni cerca. Este no era un asesino profesional. Alguien le había pagado para que se hiciera cargo de nosotros, o quizá sólo de Georgie, siendo el “héroe policía”. Los motivos no importaban. Debió entender que gastaría todas sus balas si seguía. Empezó la huída.
Otro, habría ido por él. Matthew Stark habría incendiado a la ciudad. Me quedé con George. No soy un héroe y su saco empezaba a oscurecer.
—Puta, Nino, ¿dónde me dieron? —preguntó.
Era del lado izquierdo, pero la sangre se regaba con rapidez. Me preocupaba; las balas del calibre .38 tienen la costumbre de rebotar cuando entran en el cuerpo. Un proyectil que entra por una pierna puede dar con el fémur, rebotar a la tibia y ascender hasta cercenar la arteria femoral. Una herida en teoría superficial, se convierte en un impacto mortal. Si la bala dio con algún vaso sanguíneo, Georgie se me iba a morir en minutos.
Nadie nos disparaba. Tenía que ir al coche asignado y llamar a la central, pedir una ambulancia. Dejar a mi compañero en esas condiciones me parecía, con todo, digno de un animal.
—George, tengo que llamar a una ambulancia.
Asintió. Se agarraba el brazo. Así que ahí fue. ¿Qué arterias importantes cruzan el brazo?
Fui corriendo al carro. Por supuesto, estaba cerrado; no era yo el que traía las llaves. Regresé a toda prisa, preguntándome cuántos segundos vitales había dejado pasar.
—Tienes las llaves.
—Ve a por él —dijo George.
—¿Qué?
—Se te escapa. Nino, no me voy a morir. Ese tipo nos disparó por algo, tienes que atraparlo.
Georgie me encaraba para explicarme por qué yo debía permanecer al margen del espiral descendente en el que se metió, cuando impulsado por una cachetada invisible, se fue al suelo. Fue en esos primeros momentos que la secuencia dejó de tener sentido. La sangre no había empezado a fluir.
Breve zumbido, el de la bala cortando el aire hasta su objetivo, el golpe, Georgie cayendo. Entonces se oyó la detonación.
Mi primer impulso fue llevarme la mano a la pistolera dentro del saco. Miré en rededor. Aunque no conseguía al asesino, sabía que estaba disparando con un revólver, seguramente calibre .38, que son catastróficos a corta distancia y muy malos a larga. Si el atacante hubiese estado más cerca, no tendría a un Georgie agonizante en el suelo, sino a un cadáver.
Me hinqué y saqué la pistola. No era la primera vez, pero sí sería recordada por tener pocas iguales. Un segundo zumbido y la tierra a dos palmos de mí se levantó en una exhalación de energía. El estruendo. Lo vi.
Un hombre, apoyado sobre el techo de un vehículo. Lentes oscuros, cabello rapado. Apuntaba con las dos manos. Vi el fogonazo en el cañón y la tercera bala no me pasó ni cerca. Este no era un asesino profesional. Alguien le había pagado para que se hiciera cargo de nosotros, o quizá sólo de Georgie, siendo el “héroe policía”. Los motivos no importaban. Debió entender que gastaría todas sus balas si seguía. Empezó la huída.
Otro, habría ido por él. Matthew Stark habría incendiado a la ciudad. Me quedé con George. No soy un héroe y su saco empezaba a oscurecer.
—Puta, Nino, ¿dónde me dieron? —preguntó.
Era del lado izquierdo, pero la sangre se regaba con rapidez. Me preocupaba; las balas del calibre .38 tienen la costumbre de rebotar cuando entran en el cuerpo. Un proyectil que entra por una pierna puede dar con el fémur, rebotar a la tibia y ascender hasta cercenar la arteria femoral. Una herida en teoría superficial, se convierte en un impacto mortal. Si la bala dio con algún vaso sanguíneo, Georgie se me iba a morir en minutos.
Nadie nos disparaba. Tenía que ir al coche asignado y llamar a la central, pedir una ambulancia. Dejar a mi compañero en esas condiciones me parecía, con todo, digno de un animal.
—George, tengo que llamar a una ambulancia.
Asintió. Se agarraba el brazo. Así que ahí fue. ¿Qué arterias importantes cruzan el brazo?
Fui corriendo al carro. Por supuesto, estaba cerrado; no era yo el que traía las llaves. Regresé a toda prisa, preguntándome cuántos segundos vitales había dejado pasar.
—Tienes las llaves.
—Ve a por él —dijo George.
—¿Qué?
—Se te escapa. Nino, no me voy a morir. Ese tipo nos disparó por algo, tienes que atraparlo.
A estas alturas, no podría atraparlo, los preciados momentos para el arresto habían pasado sin anunciarse. Empecé la carrera hacia el sospechoso en todas las condiciones equivocadas. Confundido, asustado, sin una sola pista. Era una receta ideal para terminar con una bala en los sesos.Giré la cuadra. Una solitaria calle, característica de esos lugares en los que la gente sabe que hay que esconderse con los tiros. No pude evitar que la imagen de un funeral viniera a mí. Todo el cuerpo de detectives estaría ahí, se cruzarían sables, se dispararía al cielo. Lo que no alcanzaba a detallar era si el que estaba en el ataúd era Georgie, o si era yo.
Tengo una niña pequeña. Michelle, dios mío.
Otro disparo, esta vez más cerca. Lo único con lo que tuvimos suerte ese día fue con la puntería del tipo ese. Habría estado borracho, para envalentonarse, o con las sienes pulsándole bajo el ritmo de la cocaína. Disparaba cubierto desde una casa, de una sola planta, pobre; una casa vacía por las noches, hervidero de crack durante el día.
Siguió corriendo. Yo hice lo estúpido: lo seguí. No sabía qué otra cosa hacer.
En una situación como esta, el entrenamiento sale por la ventana. La mayoría de los seres humanos no saben cómo se siente cuando te disparan. Tu primer instinto no es salir a ver a la muerte a la cara. Lo que tu cuerpo te grita es cordura. Échate al suelo, sálvate. Enfrentar al que puede matarte con mover un dedo es antinatural. Como tratar de respirar bajo el agua.
Un gesto de cordura: no salí al descubierto, sino que me asomé, como hizo él. Decisión sabia tomada sin pensar; mis ojos se llenaron de astillas y polvo. La bala que disparó el asesino me cegó. Eché para atrás, mordiéndome la lengua, mi más sincero intento por permanecer en mis cabales, retando al pánico. Incapaz de verlo, deseé que siguiera en su huida. Que no viniera hacia acá. Todavía le quedaba un tiro.
Abrí el ojo. Como pude. Picaba. Nada me habría gustado más que cerrarlo y restregar bien fuerte. Me volví a asomar. Un carro lo estaba recogiendo. Con la espalda hacia mí, abría la puerta, metía el pie en el asiento de atrás.
Nunca le he disparado a una persona, va en contra de mis principios. Pero después de todo, no estaba pensando mucho. Soy campeón de tiro en el departamento.
No quise matarlo y eso era bueno para él, porque le habría acertado. La bala que disparé se hundió en su costado, haciéndolo gritar al cielo, que se le cayera el revólver, que en vez de entrar al carro, se desplomara dentro de él. Un tiro en el estómago puede tardar tres días en acabar contigo y, cuando lo hace, es porque tus jugos gástricos te envenenan. No es una muerte bonita. Es lenta y agónica. Muerto, el tipo no podía responderme nada. Lo que ahora quedaba era registrar los ingresos a los hospitales por herida de bala. En el abdomen. En sujetos masculinos. El asesino incompetente estaba marcado y me llevaría derechito a su patrón.Si es que mi bala no rebotaba y se moría en el camino. Su tiempo empezaba la cuenta regresiva. No muy diferente al de Georgie, si es que todavía existía.
Todo El Mundo Miente
Georgie se presentó puntual a la mañana siguiente. Nunca nos reunimos para unos tragos, por supuesto y después de la morgue, se me perdió, a donde sea que se la pasa ahora. Con su fragancia de las últimas semanas, se me hizo obvio que la tentación más sencilla habría sido con alcohol, pero ni siquiera eso funcionó.Hace varios años, tuve un vecino, un hombre sin defectos. Pagaba todas sus cuentas a tiempo, vivía con una esposa y dos niños. Perro golden retriever, casita de cercado blanco. Vestía de punta en blanco y organizaba eventos para la comunidad. Una mañana, sale de la puerta de su casa con los platos sobre la cabeza: la mujer está hecha una furia y lo quiere lejos, le bota la ropa sobre el jardín. Resulta que el vecino perfecto tenía tres amantes, cada una con hijos suyos. Siempre me desconfío de los tipos que no tienen problemas. Hasta hace unas semanas, Georgie era uno de ellos. Esta fractura en su personalidad es, si lo quieres, natural.
Esas cosas a veces degeneran en ataques psicóticos. A veces, no.
—¿No quieres discutir sobre nuestro altercado en el hospital? —le pregunté, a bordo del coche asignado.
—En realidad, no.
La versión corta: George colapsó bajo la presión y me dio un derechazo cuando le dije que, en realidad, no conoce a la mujer de la que está enamorado. Por supuesto que señalarlo no era mi lugar, pero no creo que amerite un puñetazo al hombre que te ha servido de apoyo en una balacera.
Aún así, sin resentimientos. Peores tipos con peores golpes me han atacado antes.
Llegamos a un parque de tráilers, escondido en el patio trasero de la ciudad. Como no teníamos ninguna pista sobre quién era la muerta sin nombre, nos tocaba hacer las rondas habituales. Si esa chica había caminado las calles prometiendo besos y satisfacción, había pasado por aquí. Las ánimas que vagan en pena, lo hacen juntas.
Una nube de polvo se levantó cuando aparcamos, envolviendo al coche. Llámalo estúpida vanidad, pero George y yo esperamos a que se disipara para descender, no vaya a ser que nuestros trajes y corbatas se pusieran mugrientos con el sudor de la calle. George no me hablaba, una postura absurda de matrimonio que no consigue cómo resolver sus diferencias. El cliché dice que el agente que te asignan como compañero es con el que estableces un matrimonio laboral y, aunque no es del todo cierto, las semejanzas son ineludibles. Él no lo sabría porque, a sus casi treinta años, seguía soltero. Una combinación de mala suerte con un pésimo gusto para las mujeres (todas muy guapas y, todas, un desastre).
En el Departamento de Nueva Noir le guardaban admiración, pero es que no lo conocen como lo conozco yo: si existe un agente que un día va a salir a la calle disparándole a todo el que se le cruce por el medio, ese es Georgie Mencken.
Toqué la puerta del tráiler más cercano. Un grupúsculo de niños nos vio, varios metros más allá, y se dispersó. Tendrían buen instinto de auto-conservación.
—Buenos días, señora —mostré mi placa—. Soy el detective Nino Frank, este es mi compañero George Mencken. Hemos venido a hacerle unas preguntas.
La mujer (peinado esponjoso, bata de dormir desgastada y transparente, bolsas pronunciadas bajo los ojos) ni siquiera estudió la placa. Se enfocó en mí, en Georgie, en mí otra vez. Del interior del tráiler venía el ruido de la televisión. Alguna telenovela sin inspiración.George produjo la foto de la chica. Parecía dormida, sólo el que tenía malicia o experiencia sabría que se trataba de un cadáver.
—¿Ha visto a esta mujer por aquí?
La señora sacudió la cabeza.
Todo el mundo le miente a la policía. Es un simple hecho de la vida, nada personal. Si una mujer te considera su amigo, nunca serás su novio; siempre que una persona pueda elegir entre plástico y efectivo, preferirá un pago en efectivo; cuando la policía se presenta ante tu puerta, mientes. Normas tácitas.
—Véala bien, señora.
—Dije que no la conozco.
Los asesinos mienten por motivos obvios. Los testigos y los cómplices mienten porque creen que si no lo hacen, les irá peor. El resto de la gente, miente por principio. Sólo una rata ayudaría de buena gana a un agente de la ley.
Esta señora miente porque protege a alguien. A lo mejor a la propia chica, creyendo que está viva y buscada. A lo mejor a un hijo que se citó con la víctima —y si ese era el caso, lo protegería aunque lo hubiese visto llegar con las manos bañadas de sangre. Miente para proteger a algún ex-esposo, que todavía ama o que es peligroso y vengativo. Quiere protegerse de una comunidad que se abalanzará sobre ella si dice lo que sabe. En última instancia, la mentira existe para distanciarse de cualquier delito y de la posibilidad de ser llamada a testificar en una corte. Nadie quiere meterse en problemas.
—Le estoy viendo los ojos, señora —dijo Georgie—. Ni siquiera vio la foto.
Un breve vistazo a la imagen que pendía del pulgar y el índice de mi colega.
Sacudió la cabeza. Encogió los hombros. Con la boca vuelta una U invertida, volvió a sacudir la cara.
—No la he visto por aquí.
Sin que hagan falta las palabras, supe que Georgie quería echarle las manos a la peluca de esta mujer. Arrastrarla sobre la tierra, echarla en el carro y meterla en una celda por obstrucción a la justicia. Dormiría como un oso en feliz hibernación.
No había suerte. George se metió la foto en la chaqueta y dijo:
—Podemos regresar con una orden judicial que la obligue a testificar, ¿sabe?
La mujer me echó el ojo a mí. Se lo echó a él. Cerró la puerta y echó el cerrojo.La glamorosa vida del justiciero de Nueva Noir.
El resto de los remolques (después del onceavo, perdí la cuenta) fueron iguales. Este era un vecindario pobre que no quería nada qué ver con una mujer dormida en una foto, en especial si realmente estaba muerta, como muchos inquilinos apuntaron al instante. Toda la mañana perdida y de vuelta al punto de inicio.
—¿Te parece si nos tomamos un par de copas en el almuerzo? —propuse.
—Nino, por dios. No quiero hablar. Y, ¿tú? ¿Tomando durante guardia?
—No te acuso si tú no me acusas.
George caminó al coche. Más lluvia se avecinaba, el sol se escondía, tintando toda la ciudad de dorado.
—No necesito a un psicólogo.
—Qué bueno que no soy uno —dije—. Mira, Isabelle dice que tienes mucho tiempo sin ir a cenar a la casa. Ya no sé qué más decirle. Quiere celebrar contigo la medalla que te quieren otorgar por salvarle la vida a Verne Vega.
No era mentira; desde hace mucho tiempo, Isabelle, mi mujer, trata a Georgie como una extensión de nuestro hogar. Como un desvalido cachorro que, si no come en nuestra mesa, morirá de hambre. Nunca le pusimos fecha a esa cena con mi compañero, esa parte sí la estaba inventando yo.
—No sé si sea una buena idea, Nino.
—Danos el beneficio de la duda. No sabe que peleamos, no le conté.
Unos pasos más allá, un hombre se detuvo. Ni George ni yo teníamos sentido arácnido, no sabíamos que este sujeto sacaba un revolver de su cazadora de jean. Nos puso en su mira, con calma, respirando lento, sin que el sol le afectara la vista. Disparó.
NINO FRANK
NOMBRE: Nino Frank.
EDAD: 31 años.
ESTADO LEGAL: Ciudadano de Nueva Noir; Sin antecedentes penales; Casado.
OCUPACIÓN: Detective del Departamento de Policìa de Nueva Noir.
OTROS ALIAS: Ninguno.
FAMILIARES CONOCIDOS: Isabelle Drumondt (esposa), Michelle Frank (hija).
ALTURA: 1, 83 m.
PESO: 90 Kg.
OJOS: Grises.
PELO: Negro.
RASGOS DISTINTIVOS: Tatuaje en el antebrazo derecho, lee "Bonnie".
ALIADOS MANIFIESTOS: Georgie Mencken (Detective del NNPD), Chrysta Beaumont (fiscal de Nueva Noir), diversos contactos callejeros.
ENEMIGOS CONOCIDOS: Ninguno.
NOTAS: Nino es lo que todo detective debería ser. Agradable, inquisitivo, se fija de los detalles que a los demás les pasan por alto. Su filosofía parece ser "concéntrate en algo que esté fuera de lugar y agota todas las posibilidades al respecto". Que se sepa, Nino no ha usado su arma reglamentaria en la línea del deber ni una vez, ni siquiera en su época de patrullero. Y qué bueno para el crímen, porque es un excelente tirador, ganando o llegando a la final de los concursos de tiro del departamento. Su esposa, Isabelle, es un amor de persona.
Det. George Jean Nathan
NNPD
La Migraña
—¿Y bien? —la luz de la morgue se posó sobre mis globos oculares como una película radiactiva. La corbata me apretaba demasiado.
—Cristo, Georgie —Meyer da unos pasos hacia atrás—. El aliento te apesta a whisky. ¿Desde cuándo tomas en el trabajo?Déjame explicarte esto, para ver si así yo también lo entiendo. Este tipo se pasa el día en una cueva subterránea rodeado de cadáveres, balaceados, apuñalados, azules y con ojos inyectados de sangre después de una mala estrangulación (o buena, depende de cómo lo veas). Pero le perturba que haya rastros etílicos en mi boca. Una noche hecha de espinas azules, sabor a migraña, de esas que te pulsan en la cabeza hasta que te duelen las encías.
Estornudo. Este es un mal lugar para alguien que está a punto de coger la gripe, no por los muertos (quizá la única muestra poblacional en la que puedes confiar), sino por las goteras. La morgue de Nueva Noir consiste en una recepción, escaleras descendientes y un enorme espacio con congeladores para cadáveres. Construida en el primer amanecer del siglo veinte, había sido víctima de la indiferencia, sin el atisbo a trabajos de reparación. El resultado: cuando llueve, el agua se filtra hasta la bóveda y tus pasos están acompañados de subtítulos mojados. No me sorprendería coger el New Noir Times una mañana y ver que las paredes finalmente cedieron, dejando toda la morgue sepultada, como una antigua tumba que ya no pudo más. Con mi suerte, eso ocurriría ahora mismo. Mi compañía serían todas las voces que no pude salvar.
Lo deseé. Dios, trae un terremoto a este puto lugar.
—Detective Frank —me dijo Meyer.
¿Qué?
Me giré. Claro, Nino Frank venía por la entrada. No podías verlo, pero tenía un bigote de mentol entre la nariz y la boca, una técnica antigua para combatir el aroma de los que dejaron sus cuerpos atrás. Sé esto porque, antaño, me lo confió. Cuando todavía confiábamos uno en el otro.
Nino alzó las cejas. En efecto, la morgue estaba repleta.
—Satán va a estar ocupado con los pasaportes, ¿no? —dijo.
—Todo es culpa de Stark —dijo Meyer, una lata de Coke-Cole en su mano—. La gente lo está alabando como un héroe pero alguien tiene que arreglar la casa después de la fiesta. El tipo hizo su primera matanza y desde entonces no dejaron de entrar los cadáveres. Para un cagatintas, Stark tiene una puntería de puta madre.
—Un asesino en masa —dije y estornudé otra vez—. Está tras las rejas y esta habitación es evidencia de por qué.
—Ah, usted es de los que quiere a Stark preso, ¿no? No me sorprende, conociendo su apego a las normas. Pero creí que el fiscal era buen amigo suyo.
Estuve a punto de contestar que yo también, pero en ese microsegundo en que las palabras viajaron de mi cerebro a la boca, me di cuenta de que era otro amigo que creí fiel y ahora ya no tengo. Igual que Chrysta. Que Nino. Dios, si causas un terremoto y yo soy el único que muere en todo el estado, te prometo que no me voy a molestar.
Encogí los hombros.
—Me pareció ver en la tele que Chrysta Beaumont iba a defender a Stark —dijo Meyer, empujándose los lentes con el índice sobre el puente de la nariz.
—Ni idea.
—¿Chrysta no era fiscal?
—Supongo. Doctor: el caso de Stark no es mi responsabilidad. No tengo chismecitos nuevos. Vine por la muchacha. La Anónima.
Meyer arrugó el entrecejo, volteó los ojos, dio media vuelta y caminó, señalándonos para que lo siguiéramos.
Un pasillo de camillas con sábanas encima. Toda mi vida dedicada a las fuerzas de la ley y si este sitio sigue así, quizá no me esforcé demasiado. Grandes celebridades del bajo mundo estaban reunidas acá. Gulachnoff. Dos de los Hermanos Karamazov. Patrick Hockstetter. Y mil tipejos de poca monta que no supieron qué hacer cuando la vida, a su críptica manera, les dijo que el momento de correr había llegado.
Si voy a buscar a Stark en este momento, a su celda en la estación, y le pongo el cañón de mi beretta en la sien, ¿a quién estoy amenazando, a él o a mí mismo?
Me revisé los bolsillos. Estúpido, dejé la cantimplora en el carro. De verdad que merezco lo que me pase.
—Te ves terrible, George.
—Gracias, Nino.
—No, en serio. Creo que deberíamos hablar. Déjame invitarte un trago.
—¿Sabes qué? Eso es lo mejor que he oído en toda la noche.
—Imagino. Hueles a camionero.
—Caballeros —llamó Meyer.
Estaba junto a una camilla metálica. La sábana que cubría al ocupante estaba recogida hasta los hombros. Era ella, mi amiga Anónima. Tenía los labios azules y estaba bastante gris, probablemente más colorida de lo que me veía yo. La herida mortal estaba escondida. La luz incolora del sol de morgue resplandecía en el metal. Una botella de analgésicos. Eso es lo que necesito ahora. Y una noche de sueño.
Sin motivo, Chrysta me vino a la mente. En imagen, mirándome como muchas veces lo había hecho. Me ahogué en su perfume, recreado por mi cerebro para que la tortura estuviera completa. Apreté los párpados, me presioné los ojos con las yemas.
—Dígame, doctor. ¿Qué consiguió?
—En su mayoría, cosas que ustedes ya saben. Herida de calibre punto treinta y ocho en el corazón, a corta distancia. Tomé sus huellas dactilares y las comparé con lo regular: prostitutas con antecedentes, delincuentes, drogadictos y personas desaparecidas. No conseguí nada.
—Hearsay —dijo Nino—. Tenemos que pedirles una lista de regulares.
—Ya me tomé la molestia, detective. Les mandé las huellas y me dicen que de Hearsay, no es. El estado de Bruins también se lavó las manos. Puedo solicitar cooperación de los otros cuarenta y ocho estados, pero creo que es seguro afirmar que esta mujer no existe. Alguien allá arriba los odia a ustedes dos, para echarles un caso como este.
Ya entiendo. No habría terremoto, eso era muy simple. Me torturarían con un avatar de locura en bolsa de cadáver, un caso imposible de resolver. Porque a quienes los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Con el dedo índice y medio dentro del cuello de la camisa, tiré. La corbata me estaba asfixiando.
En la mesa de autopsias, la mujer inexistente estaba con sus preguntas mudas. Yo no tenía respuestas desde hacía mucho.
Una Estrella Sobre El Corazón
Tendida como un ángel que ha caído del cielo, así estaba el cadáver anónimo.
Me posé en cuclillas, me eché el abrigo hacia atrás. Era una silueta escondida por una sábana y antes de ver la desnudez inerte, supe que era joven. Quizá una prostituta, la única prostituta que quedaba en Nueva Noir incapaz reconocer la sonrisa de tiburón del depredador sexual. Había llovido y la ciudad goteaba como lo harías tú después de una ducha para sacudirte la resaca. Agarré la sábana, la corrí. Bajo la luz de las sirenas, la piel de la chica era roja, era azul.
Hay una particularidad de las personas que mueren por causas violentas (técnicamente, no es de las personas sino de los cuerpos que dejan). Tienen espasmos. A veces sus manos quedan agarrando fantasmas, como una araña de carne y huesos desesperada por sujetarse a la presa que es la vida. Tienen sacudones sobre la mesa de autopsias. Arquean la espalda o dan un manotón sobre el aluminio. Aunque la explicación más aceptada es que hay impulsos que quedan dentro del cerebro, purgados lentamente en las primeras horas de muerte, la verdad es que nadie sabe por qué se producen. No todos los cadáveres lo manifiestan y cada cual lo hace a su propia forma. A juzgar por las apariencias, Cadáver Anónimo estaría bailando la danza macabra en breve.
Corro la sábana hasta la cintura, exponiendo la herida mortal. Siento más pudor por exponer sus senos que por estar en presencia de un muerto. No sé cómo eso me hace sentir.
Detalles que noto al instante: hay una abrasión a los lados de la boca, lo que quiere decir que antes de morir, fue amordazada. Lleva el maquillaje todavía puesto, aunque un poco corrido, pero no tiene una gota de sangre, ni siquiera en la herida de bala que representó su punto final. La explicación es sencilla: no murió aquí, sino que fue asesinada, desnudada y olvidada en este callejón. Tendría fibras en alguna parte, pero tardarían en aparecer. Las manos, agarrotadas, tenían sucio bajo las uñas de esmalte violeta y el sucio podía ser tierra, sudor, pelos o sangre. En cualquier caso, quería decir que la chica luchó antes de morir, o tuvo una muy apasionada sesión sexual y, si era así, la otra mitad de ese entusiasmo tendría mucho qué explicar, convertido en el primer sospechoso.A todas estas, la unidad de homicidios era observada. Por las ventanas de los apartamentos a nuestro alrededor, los curiosos supervisaban. Padres con sus niños. Adolescentes sin idea. Consternadas amas de casa. Ya alguien había gritado que no nos querían por estos lares, policías de mierda, así que era cuestión de tiempo antes de que nos acusaran de incompetentes y asesinos por omisión. Una voz, masculina y anciana, nos señaló que el culpable de esta muerte podía ser “el maniático, Stark”. Listo, el caso está resuelto.
Sobre el corazón, la chica tenía un sol negro. Irradiaba cenizas sobre el universo de lechosa piel, completo con un aura de estrellada carne quemada. En la jerga, esta clase de heridas se llama “tatuaje por quemadura”. Ocurre cuando un arma de fuego es accionada tan cerca de la víctima, que los vapores y químicos ardiendo imprimen una señal negra que no puede ser eliminada con nada que el patólogo forense aplique. Así que esto es lo que ocurrió: la chica se consiguió con uno o más individuos con los que tuvo actividad física intensa. La sometieron, la amordazaron, ella lloró, empapó el trapo sobre su boca de saliva que le chorreó hasta la barbilla y una bala le atravesó el pecho hasta anidarse en su corazón, una flecha de Cupido en la que el enamorado era el enterrador. Acto dos, la desnudaron, la echaron en una bañera y la lavaron, sin mucha destreza, probablemente con más miedo de ella ahora que estaba muerta que mientras estuvo viva. La echaron en el asiento de atrás de algún vehículo clon. Paró aquí. Como las primeras etapas de putrefacción todavía no se daban cita, sospecho que se hizo todo apurado. Mucho trabajo para una sola persona.
Con un poco de suerte, el forense tomaría las huellas dactilares de la chica, las compararía con las de veinte millones de personas que pululan la granja de hormigas que es esta ciudad y nos daría un nombre. En dos semanas, tendríamos otro nombre, un motivo y una clara secuencia de los hechos. Se hace justicia, a la que los asesinos de Nueva Noir no temen, porque esto va a volver a pasar.
—Eres un tipo con problemas, ¿sabes?
Me giro. Es Nino. Antes de Stark, antes del ruido y la furia, éramos amigos.
—De personalidad. Problemas con el control de tu ira, Georgie. Problemas de los que se apilan como un enjambre de langostas y te llevan, un buen día, a un desayuno de whisky con plomo.
—Buenas noches, detective.
¿Qué más podía contestar? Los hechos no estaban de mi lado: traté de detener a la avalancha de fuego que significó Matthew Stark, traté de salvar a un sistema en el que creí, traté de proteger a mis amigos y traté de quedarme con la mujer bonita. Al final, me quedé sin creencias, sin amigos y sin mujer. Qué lindo, ¿no?
El olor a salsas me atacó la nariz, mucho más ofensivo que los insultos del público, que la violencia de la muerte citadina. Era Meyer, el forense. Un perro caliente en sus manos, chorreando, comprado del único hombre que vende perros a medianoche, porque, con toda probabilidad, compensa sus gastos vendiendo heroína o polvo de ángel. A veces, Nueva Noir, no eres tú. Soy yo.
—¿La viste? —preguntó Meyer.
Asentí.
—¿Y? —un mordisco que dio fin a la mitad del perro— ¿Estaba buena?
Si hay alguna criatura insensible en la faz de este planeta, ese es el patólogo forense. Por supuesto que no era personal, Meyer se pasó el funeral de su mamá haciendo chistes. Estuve ahí, aunque no me quedé mucho.
—Está demasiado fría para mis gustos —dije y salí de la escena, esta parte estaba lista. Habría que llevarse al cadáver y estudiar milimétricamente al callejón, a ver si descubríamos algo, aunque a esas alturas, ya se sabía que no.
Regresé a la patrulla, dejando a Nino lidiar con el sinsentido de la muerte. Menudo amigo que resulté ser. Abrí la guantera, revisé mis alrededores y eché un tragó de la cantimplora plateada. Jack Daniel’s es mi mejor amigo ahora. Un crimen, licor así en una patrulla, pero yo soy el héroe que le salvó la vida al alcalde la ciudad, el mismo que resultó ser un psicópata genocida y que ardió hasta los huesos, cortesía de otro loco con un arma. Contemplando así la noche, soñé, deseé con esa esperanza infantil de los niños que creen en Santa, con una redención. Con que este caso se solventara y todos pudiéramos ir a una vida normal, con Matthew Stark tras las rejas, Chrysta Beaumont a mi lado y Nino Frank, no sé, ganando muchísimo dinero. Pensamientos de idiota, es lo que eso fue. Porque yo no lo sabía, pero esa chica muerta traería otro festival de cadáveres, el inicio de las peores semanas de mi vida, y es que si la vida tiene una cosa es que espera a que estés en el suelo para patearte en las costillas.
Me tomé otro trago. Me quemó la garganta y lo recibí con gusto.
Del New Noir Times, Número 144

STARK BAJO CUSTODIA
EXTRA
Después del caos que cobró la vida del ex-alcalde Verne Vega y todos sus guardaespaldas, el ex-fiscal de distrito Matthew Stark se ha rendido a las autoridades.
"Su vida está garantizada, a pesar de todas las amenazas" indicó el detective George Mencken. El fiscal en ejercicio, Walt Miller, no ofreció declaraciones para la edición matutina de este diario.
Abogados consultados indican que el ex-fiscal enfrentará un proceso judicial por numerosos delitos, el más notorio siendo el asesinato del alcalde de la ciudad. En su ausencia, la presidenta de la cámara de senadores, Gilda Brown, ha sido juramentada por la Corte Estadal como alcaldesa. Tres días de duelo han sido decretados por Vernie Vega.
"Es un día oscuro para la nación cuando un maniático se carga a medio mundo y la ciudadanía lo aupa" dijo la alcaldesa interina en su juramentación. "Pues ahí lo tienen: el último hombre bueno de Nueva Noir ha caído. Te extrañaremos, Vernie".
Cuando se le preguntó al detective Mencken dónde estaría recluído Stark, nos contestó con "Decirte eso le pintaría un blanco en la cara, ¿no?"
La Naturaleza del Odio
Lo que había sido una ciudad era ahora una morgue improvisada. Las cosas no habían salido como en un principio…No.
No es así como comenzó la historia.
Ya no importa qué fue lo que le dio pie a todo esto. No importan los potenciales escenarios, las posibles soluciones.
Importa que estoy aquí y mis víctimas están ahí.
Esperé, en las celdas de la estación, avivado por la adrenalina y el dolor que todavía sentía, que me hacía aspirar clavos y agujas. Era dolor bueno, del que te mantiene enfocado en la meta.
El plan era sencillo. Saldría de las celdas y buscaría a Verne. Mataría a todo el que se me cruzara, a todo el que intentara detenerme porque después de esto, no hay otro episodio. Soy el espectro que se niega a estar muerto. Y después, sólo me queda ir al infierno que me vomitó.
La ira ciega que me había empujado era ahora otra cosa. Había hecho nido dentro de mi espíritu y sin que yo lo supiera, mutó en algo más. Con sus propios fines, su propia filosofía. Avanzaría en esto hasta que ya no hubiera a quién más matar. Era con frialdad que procedía, una rabia que ya no era sentimiento sino parte de mi personalidad.
Caminé. Traspasé la puerta y me encontré bajo la lluvia artificial que quería calmar al incendio que no existía. En alguna parte del piso superior, estaba él. Y nada podría salvarlo de mí.
Georgie se me paró enfrente.
—Matthew —dijo, aunque yo no lo escuché.Venía a arrestarme, a detener una masacre. Me descubrí preguntándome cuánto daño era capaz de ocasionarle para poder continuar. Me tomó del hombro y mi perpetua mirada de las mil yardas se centró en él.
Tú no quieres probar la guerra de la que yo vengo.
—No puedes hacerlo aquí —dijo él.
¿Qué coño?
Miró a su alrededor y me empujó más hacia las celdas, donde nos esperaba un par de cuerpos inconscientes.
—Ya lo sé todo —continuó—. Fui a ver a Chrysta después de… el papeleo por salvarle la vida a ese maldito maniático.
Traté de sacar conclusiones rápido. No podía.
—Georgie, no tengo tiempo.
—¡Escúchame! Vi a Verne tratando de secuestrar a Chrysta. La subieron a un carro y él se fue en otro con su edecán. Iban a matarla. Me contó todo, me contó de la heroína, de dónde la guardan. Y ya la prensa hizo pública lo que les dijiste.
La llamada cuando escapé de Pip.
Una a Chrysta y la otra mi seguro de vida.
Una llamada que garantizaría que aún si Verne conseguía matarme, nunca ganaría. No podían ligarlo con la droga, pero el escándalo podía bastar para una buena investigación independiente. ¿Qué sé yo cómo podía terminar eso si uno husmeaba lo suficiente?
—Miller nunca va a ordenar una orden de captura contra Vega, pero sí puedo retenerlo aquí al menos una noche. Ya pasé la orden a los uniformados. Es mi prerrogativa de héroe policía. Le salvé la vida y ahora debo sepultarlo.
No tenía idea de qué estaba diciendo.
—Voy a matarlo —dije—. Hoy. Entre más lo retengas, mejor.
—No, no, matarlo no. No puedes matarlo.
—Sabía que dirías eso.
—Matt, si lo matas, nada queda resuelto. No eres mejor que él…
—No me importa ser mejor o peor que él. Me importa terminar con esto. Me importa el…
No tenía sentido explicarle.
Se hizo consciente de las pistolas en mis manos, como si antes hubiesen sido invisibles.
Perdí mi vida de un modo tan efectivo como si me hubiesen disparado entre los ojos. Cada persona que temió por su vida, que tuvo que recuperarse de un atentado con los asesinos aguardando en las sombras, cada mujer que fue violada y que no contaba con la justicia para apoyarla, cada niño que tenía que volver a una casa en la que lo golpeaban sin que nadie pudiera levantar un dedo por él. Todo ese dolor era mío. Y nada de lo que hiciera ahora lo iba a remediar. Nada me iba a devolver todo lo que me arrancaron.
—Dame esas pistolas, Matt.
No recuerdo la última vez que dormí tranquilo.
Cancelo todo ahora, me acobardo y nunca seré libre.
—Verne venía para acá —dijo él—. Cuando los agentes se le acercaron, cambió de rumbo. Ya debe saber que queremos arrestarlo, Matt. Si perdemos más tiempo, se nos escapará.
Me extendió una mano.
—Dame las pistolas. Confía en mí.
Le di las pistolas. No como él quería.
Ahí estaba, echado en el suelo, con el golpe cruzándole la frente, entre la conciencia y la tierra de los sueños negros. Como diría un sabio en la ciudad del pecado, “vaya manera de terminar una amistad”.
Fui a la puerta trasera de las celdas, pasando prisioneros por tránsito, borrachos, ladronzuelos. Se escondían de mí como un vampiro le huye a la luz.
El estacionamiento era una bóveda de dos pisos. Tan pronto me mostré, dos agentes trataron de detenerme. Y el blanco carro que se suponía que tenía que salir de aquí, se detuvo. Bajaron los agentes que venían a matar al virus. Verne Vega descendió, pistola en mano.
—Ahí está.
Los agentes, entre dos lados de una encarnizada guerra, pagaron el papel de los que están en el lugar y momento equivocados. Viéndolos caer, sólo podía pensar en cómo ya estaban muertos. Ocultándome detrás de una van, esa era la imagen; no murieron ahora sino cuando decidieron quedarse esa noche, hacer horas extras, hacer la guardia aquí.
Me estoy volviendo loco.
Porque cuando has visto a tantos morir, cuando te sabes tan frágil como ellos, la única reacción que le puedes dar a la muerte es escupirle en la cara. Ser tan frío como ella. Es una batalla que vas a perder, pero es preferible perderla con los pantalones puestos.
Disparé repitiéndome el único rezo, el mantra del verdugo.
Hoy no me toca a mí. Hoy le toca a ellos.
Las vidas desechables de los guardaespaldas se vencieron y aunque el último casquillo no había aún tocado el suelo, ya la mira estaba sobre Vega, que corría detrás de algún carro, buscando cobertura, atacar como mejor se le daba. Donde no pudieras verlo.Walt Miller sollozaba en medio de los cadáveres.
—No, NO —gritó cuando me le acerqué—. No, Stark, ¡lo siento!
Tenía un revólver entre las manos. El tambor estaba abierto y las balas estaban entre sus rodillas, hechas de mantequilla y filtrándose entre los dedos del niñato fiscal.
—Terminaste siendo otra ramera de Vega.
Le puse un cañón caliente sobre el ojo izquierdo.
—Este es el valor que él le da a sus esbirros.
—N- no, yo no quise, yo traté de decir… ¡Stark, no, escucha, escucha!
—¡Cállate!
Presté atención. Afiné el oído. Vega ya no estaba ahí.
No se había escapado, así que estaba preparado, como una araña en su red, en una trampa donde no tenía más opción que caer.
—Lamento todo lo de la finca, lamento lo de Marie, de verdad que no quería hacer todo eso con ella, pero era joven y uno cuando es joven---
—No me interesa nada de lo que estás diciendo —le agarré el cuello de la camisa en un puño—. Querías meterme en la cárcel, que me mataran ahí, todo por el poder. Y te topaste conmigo.
Juntó las manos en oración.
—¡Pero no! ¡Yo, yo ya aprendí, voy a renunciar, voy a renunciar mañana!
—Eso no me importa. No te vas a librar de esto hablando.
Se lamentó y agachó el rostro en amargo llanto.
—Yo no lo sabía, no sabía que Vega te mandó a matar.
—Pero tu silencio fue cómplice. Ahí esos dos agentes murieron. Casi matan a Chrysta. Y más gente tiene todavía que morir, Walt. Quizá yo. Seguramente tú.
—¡No, no, no, no!
Lo solté con una patada en la mejilla.
—El día de mañana, piensa en este momento. Lárgate de aquí y piensa que cada respiro que des es porque yo lo he permitido. Deja el revólver.
Asintió, sus sollozos de agradecimiento sonaban iguales a los de terror y sus pasos corriendo hacia la jefatura sonaron hasta elevarse sobre todos nosotros y disolverse en el concreto del techo.
Ahora, ¿dónde está el tumor que he venido a extirpar?Jeffrey Dahmer, el famoso asesino en serie, reconoció que no podía explicarse cómo duró tanto tiempo matando en libertad. Todos los elementos estaban dados para que lo capturaran y él seguía evadiendo a la autoridad. “Supongo que corrí con suerte”, diría después.
Caminando por el cementerio, se me hacía increíble que ningún otro uniformado apareciese a tratar de meter cordura en el vals del diablo. Podían estar demasiado confundidos, lidiando con el shock de demasiadas noticias en muy poco tiempo. O quizá este estacionamiento se había separado del resto de la existencia y ahora estábamos en una dimensión que nos pertenecía sólo a nosotros. Los dioses miraban a los gladiadores pelear. Quien muriera les era indiferente: ellos querían su sangre.
—No puedes esconderte para siempre —dije.
Silencio.
Todo era gris, con manchas rectangulares de color. El sabor dentro de mi boca era de hormigueante decisión.
Entre los carros, se paró. No permití que la decepción me distrajera: este no era Verne, sino el gorila, Mick. Venía con las mangas de la camisa recogidas.
—Matthew Stark. Vamos a arreglar esto como lo hacen los hombres.
Se quitó la pistolera. Echó el correaje a un lado. Alzó los puños.
—Te doy un segundo round. Vamos.
Mientras yo había perdido peso, él era una maciza pared de carne. Sus velludos puños tenían el tamaño de un perro pequeño. No estaba demasiado lejos de mí, esperando con la burla impresa en el rostro, el conocimiento de que yo nunca podría derribarlo.
—Te doy la oportunidad de que salves tu honor —sonrió.
Le disparé a una rodilla. El estruendo estalló hacia los lados, como ese corazón de sangre que se desperdigó por todas partes. Estaba tirado ahora, con las manos todavía hacia mí, pero ya no en puños. Con las palmas encarándome. Las manos del suplicante.
—¡Maldito maniático! ¿Qué estás haciendo?
Le puse la sucia suela de mi bota sobre el pecho.
—Así no era —dijo—. No tenía que ser así, hijo de puta, lo estás haciendo todo mal.
—Cállate la jeta —dije, disparándole un segundo después con ambas pistolas. Su cabeza escupió sangre hacia atrás, dejando un rastro que ahora era rojo vivo, luego sería opaco y luego negro.
Apenas volviéndome, el golpe vino por encima del ojo. Una llave de tuercas, inglesa, algo de metal. El hijo de puta me pegó a traición otra vez. Caí. En todos los sentidos.
Otro golpe férreo a la espalda. Sobre los pulmones. En la columna.
Patadas en las costillas con la punta no del pie, sino de todos los planes que Verne Vega había hecho en su vida y que ahora nunca podrían ser. Aguardé, cerrando los ojos, conteniendo la respiración. Algo se rompió dentro de mí con un crujido que hasta pude escuchar.
—¡Maldito… cabrón… traidor! —gritaba Vega.No tenía sentido, pero puedo entender cómo él me veía como el que le dio la espalda al otro. Rodeado de payasos inmorales. Obligando su voluntad de acero sobre los demás.
—No… te mereces… una bala —otro puntapié, esta vez al rostro. La física me giró, quedé bocarriba. Sin mis pistolas—. Tienes que morir como un perro.
Desde esa desafortunada postura lo único que despertaba mi curiosidad era con qué me había estado golpeando. Uno de mis ojos estaba cubierto de sangre y los párpados se negaban a abrir. El otro me dijo lo que ya era de suponer. Me pegaba con una pistola. Uno de los dos estaba armado, entonces.
—Lo que yo quiero saber es —haló la corredera y me apuntó a la cara— ¿qué te importa la vida de unos parásitos? ¿Qué te importa que un drogadicto de mierda se muera? ¿Desde cuándo eres el defensor de delincuentes y asesinos?
Me eché de lado y la pulsación de agonía me sacó un quejido.
—Lo echaste todo a perder, hijo de puta —se agachó y sentí el cañón sobre la mandíbula—. Iba perfecto y tú tuviste que cagarlo, maldito cobarde.
Un empujón a la pistola, hacia el suelo, haciendo a la bala enterrarse en concreto, levantando polvo. Mi otra mano estaba en su garganta, sujetando la nuez de Adán. Un golpe a la cara. Otro. El último fue con la cabeza. Si era bueno para Pip, el secuaz maniático, era bueno para el jefe de los mal nacidos.
Le escupí mi sangre. Y los oía venir, a la policía, al resto del mundo. Venían a unir las realidades.
Agarré a Verne de la chaqueta y lo arrastré, a un muñeco con los brazos alzados, una pierna doblada y la otra rascando la grava como una cola envuelta en traje y zapato lustroso.
Los agentes me matarían tan pronto me vieran. Eso estaba bien.
Ya no puedo vivir con el hombre que soy.
Lo golpeé contra una pick up, junto a las ruedas traseras. Di media vuelta y me separé. Lo escuché gemir como hacen los viejos cuando el cuerpo ya no les da más.
—No puedes irte así, Matt. Ahora tienes que matarme.
Cogió aire.
—Ahora tienes que matarme, porque yo soy como tú: me jodes pero cometes la estupidez de dejarme vivo y voy por ti hasta que te mueras llorando y gritando el nombre de tu mamá. No somos tan distintos tú y yo.
Recogí su pistola. Le apunté no a él, sino al camión. Al depósito de gasolina.
—No —dije—. Yo nunca te dejaría vivir.
La explosión fue gloriosa. Hermosa. Se alzó hasta volverse un torrente amarillo, rojo, negro y naranja. Sólo me tomó un par de disparos en los que Verne no se movió y ahora peleaba con el oxígeno que se había vuelto muerte a su alrededor. Dicen que el hombre que muere quemado experimenta dolor sólo por corto tiempo, que los nervios es de lo primero que se va y que uno termina muriendo asfixiado.
De verdad espero que eso no sea cierto.
Vinieron y me echaron al suelo. Me esposaron. No podían separar mi atención del purificador punto final. Me dijeron palabras que no tenían resonancia.
Creí que cuando Verne estuviera muerto, todo lo malo que había traído consigo se iría. Que en la eventualidad de que yo siguiera vivo, la oscuridad que nació en mi interior se viera sin propósito y se marchara. No era así. El fuego estaba ahí, sobre él, frente a mis ojos y para siempre detrás de ellos también.

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